La necesidad de mirar más alto

Papa León XIV
Pocas veces un lema ha resultado tan oportuno como el de esta visita del Papa a España: «Alzad la mirada». En medio de una actualidad marcada por la erupción de revelaciones sobre corrupción política, la exhortación parece trascender el ámbito religioso para interpelar a toda la sociedad.
Porque, aunque a primera vista ambos acontecimientos pertenezcan a mundos distintos, su lectura conjunta conduce a una pregunta fundamental: ¿sobre qué referencias últimas construye una sociedad sus juicios morales y, a partir de ellos, sus normas, leyes y consensos, cuando ha dejado de reconocer una verdad que la trasciende?
La modernidad prometió la emancipación del hombre. Liberado de autoridades externas, de tradiciones heredadas y de verdades absolutas, cada individuo podía convertirse en juez último de sí mismo (y de los demás). Sin embargo, tal empoderamiento humano conlleva una paradoja consustancial.
Si cada conciencia constituye la medida definitiva de la verdad, ¿sobre qué fundamento pueden resolverse las discrepancias? ¿Qué razón existe para considerar un criterio mejor que otro? ¿Por qué una concepción de la justicia debería prevalecer sobre las demás?
La sociedad posmoderna, muy influida por el reduccionismo materialista y cientificista, ha llevado este hilo argumental a sus últimas y más perversas consecuencias. Vivimos un momento de proliferación de opiniones infundadas y escasez de reflexiones compartidas, de abundancia de certezas subjetivas y ausencia de criterios objetivos capaces de ordenar la convivencia y evitar el enfrentamiento irreflexivo y la polarización. Pero la realidad siempre acaba imponiéndose.
Por motivos filogenéticos y existenciales, el ser humano no puede vivir sin referentes. Aunque no sea consciente de ello, necesita puntos de orientación que le permitan distinguir lo correcto de lo incorrecto, lo justo de lo injusto y la verdad del error.
La progresiva desaparición de las referencias trascendentes no ha anulado esta necesidad, sino que ha generado una disonancia cognitiva que nuestro mundo intenta resolver para sobrevivir. Sin embargo, la solución no parece responder tanto a un proceso racionalmente fundamentado como a un mecanismo reactivo y emocional de autopoiesis social.
Privado de referentes transmundanos, el sistema genera espontáneamente sucedáneos cis-mundanos que emergen de las posibilidades disponibles en una sociedad que opera cada vez más en modo cognitivo predeterminado, una forma de funcionamiento mental basal, pseudo-vegetativo y ampliamente condicionado por procesos de introyección.
Así, en ausencia de una verdad que trascienda al individuo, determinadas figuras públicas, líderes políticos e ideológicos, o intelectuales alineados con las corrientes ideológicas dominantes terminan siendo elevados a la condición de referentes morales.
Investidos de una autoridad que trasciende el ámbito de sus competencias reales, pasan a encarnar ideales de virtud, progreso y superioridad moral sobre los que amplios sectores sociales proyectan sus necesidades de orientación y certidumbre, y permiten al sistema alcanzar un equilibrio aparente dentro de sus propias limitaciones.
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Pero toda referencia construida sobre una persona contiene una fragilidad ontológica insuperable: la propia condición humana que, al materializarse en lo que cada vez más comúnmente es de suyo y da de sí, revela el carácter espurio y ectópico de la función que se le demanda.
Mientras cumplen discretamente, el sistema consigue mantener una cierta estabilidad precaria. Sin embargo, la caída pública o el mero cuestionamiento moral de los ídolos de barro genera un cataclismo individual y colectivo profundamente traumático y revelador que desencadena dos tipos de reacciones. Unos se aferran al ídolo con una intensidad renovada, pues en su irreflexiva preservación perciben la supervivencia del andamiaje conceptual de sus ideas.
Como ha señalado Juan Soto Ivars en “Trinchera de Letras”, tampoco parece que el silencio sea una postura aceptable para los narcisistas tribales. No al menos en ciertos momentos rituales, normalmente de glorificación o de castigo. Durante estos episodios de frenesí colectivo, cualquiera que no exhiba un grado suficiente de adhesión a la causa pasa inmediatamente a ser sospechoso.
Otros (seguramente muchos menos), por el contrario, emprenden un proceso de catarsis, reflexión y replanteamiento de los presupuestos sobre los que habían construido su visión apodíctica del mundo. Es en ellos en quienes el lema «Alzad la mirada» revela toda su profundidad y utilidad.
Porque la lección que deja la caída de los ídolos no es la necesidad de reemplazarlos, sino la de volver la vista hacia principios y verdades que no dependan de las circunstancias ni de quienes pretenden representarlos. Parafraseando a Óscar Wilde, en “El Alma del Hombre Bajo el Socialismo”, no nos echemos a perder imitando a nuestros inferiores.
Los hombres pueden fallar, pero los principios permanecen.