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El hombre que dinamita los puentes

El presidente de Brasil, Lula da Silva, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la segunda y última jornada del Global Progressive Mobilisation en Barcelona.

El presidente de Brasil, Lula da Silva, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la segunda y última jornada del Global Progressive Mobilisation en Barcelona.Kike Rincón / Europa Press

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Hay políticos que construyen y otros que destruyen. Los primeros son los que sellan pactos de estado que sobreviven a su gobierno, buscan consensos, toman medidas que favorecen a la gente y cuando se van dejan las instituciones más sólidas que como las encontraron. Los otros, gobiernan desde la fractura, no conciben el poder sin un enemigo al que culpar de todo, necesitan la confrontación como medio de supervivencia. Pedro Sánchez pertenece, de manera inconfundible, a esta segunda especie.

En su primera legislatura, la maniobra fue hacia dentro: partir España. Lo hizo de la mano de Podemos, la izquierda de salón universitario y consigna callejera, con quien fabricó una coalición de gobierno cuyo único logro fue demostrar que dos partidos pueden coexistir en un Consejo de Ministros sin compartir nada. Incluso odiándose. El resultado fue la parálisis envuelta en verbo, ruido, propaganda y la política de gestitos como sustituto de la gestión.

Lo siguiente, como un guion siniestro cumpliéndose paso a paso, fue una fractura más profunda porque afectó al propio andamio constitucional de España. La Ley de Amnistía, aquella que el propio Sánchez había jurado que nunca aprobaría. Partió España en dos y llamó al guerracivilismo: por un lado, unidos el nacionalismo excluyente y la izquierda más radical, de la que ya no se bajó el sanchismo; y al otro lado del muro, todos los demás, la supuesta extrema derecha, como llama el propio Sánchez de una manera maniquea, falsaria y simplona a los que no piensan como él. ¿Hay algo más totalitario que asumir que quien no se pliegue a mis pensamientos es un fascista? Si realmente se cree todo lo que dice, que lo dudo, Sánchez terminará en un manicomio con un cucurucho de papel en la cabeza diciendo todo el día la palabra Ultraderecha.

Todo esto ha removido los cimientos de la igualdad ante la ley, incluso siendo cuestionado desde Bruselas. La Comisión Europea les dijo que esa ley era una autoamnistía construida a medida de sus socios chantajistas. Una señal más de que algo serio estaba ocurriendo con el Estado de derecho en España.

La división como método

Para una persona tan ambiciosa e inescrupulosa como Sánchez nada es suficiente. No solo se contenta con romper la convivencia entre españoles, silenciar a su propio partido y fracturar el ambiente político, quebrando cualquier posibilidad de entendimiento con la oposición, ha levantado un muro para garantizarse su supervivencia a nivel personal. A Pedro no le importa nada que no sea Pedro. Hasta el punto de que el personaje no dirige un gobierno al uso, solo ejerce el poder por el poder.

La pregunta, llegados a este punto, es natural: ¿qué ocurre cuando un hombre que solo sabe dividir ya ha cumplido su objetivo de romper España? La respuesta es que busca un escenario más grande que polarizar. Y Sánchez ha encontrado el suyo: el mundo.

El torpedo de Occidente

La cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio del año pasado ofreció una estampa reveladora. Mientras los aliados alcanzaban un compromiso de gasto en defensa del 5 % del PIB para 2035, Sánchez hacía saber que España no pasaría del 2,1 %. Ni siquiera tuvo la valentía de decírselo en sus caras mientras negociaban, lo hizo en una declaración de principios que el propio presidente celebró como un éxito personal. El documento final lo firmó cobardemente en un acto que nadie entendió, dando buena muestra de que no es un tipo de fiar. “Sí pero no, y luego ya veremos”. Europa estaba conociendo su verdadera cara, la del trilero de feria de pueblo.

Donald Trump, que no se caracteriza por su delicadeza, señaló que España era un problema para la OTAN. Sánchez, lejos de amilanarse, respondió que España siempre es la solución, nunca el problema. Es el tipo de frase que suena bien en un tuit, pero es insostenible en una sala de aliados a los que acabas de dejar vendidos, y revela la naturaleza profunda del personaje: el titular por encima de la realidad, la pose por encima de la responsabilidad.

El desplante a la OTAN no es un episodio aislado. Es parte de su siniestra estrategia. España, con Sánchez, ha tensado su relación con sus socios atlánticos mientras tejía vínculos con regímenes que en cualquier manual de ciencia política figurarían como autoritarios. Sus habituales viajes a China en un contexto de tensión internacional, el reconocimiento explícito de determinadas posiciones y negocios oscuros con Venezuela, las cesiones improvisadas e incomprensibles con Marruecos, los gestos hacia Cuba o líderes como Sheinbaum… Todo un catálogo de simpatías que difícilmente encajan en la agenda de un país que es alma y corazón de la UE.

Subsistir en la derrota

El presidente, que conviene recordar perdió las últimas elecciones generales y gobierna gracias al apoyo parlamentario de los independentistas, se ufana en decir que "España está en el lado correcto de la historia". Otro bonito titular, y ya no sé cuántos van. Como realidad geopolítica, lo cierto es que es otra puñalada más a la tradición diplomática española: atlantista y europeísta, construida durante décadas de transición y consolidación democrática. 40 años de coherente política exterior liquidados en nombre de una coartada que se acomoda según el ciclo electoral, e insisto, a su interés personal.

