la mirilla
Sánchez mueve el árbol… y Vox recoge votos

Santiago Abascal con el candidato de Vox a la presidencia de la Junta, Manuel Gavira.
La política tiene sus consecuencias. Siempre. Sánchez regulariza. Las Comunidades Autónomas y Ayuntamientos se desbordan. Los servicios sociales se tensan. Y la calle empieza a hacerse preguntas. No es teoría. Es lo que está pasando.
En Leganés, uno de los principales municipios madrileños, su alcalde, Miguel Ángel Recuenco, dice haber detectado más de 800 informes de vulnerabilidad en pocos días. Ochocientos. Técnicos desbordados. Agendas colapsadas. Recursos que no llegan. Enfado de los vecinos.
Y mientras tanto, el Gobierno mirando hacia otro lado. Sin planificación. Sin medios. Sin criterio claro. Tratando de estirar esa “prioridad nacional” de los pactos en Extremadura y Aragón, ofrenda a un rancio nacionalismo al que el socialismo no hace ascos si lo exhibe el PNV o Junts.
El propio Consejo de Estado lo ha advertido: la vulnerabilidad no está bien definida en la regularización. No hay parámetros homogéneos. No hay seguridad jurídica. Pero la orden ya está dada. Que el caos lo gestionen otros. Que lo sufran los ayuntamientos.
Porque en España, últimamente, gobernar consiste en anunciar… y trasladar el problema. Y ahí empieza lo interesante.
Cuando los servicios se tensan, sanidad, educación, transportes, la convivencia se resiente. Si la atención se retrasa, la frustración crece. La gente percibe que pierde y busca respuestas. No siempre, por desgracia, las más moderadas.
Ahí es donde entra la política de vísceras. La que no se escribe en los decretos, sino en la calle. Y ahí aparece Vox. No por casualidad. Ni por generación espontánea. Crece cuando el sistema falla. Cuando el ciudadano siente que nadie le protege. Porque la gestión se convierte en improvisación.
Sánchez dice que gobierna para todos. Pero sus decisiones generan escenarios que otros aprovechan mejor. Igual todo es una pura estrategia monclovita. Maquiavélica. Sí.
Porque el desorden tiene dueño político. Y el malestar también. Y esto no va de inmigración. Va de gestión. De responsabilidad. De entender que cada decisión tiene un impacto real. Y que ese impacto no se queda en los despachos. Se traslada a los barrios. A los servicios públicos. A la percepción de la gente.
Sánchez dice que gobierna. Pero, en realidad, está dibujando el mapa electoral de sus adversarios, sobre todo si ve que moviendo el árbol a quien perjudica es al PP de Alberto Núñez Feijóo.
A.M. BEAUMONT