Atrapados en la secta

Una oficina de Banco Santander
Estoy hasta las narices de los bancos. Y no soy la única.
Ya no solo te cobran por guardar el dinero, sino por mirarlo, por moverlo, por pensarlo demasiado fuerte. Transferencia: comisión. Mantenimiento: comisión. Sacar tu propio dinero de un cajero: comisión. Y eso con una tarjeta por la que también pagas y que, además, te impone límites tanto al retirar efectivo como al comprar. Y cuidado con lo que sacas, porque, como te descuides, chivatazo a Hacienda.
El banco te envía un mensaje: “Hemos actualizado nuestras condiciones para ofrecerte un mejor servicio”. Traducción: ahora te cobraremos por respirar cerca de la app. Y tú haces clic en “aceptar” porque no tienes otra, porque, claro, “son las normas”. ¿De quién? No se sabe. Han aparecido en el mundo como aparecen los géiseres o las canas.
Ah, y a todo esto, el trato, exquisito: “Esto lo tiene que pagar usted directamente en el cajero automático”, “Lo siento mucho, pero a partir de las once ya no puede sacar su dinero en caja”, “Tiene usted que pedir cita previa”, “Si no sabe manejar su cuenta online, que se lo haga su hijo”. Esto último se lo dijeron a mi madre hace tres días.
Lo más brillante de todo es que han conseguido que nos sintamos culpables. Si te cobran una comisión absurda, no piensas “esto es un abuso”, sino “igual no cumplo los requisitos”. Si te tratan como si te estuvieran haciendo un favor —sea por imperativo empresarial o por imbecilidad personal— lo asumimos con resignación. Y si te anulan la tarjeta sin avisar porque han detectado un movimiento fuera de España y te dejan colgado en Indonesia, protestas, reclamas… pero ahí sigues.
Porque salir del sistema bancario es imposible. Si no tienes una cuenta que se pueda fiscalizar, no cobras la nómina. Si guardas tu dinero en casa, eres sospechoso de fraude. El dinero solo existe en forma de números que ellos manejan. Pensar en dejar de ser un miembro de esa secta es como decidir vivir sin wifi: te lo planteas dos minutos y luego recuerdas que no eres un monje tibetano.