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Sánchez pierde el control del país: Ceuta es un polvorín y Barcelona un festín separatista

En Benzú, un grupo de entre 30 y 40 migrantes emboscó a cuatro militares: los apedrearon, destrozaron el vehículo y les causaron contusiones. Doce detenidos

La Policía Nacional pone orden en las colas de migrantes, a 24 de agosto de 2026, en Ceuta

La Policía Nacional pone orden en las colas de migrantes, a 24 de agosto de 2026, en CeutaMarcos Moreno / Europa Press

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El Gobierno de Pedro Sánchez no gobierna: reacciona a los acontecimientos, tarde y mal. Va a remolque de los hechos, sin anticiparlos ni dominarlos. Es un barco a la deriva, a merced de las olas. Lo que ocurre en Ceuta y en el Camp Nou no son accidentes aislados: son la radiografía de un Ejecutivo que ha renunciado a la autoridad y llama “normalidad” al descontrol.

En Ceuta, casi un mes después de la entrada masiva de más de 70.000 personas desde Marruecos, la ciudad es un polvorín. Vecinos hartos de inseguridad, suciedad y abandono han salido a la calle con banderas de España. Lo que empezó como protesta ha derivado en barricadas, intentos de desmantelar campamentos en la playa del Trampolín, pertenencias arrojadas al mar, bloqueo de camiones de Cruz Roja e incendios de chabolas. La Policía ha disparado pelotas de goma. En Benzú, un grupo de entre 30 y 40 migrantes emboscó a cuatro militares: los apedrearon, destrozaron el vehículo y les causaron contusiones. Doce detenidos. Periodistas acosados. El Gobierno regional pide calma. Moncloa habla de normalidad. Normalidad es un territorio español al borde de la explosión social mientras el Ejecutivo mira hacia otro lado.

En Barcelona, el mismo jueves, el Camp Nou se convirtió en un aquelarre separatista. El club canceló el homenaje a sus ocho jugadores campeones del mundo con España -el club que más aportó a la selección- porque “no era el contexto apropiado”. En su lugar, la ANC repartió 10.000 esteladas y se desplegaron dos enormes enseñas independentistas. Hubo cánticos contra España y la Selección. Laporta lo justificó como libertad de expresión. La Ley 19/2007 contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte prohíbe símbolos que inciten a la violencia o al odio, no las banderas políticas per se; sentencias han amparado la estelada como ejercicio de libertad ideológica en competiciones nacionales. UEFA sí la ha sancionado en Europa por su carácter político. Aquí no pasa nada. Es la normalidad catalana según el Gobierno.

Un Ejecutivo que no controla la frontera ni el orden público, que tolera que se humille a la selección que acaba de ganar un Mundial y que reduce la tensión a “normalidad” no dirige el país: lo deja ir. Ceuta arde y Barcelona se reivindica contra España. El barco sigue a la deriva.

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