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Y para esto, seiscientos asesores

La exvicepresidenta primera candidata del PSOE en Andalucía, María Jesús Montero, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

La exvicepresidenta primera candidata del PSOE en Andalucía, María Jesús Montero, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.EDUARDO PARRA / EUROPA PRESS

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Hay políticos que, cuando la cosa se pone fea, optan por el discreto arte de desaparecer. Bajan la persiana, dejan que otros den la cara y reaparecen cuando ya nadie recuerda muy bien qué pasó. Luego está Pedro Sánchez, que ha decidido que, ante cualquier tormenta activa, lo mejor es salir al balcón con un megáfono.

Ahora participa activamente en la campaña andaluza, lo cual tiene su mérito, porque cualquiera con el nivel de ruido judicial que rodea a su partido, a su Gobierno y a su familia probablemente elegiría un silencio elegante. Sánchez, sin embargo, mitinea con esa seguridad de quien no solo cree estar en el lado correcto de la historia, sino también en el centro de la Historia en general.

Advierte Sánchez de los pactos entre PP y Vox, calificándolos de cosa de “señoros” poco respetuosos con la Constitución, lo que tiene bastante de ironía escénica si uno recuerda la flexibilidad con la que él ha negociado con todo lo que se movía y su interpretación creativa del artículo 134, ese que sugiere que los presupuestos deberían presentarse cada año, pero que, según este gobierno, es más una recomendación literaria que una obligación jurídica. Después de su último mitin, no se puede descartar que más de un votante de Vox cambie de opinión y decida que, en realidad, prefería lo de siempre.

Claro que, después de presentar como candidata a María Jesús Montero, hasta los niños de pecho intuyen que el desastre se masca y que las expectativas, mal que le pese a Tezanos, no pueden empeorar demasiado, a no ser que el secretario general de una organización bajo sospecha de financiación ilegal —y él mismo acusado de fomentar un pucherazo en pleno salón de su casa— se empeñe en que su partido pase de estar embarrado en el lodo a ser engullido por esas arenas movedizas que ya nunca salen en las películas de vaqueros.

Y, mientras tanto, en algún despacho con aire acondicionado, hay unos seiscientos asesores orbitando, de los cuales ciento setenta son altos cargos, sin atreverse a decirle a Sánchez que hay momentos en que calladito se está más guapo. Aunque, pensándolo bien, si alguien se atreviera a decirlo, probablemente acabaría asignado a tareas de menor visibilidad. Como, por ejemplo, la de no hablar.

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