Zapatero y la culpa del padre: el golpe psicológico que no sale en los sumarios

El secretario general del PSOE de 2000 a 2012 y presidente del Gobierno de España de 2004 a 2011, José Luis Rodríguez Zapatero.Europa Press

Creado:

Actualizado:

¿Tiene José Luis Rodríguez Zapatero una depresión? No lo sabemos. Y nadie serio debería afirmarlo sin haberlo explorado clínicamente. La depresión no se diagnostica por titulares, por gestos, por silencios ni por la cara que alguien pone al salir de un juzgado. Se diagnostica mediante una entrevista clínica, una historia psicopatológica, una valoración longitudinal y una exploración rigurosa.

Pero hay otra pregunta mucho más interesante y mucho más humana: ¿puede una persona sentirse devastada cuando un problema político, judicial o económico acaba alcanzando a sus propios hijos? Ahí la respuesta es evidente: sí. Y no hace falta diagnosticar una depresión para entender que puede existir sufrimiento, culpa, angustia, insomnio, miedo reputacional y una intensa sensación de fracaso personal.

En los últimos días, diversas informaciones han señalado que el juez de la Audiencia Nacional, José Luis Calama, ha acordado investigar a las hijas del expresidente, Alba y Laura Rodríguez Espinosa, en el marco del llamado caso Plus Ultra, junto a otras personas de su entorno. RTVE ha informado de que esa decisión se adopta para que puedan personarse en el procedimiento en calidad de investigadas y ejercer su derecho de defensa. También se ha publicado que la Agencia Tributaria ha iniciado inspecciones fiscales a Zapatero, su esposa, sus hijas y la empresa de estas, en paralelo a la causa penal. 

Conviene recordar algo elemental: estar investigado no equivale a ser culpable. La presunción de inocencia no es una fórmula decorativa; es una garantía democrática. Pero el hecho de que no exista condena no significa que no exista daño psicológico. La maquinaria judicial y mediática puede producir un impacto demoledor incluso antes de que haya sentencia. Y cuando ese impacto alcanza a los hijos, el golpe cambia de naturaleza.

Para un padre, quizá lo más insoportable no sea sentirse cuestionado él mismo, sino pensar que sus decisiones, sus amistades, sus negocios, sus relaciones o su pasado público han podido arrastrar a sus hijas a una exposición que nunca deberían haber sufrido. Esa culpa no siempre es racional. A veces no depende de haber cometido un delito. La culpa psicológica puede aparecer simplemente ante la vivencia de haber fallado en la función más básica: proteger a los tuyos.

Ahí aparece una distinción clínica importante. La culpa no es necesariamente depresión. Puede haber culpa sin enfermedad mental. Puede haber tristeza sin trastorno depresivo. Puede haber abatimiento, vergüenza, miedo o rumiación sin que exista un episodio depresivo mayor. Pero también es cierto que la culpa intensa, persistente y vivida como irreparable puede ser uno de los núcleos más duros de una depresión.

Por eso, más que preguntarnos si Zapatero “está deprimido”, deberíamos preguntarnos otra cosa: ¿qué ocurre cuando una persona acostumbrada al poder pierde el control del relato? El poder da una falsa sensación de dominio. Mientras uno controla la agenda, las palabras, los silencios y los escenarios, parece invulnerable. Pero cuando el relato se desplaza al juzgado, a la prensa, a los informes policiales o fiscales, esa arquitectura psicológica puede derrumbarse.

Zapatero ha demostrado durante años una notable capacidad de resistencia. Ha sobrevivido políticamente a crisis enormes, a desgaste público, a críticas feroces y a una larga exposición mediática. Eso habla de resiliencia. Pero la resiliencia no significa invulnerabilidad. Las personas resistentes también se rompen. A veces se rompen más tarde, porque han aprendido a aguantar demasiado.

La pregunta de fondo, por tanto, no es si estamos ante una depresión diagnosticable. La pregunta de fondo es si estamos ante una escena profundamente humana: la del hombre poderoso que puede soportar el ataque político, pero no soporta igual que el golpe alcance a sus hijas.

Y ahí la psiquiatría tiene algo que decir: no para absolver, no para acusar, no para convertir la enfermedad mental en coartada, sino para recordar que detrás de los sumarios también hay biografías; detrás de los titulares, familias; y detrás del poder, a veces, una culpa silenciosa.

La depresión no debe usarse como insulto ni como excusa. Pero tampoco debemos negar que el sufrimiento psicológico puede aparecer precisamente donde menos se espera: en quienes parecían más protegidos por el poder, por la posición social o por la experiencia política.

En definitiva: no sabemos si Zapatero tiene una depresión. Pero sí podemos afirmar algo más prudente y quizá más importante: si siente que ha arrastrado a sus hijas a una situación judicial y pública de enorme exposición, el impacto psicológico puede ser devastador. Y esa es una dimensión que el ruido político rara vez permite escuchar.