Lo más importante siempre debe ocupar el lugar más importante

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, interviene en el acto conmemorativo por el 50 aniversario del Hospital Universitario Reina Sofía de Córdoba.Europa Press

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Desde que soy pequeño —y me imagino que como a la gran mayoría de personas—, mis padres me han inculcado algo que para mí siempre ha sido fundamental. Me han enseñado que una de las palabras que más debemos repetir en nuestro día a día es «gracias». Esto, aunque puede parecer básico e incluso absurdo de recordar en ciertas etapas de la vida, es algo que poco a poco se está olvidando; es por ello que no debemos obviar lo que siempre hemos escuchado de nuestros abuelos a través de uno de los refranes más populares de nuestra lengua: «Es de bien nacido ser agradecido». Esta premisa, que puede parecer una frase hecha falta de contenido, supone para mí una de las bases éticas más importantes de una sociedad. A través de esta idea, me considero un afortunado por haber nacido en Andalucía y, sobre todo, por tener el privilegio de ser testigo de lo que está siendo uno de los mejores momentos de la historia de nuestra tierra; y es justamente por eso por lo que no debemos bajar la guardia y ser autocríticos con el fin de seguir el rumbo ascendente que hoy tenemos la suerte de vivir.

Observando el panorama actual y la evolución de Andalucía, sacamos como conclusión que nuestra comunidad vive un momento optimista y, casi me atrevo a decir, un periodo de éxito en los últimos años. Los datos acompañan, las cifras crecen y, de sectores clave como el turismo, el empleo o la creación de nuevas empresas, viven un momento brillante. Este crecimiento exponencial no es fruto de la casualidad ni del destino, sino que es el resultado de una gestión política que, en lo que respecta a la economía, ha sido casi impecable. Hemos pasado de mirar con envidia a otras comunidades a empezar a ser un ejemplo en muchos aspectos, y eso es algo que conviene valorar.

Sin embargo, en medio de este avance, surge la reflexión sobre si en la evolución de dicho progreso se están dejando atrás otros temas que también son fundamentales para una sociedad. Aunque no se puede negar que el tejido empresarial es algo imprescindible para un buen funcionamiento, no debemos caer en la trampa —en la que, a mi parecer, ya se está cayendo— de olvidar asuntos tan relevantes como la sanidad, que ocupa sin duda el lugar central. El éxito de una tierra no se puede medir únicamente por su facturación o por su capacidad de atracción exterior, sino por la solidez de los servicios que protegen a sus propios ciudadanos.

Andalucía vive hoy un auténtico «boom» de estabilidad económica que nos abre, especialmente a los jóvenes, un gran abanico de posibilidades para poder construir nuestro futuro. Pero en medio de la ebullición que supone este cambio radical que hemos vivido en los últimos ocho años, se ha cometido, en mi opinión, el error de empezar la casa por el tejado. Hemos construido una gran fachada que nos ha situado en un lugar competitivo y líder, pero los parlamentarios han dejado a un lado el cuidado de los cimientos que sostienen la vida de las personas. De nada sirve ser un gran atractivo hacia el exterior si no somos capaces de proteger y ofrecer lo mejor a los del interior.

Hablar hoy de sanidad en Andalucía es hablar de una contradicción evidente. Por un lado, contamos con profesionales extraordinarios, vocacionales y preparados, que sostienen el sistema con un compromiso admirable. Por otro, ese mismo sistema no siempre está a la altura de quienes lo integran ni de quienes dependen de él.

Es difícil no sentir frustración al ver cómo médicos, enfermeros y personal sanitario hacen un esfuerzo constante por ofrecer la mejor atención posible en un contexto que no les proporciona los recursos ni las condiciones necesarias. Y, además, lo preocupante no es solo que esto ocurra, sino que se haya convertido en algo cotidiano.

La sanidad no puede ser un elemento más dentro de la agenda política. No puede depender de prioridades cambiantes ni quedar relegada frente a otros intereses. Hay ámbitos en los que el tiempo es determinante, y donde una decisión —o la falta de ella— tiene consecuencias directas en la vida de las personas.

Desde una perspectiva personal, mi relación con el sistema sanitario ha sido cercana. He pasado mucho tiempo en hospitales y he podido ver, desde dentro, tanto la calidad humana de los profesionales como las dificultades a las que se enfrentan cada día. Esa experiencia no hace más que reforzar una idea clara: si algo funciona dentro de la sanidad, es gracias a quienes la sostienen —con profesionalidad y cariño— y no al sistema que la organiza. En mi caso, además, lo veo en casa: mi tío y mi hermana (una vez más doy las gracias por tenerlos) forman parte de esos profesionales que, con vocación y compromiso, sostienen un sistema que demasiadas veces no está a su altura.

La sanidad no es la única asignatura pendiente de Andalucía, ya que también temas como la educación, la inmigración o el acceso a la vivienda son cuestiones que no deberían ser objeto de campañas políticas vacías de compromiso, sino un punto de encuentro. Un espacio donde el consenso no sea la excepción, sino la norma.

Agradecer el momento que vive Andalucía es justo. Pero ese mismo agradecimiento implica también una responsabilidad: la de ser exigentes y no conformarnos con políticas vacías de contenido que no hacen más que alargar situaciones desde hace años que nos imposibilitan avanzar de manera equilibrada.

Si de verdad queremos construir una sociedad plena, debemos asegurarnos de que lo más importante ocupa, de verdad, el lugar más importante. Y pocas cosas hay más importantes que la salud. Por eso, es ahí por donde debemos empezar.