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El raca-raca de pactar con Vox

Santiago Abascal, en un pleno en el Congreso

Santiago Abascal, en un pleno en el CongresoGTRES

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Se sigue dando vueltas a lo mismo. Los pactos entre PP y Vox. La izquierda, si cree que muerde carne, no afloja. Los presentan como una anomalía. Como si fueran ilegítimos. Como si hubieran salido de la nada.

¿De verdad? Nada de eso. Responden a algo muy sencillo: a lo que han votado los ciudadanos. Y la democracia no consiste en elegir solo a quien nos gusta. También exige asumir el resultado completo. Con todas sus consecuencias.

Extremadura. Aragón. Castilla y León. En esos territorios, una parte relevante de los votantes ha apoyado opciones de centro derecha. Y esas opciones, para gobernar, necesitan entenderse. No hay más. No es una excepción. Es la regla. La política funciona así. Sumar. Acordar. Construir mayorías.

Y lo curioso es que quienes hoy ponen el grito en el cielo lo han hecho antes. Y lo siguen haciendo. Porque el actual Gobierno de España no es fruto de una coincidencia ideológica. Es el resultado de acuerdos entre fuerzas muy distintas, muchas veces enfrentadas entre sí. Y ahí no hubo escándalo. Se presentó como normalidad.

Por eso sorprende tanto el debate. No por lo que se hace. Sino por cómo se cuenta. Porque en España hemos llegado a un punto en el que no se discuten los pactos. Se discute quién los firma. Y eso es un problema.

Porque debilita la idea más básica de la democracia: que las mayorías se construyen, no se imponen. Que los acuerdos son necesarios, no sospechosos. Y que gobernar no es elegir con quién te gustaría hacerlo. Es hacerlo con quienes los ciudadanos han puesto en la mesa. Lo demás es demagogia. Muy interesada.

A.M. BEAUMONT

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