enfoques del director
Sánchez huye de la crisis del hantavirus, acorralado por su propia estrategia
Pedro Sánchez ha vuelto a hacer lo que mejor sabe: desaparecer. Ante la peor crisis sanitaria que ha vivido Canarias en años, provocada por el hantavirus que llegó en el barco que él mismo convirtió en operación de propaganda, el presidente del Gobierno brilla por su ausencia. Agenda vacía. Ni una sola comparecencia. Ni una pregunta respondida. Ni siquiera tuvo la decencia de atender con diligencia la llamada del presidente canario. Tuvo que insistir el Gobierno autonómico para que, por fin, descolgara el teléfono.
La jugada estaba clara desde el principio. Sánchez vio en ese barco una doble oportunidad de oro: posar como el más progre de los progres y, de paso, tapar el juicio que se le viene encima a su partido por la trama de corrupción que salpica a Ábalos, Koldo y Aldama. Traer a los migrantes enfermos iba a ser la gran foto de portada, el gesto humanitario que distraería a la opinión pública de los escándalos que amenazan con dinamitar su narrativa de “buenismo” y “transparencia”.
Pero la realidad, terca como siempre, le ha estallado en la cara. La gestión ha sido un desastre absoluto: falta de coordinación, protocolos incumplidos, información ocultada y un riesgo sanitario real que ya ha desbordado las capacidades de las islas. El barco que debía ser trofeo propagandístico se ha convertido en su peor pesadilla. Y Sánchez, en lugar de dar la cara, ha optado por la huida. Como siempre.
Este no es un error de gestión. Es la confirmación de un estilo: utilizar cualquier crisis como arma política hasta que la crisis se vuelve contra él. Entonces, silencio. Entonces, cobardía. Entonces, el presidente que presume de “liderazgo” se esconde detrás de su equipo y deja que otros carguen con los muertos.
España ya conoce el patrón. Cuando las cosas se tuercen, Sánchez no responde. Se esfuma. Y esta vez, con un virus que no entiende de eslóganes ni de fotos bonitas, la huida no solo es indigna: es peligrosa.