A la ruptura atlántica hay que añadir la europea. La socialdemocracia retrocede en Alemania, Portugal y media Europa. Sánchez está aislado políticamente en el continente, pero lejos de achicarse, dobla la apuesta mandando una señal de que él lleva la razón. La soledad del incomprendido como argumento político es un clásico, pero raramente termina bien. En Bruselas, el expediente Sánchez es ya una colección casi antológica de reveses: el rechazo al uso de lenguas cooficiales en la UE, el informe adverso sobre la ley de amnistía, la apertura de expediente por las trabas a la OPA de BBVA sobre Sabadell, el aislamiento creciente en la posición sobre el gasto militar, la crisis de Gaza, los informes negativos sobre el Estado de derecho, o el apoyo a la industria automovilística china son solo algunos ejemplos de que el gobierno español va por otro camino.

En el frente energético, la posición de España tampoco contribuye precisamente a la cohesión europea. Mientras Alemania, Francia y una buena parte de la UE rehabilitan la energía nuclear como única manera de hacer frente a la creciente demanda del mundo tecnológico, el gobierno español mantiene con fervor fanático su calendario de cierre de las centrales. Una decisión que, en el contexto del apagón histórico que sufrió el país hace un año, adquiere dimensiones de paradoja insostenible: apagar la luz total por defender la luz verde.

Incomodidad permanente

Si la OTAN le molesta, si Bruselas le incomoda cada vez más, ¿con quién prefiere reunirse el presidente? La respuesta la ofreció él mismo el pasado fin de semana en Barcelona.

La denominada IV Reunión en Defensa de la Democracia congregó en la Ciudad Condal a personajes como Lula, Claudia Sheinbaum, Gustavo Petro y Yamandú Orsi, entre otros líderes socialistas del mundo. Una especie de nuevo frente, según ellos mismos, contra el autoritarismo y en defensa del multilateralismo. Una postal, según la lógica diplomática, que deja a España más cerca de los BRICS que de Bruselas o Washington. Y mientras, María Corina Machado rodeada de decenas de miles de venezolanos en Madrid sin que se haya visto con nadie de su gobierno. Sánchez tiene claro con quien quiere la foto.

En Barcelona tampoco hubo representantes de peso de la UE. Eso sí, Washington toma nota de estas ‘performance’ que tanto le gustan a Sánchez en su vacua política de gestitos. La reunión dio para lo que dio: nada. Ni un acuerdo, ni una hoja de ruta. Fue un evento de partido disfrazado de cumbre internacional, una foto de familia ideológica a la que acuden los que comparten consignas para tapar sus vergüenzas internas, que no son pocas por cierto.

Pedro ‘el anfitrión’ se mostró radiante en todo momento, en su salsa. Alimentando el ego de la típica persona acomplejada que necesita constantemente el aval de todo el mundo. Y no me extraña cuando conocemos sus orígenes políticos, salpicados de vapor de sauna y billetes de 2.000 pesetas con huellas de proxeneta. No hay que cansarse de repetir de dónde viene Sánchez, el que da lecciones de moralidad, cómo entró en nuestras vidas a través de la política del chantaje de toalla mojada y amañando las primarias de la PSOE.

Un mundo que no existe

Hay una lógica interna en todo esto: Sánchez no se enfrenta a sus aliados por bobo, ni porque sus 600 asesores fallen en su trabajo. Se enfrenta a ellos porque necesita buscar enemigos; la división es su ecosistema natural. Sin un enemigo al que señalar —la ultraderecha, Trump, Israel, los jueces, los medios de comunicación o la OTAN—, el relato se desmorona y queda lo que siempre ha quedado debajo: un gobierno sin mayoría real, sin presupuestos, sin proyecto de país, sostenido en la ficción de una investidura matemáticamente precaria.

Lo que Sánchez busca con una coherencia que merece, al menos, el reconocimiento de su constancia, es protagonizar una nueva guerra fría en miniatura. Una en la que él sea el rey del socialismo internacional frente al avance de la malvada ultraderecha que solo ve su peculiar mente. El líder que los mal llamados progresistas del mundo libre miran cuando necesitan un referente. El ‘estadista’ que se atreve a decir lo que otros callan. El ‘valiente’ que planta cara al gigante atlántico. El problema es que estos papeles que se arroga tienen límites muy concretos, nadie fuera de su club de ‘frikis’ y apestados políticos, se lo toma demasiado en serio.

En el panorama internacional, Sánchez se ha convertido en el típico que en las fiestas del instituto llegaba con su chaqueta de cuero, decía cuatro bravuconadas y lograba captar la atención de todos: el malote de toda la vida. Al principio hacía gracia y se levantaba a las chicas guapas. Después de tres tonterías más, empezaba a dar vergüenza ajena.

Chanchullos propios

España, su historia, sus gentes y, sobre todo, su futuro, merecen algo más. Merece un gobierno que defienda sus intereses reales en el mundo en lugar de hacer del desacuerdo un espectáculo. Que construya puentes en Bruselas en lugar de acumular expedientes. Que elija sus aliados internacionales por afinidad democrática y no por afinidad ideológica y por la facilidad de hacer negocios o chanchullos particulares. Que recuerde que la tradición diplomática española de las últimas décadas no es una rémora, sino el activo más valioso que deberíamos tener como país intermedio en un mundo de grandes potencias y bloques.

Pero eso exigiría un presidente capaz de gobernar sin dividir. Y ese, por desgracia, no es el que tenemos. El que tenemos vuela por los aires todos los puentes de entendimiento que le ponen por delante. Porque sin dinamita, ni él ni Begoña jamás hubieran salido de las saunas de Sabiniano.

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