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Sarah Santaolalla contra Vito Quiles, la línea que jamás se traspasa

Vito Quiles y Sarah Santaolalla

Vito Quiles y Sarah Santaolalla

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No todo vale. Conviene repetirlo. Despacio. Con claridad. No todo vale.

Estos días hemos visto algo más que una bronca política entre Sarah Santaolalla y Vito Quiles. Asistimos a cómo se cruzan líneas que en una democracia no deberían tocarse jamás.

La intimidad no es un arma.

La vida personal no puede ser munición. Y la orientación sexual de nadie es un argumento político. Nunca. Ni siquiera insinuarlo.

Porque no hace falta publicar un dato para vulnerar a los demás. Basta con sugerirlo. Deslizarlo. Con dejarlo caer para que otros hagan el resto.

Eso no es debate. Es señalamiento. Vergonzoso. Maléfico. Y además es una forma de intimidación.

Cuando alguien dice que sabe dónde vives, con quién te relacionas o qué haces en tu vida privada, aunque añada después que no lo utilizará, ya ha dado el paso. Ha cruzado la línea irreparable. Porque lo importante no es lo que dice que no hará. Es lo que ha puesto sobre la mesa. Y eso, en política, en el escenario público, en el periodismo, es profundamente peligroso.

Pero hay algo aún más grave. Utilizar la orientación sexual de otra persona —y más aún si esta la niega o no desea hacerla pública— no es solo una intromisión. Es una degradación.

Lo de Santaolalla no es progresismo. Tampoco es libertad. Ni defensa de derechos. Es degeneración. Inaceptable.

Es exactamente lo contrario de lo que debemos hacer. No se puede aceptar convertir la intimidad en arma. Porque, eso, es reducir a la persona a un dato, deshumanizarla. Y abre la puerta a que todo valga.

Y cuando todo vale, nada se sostiene. La convivencia no se construye con pancartas ni con eslóganes. Se hace sabiendo los límites que marcan el respeto. Y ese autocontrol debe exigirse a cualquiera que tenga responsabilidad. En la conciencia hay espacios intocables. Porque si se tocan, hablamos de otra cosa. Y ese camino no lleva a ningún sitio bueno.

A.M. BEAUMONT

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