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Crónica del esperpento

José Luis Ábalos, en una imagen de archivo

José Luis Ábalos, en una imagen de archivoGTRES

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Hay países donde los escándalos políticos están trufados de paraísos fiscales, agentes dobles que destruyen pruebas y de cargos que dimiten por una simple sospecha de fraude . En España, no. Aquí los escándalos parecen una secuela descartada de Resacón en Las Vegas.

Nosotros somos más de ministros ligeros de bragueta con agenda de citas – y no precisamente célebres– gestionadas por porteros de puticlubes que entran en los ministerios como quien entra en un bar donde les fían las cañas…o de empresarias que transportan bolsas con dinero a sedes de partidos con la misma normalidad con la que otros llevan a casa los tuppers de croquetas de su madre…o de periodistas que nunca han publicado nada especialmente memorable pero a las que, al parecer, se les da de maravilla la extorsión empresarial… o de ex misses ávidas de cultura ferroviaria a golpe de biblioteca en horario laboral. O de todo junto.

Pero lo extraordinario de nuestro país a la hora de la verdad no es la acumulación de escándalos, sino la absoluta normalidad con la que convivimos con ellos. En otros países dimite un ministro por copiar dos párrafos de Wikipedia en una tesis doctoral. Aquí necesitamos una combinación mínima de amantes cruzadas, empresarios turbios, audios filtrados y bolsos sospechosos

Y aun así nadie dimite ni parece especialmente sorprendido. A veces pienso que cuando los arqueólogos del futuro encuentren restos de nuestra civilización, la conclusión a la que llegarán es que en los años veinte del siglo XXI España estaba gobernada por organizadores de despedidas de soltero en polígonos industriales. Y seguramente no irán desencaminados.

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