A Carlos Alsina no se le debería permitir retirarse

Carlos Alsina, en su programa de hoy
Dentro de unos días, Carlos Alsina deja la radio diaria, Onda Cero. Está en su derecho. Faltaría más. Pero nos hace una faena. A quienes llevamos años desayunando con él. A quienes hemos convertido su monólogo de las ocho en una costumbre. A quienes, en medio del ruido, encontrábamos allí una brújula, su marcha va a ser insufrible.
No comparto siempre todo lo que dice. Ni creo que él pretenda que nadie lo haga. Precisamente por eso resulta tan valioso. En una época de trincheras, Alsina ha representado algo cada vez más escaso: el periodismo que intenta comprender antes que sentenciar. Escuchar antes que gritar. Argumentar sin etiquetar.
Llevo muchos años en esta profesión. Nunca he estado en su estudio. Tampoco hemos compartido demasiados momentos. Pero siempre que nos hemos cruzado he percibido respeto. El mismo respeto y admiración que yo le profeso. Porque más allá de audiencias, premios o reconocimientos, existen periodistas que terminan formando parte de la vida cotidiana de un país.
Uno enciende la radio. Escucha una voz. Y sin darse cuenta incorpora ese ritual a su propia biografía. Eso es mucho más difícil de conseguir de lo que parece. Las sociedades necesitan referentes. No para obedecerlos. Ni para pensar como ellos. Los necesitan para ordenar las ideas, para poner contexto a la actualidad y para recordar que la información no consiste en vociferar más fuerte que el adversario.
Por eso hay personas que jamás deberían retirarse. Médicos que siguen curando. Profesores que siguen enseñando. Escritores que continúan escribiendo. Y periodistas que todavía tienen muchísimas cosas que contar. Y Carlos Alsina pertenece a esa categoría. La ley dice que puede jubilarse. La lógica también. Pero quienes hemos aprendido a mirar cada mañana la actualidad a través de sus palabras tenemos derecho a lamentarlo.
Porque hay voces que informan. Y otras, además de informar y crear opiniones, acompañan. Las segundas son las verdaderamente insustituibles. A.M. BEAUMONT