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El listado de la vergüenza… ¿o del orgullo?

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska

El ministro del Interior, Fernando Grande-MarlaskaEuropa Press

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Hace escasos días saltó a la palestra un dosier titulado 'Tertulianos Radio y Televisión', cuya existencia ha trascendido públicamente a raíz de una información publicada por el diario 'El Confidencial'. En dicho documento, elaborado por el Ministerio del Interior en 2024, aparecen, a lo largo de sus 54 páginas, nombres y personalidades vinculados, de una u otra manera, al ámbito político.

Entre los distintos perfiles que figuran en el listado podemos distinguir, entre otros profesionales, a periodistas, analistas políticos, sociólogos e incluso psicólogos y abogados. Un alto porcentaje de ellos continúa hoy en primera línea, defendiendo sus postulados desde medios de comunicación de referencia, ya sea en radio, prensa digital o televisión. Otros, sin embargo, han pasado a “mejor vida” —o, siendo honestos, a una bastante peor: la indiferencia—, pues ya no forman parte de ninguno de estos espacios, aunque en 2024 estuvieran en el candelero. 

¿Los motivos? Probablemente, dado que para los mandamases de los medios de comunicación en los que trabajaban ya no resulten tan rentables como antaño o, sencillamente, por considerar que existen perfiles mucho más frescos capaces de defender mejor sus intereses.

A todo esto, lo verdaderamente llamativo es que en ese supuesto “listado de la vergüenza” no se incluyan únicamente personalidades contrarias al Gobierno, sino también otras que, de una u otra manera, podrían considerarse afines o próximas a él. Y no solo eso: el documento llega incluso a señalar, persona por persona, si cada uno de los nombres que se recogen en sus páginas pertenece a la izquierda o a la derecha. Sí, algo bastante descarado, porque lo mismo dejan entrever que uno “es de los suyos” cuando el nombre en cuestión es de izquierdas que, cuando tira hacia la derecha y resulta incómodo, lo tildan directamente de radical. Si es que, vaya espectáculo de dosier el que han elaborado los señores de Interior y que, para más inri, ha terminado saliendo a la luz gracias a un medio de comunicación.

Personalmente, quizás mi opinión resulte para más de uno bastante impopular, pero considero que, en el fondo, este dosier solo debería repercutir negativamente sobre un perfil concreto: el periodista, analista o colaborador que defienda los intereses del Gobierno… y no sobre quien se dedique a sacar a la luz sus miserias, sus hemerotecas o sus incongruencias. Porque la función de todo periodista decente es fiscalizar al poder. Por tanto, quien aparezca mencionado en sus páginas por ejercer correctamente su labor, lejos de verlo como una mancha, debería recibir una medalla. 

En cambio, aquel que sea señalado como afín a la Ejecutiva de Sánchez, ese sí debería sentir pudor —y cosas mayores— por no ejercer correctamente su profesión. Una profesión que, por culpa de muchos colegas, está en entredicho, además de marcada por la precariedad, en la que tantos periodistas que hoy están en paro, si tuvieran la oportunidad de desempeñarla, lo harían con rigor, leales a la verdad y jamás a unas siglas políticas.

Todo periodista posee una ideología, y quien diga lo contrario miente como un bellaco. Ahora bien, precisamente por eso considero imprescindible, desde siempre, la transparencia profesional: que quienes nos lean sepan de qué pie cojeamos para que, de esa manera, el ciudadano de a pie pueda confiar en nuestro trabajo. Tener ideología no significa que debamos mirar hacia otro lado cuando un partido afín a nuestra filosofía o a nuestra manera de pensar hace las cosas mal. Al contrario: tenemos que ser tan críticos con ellos, o incluso más, de lo que seríamos con nuestros adversarios. 

Por amor a España, por respeto al lector y también por nuestra propia credibilidad como profesionales. Al fin y al cabo, somos —o deberíamos ser— los jueces periodísticos encargados de señalar a quienes no actúan correctamente, independientemente del color político que gobierne.

Hablando de transparencia, en este artículo voy a dejar plasmada mi ideología política. Soy periodista y escritor, liberal-conservador, y mi posición se encuentra entre el PP y Vox. Cuando considero que cualquiera de los dos no actúa correctamente, lo manifiesto sin temor a caer mal a los acérrimos de una u otra formación, que los hay y que hacen muchísimo daño a sus propias siglas. 

Mi forma de pensar siempre ha sido que uno únicamente debe casarse con la persona que ama, nunca con unas siglas políticas, salvo que —malamente— comas de ellas, a modo de responsable de comunicación. Esa es, para mí, la esencia del buen periodismo: poder defender unas ideas sin convertirlas en puro hooliganismo que nos impida ver los errores de quienes, teóricamente, comparten una filosofía semejante a la nuestra.

Por eso mismo, considero que, si un profesional de la comunicación ha ido de frente con sus ideales y ha sido honesto con los españoles, ¿rubor? Ninguno. ¿Orgullo? Muchísimo. Los que realmente son “acariciados” y señalados por mantener posiciones progresistas o afines al PSOE, esos sí —y lo repito, y repetiré hasta la saciedad— deberían experimentar pudor, cargos de conciencia y muchas cosas más, porque si un Gobierno elabora un dosier en el que, con sutileza, te presenta como uno de sus propagandistas, tu imagen como profesional queda gravemente en entredicho. Una cosa es que te señalen por criticar al poder; otra, muy distinta, que un “profesional” acabe siendo retratado “oficialmente” como alguien dispuesto a ejercer de altavoz del poder.

En definitiva, hoy en día, por suerte o por desgracia, no tengo el honor, el placer o la mala baba de aparecer en un listado de esa índole. Sin embargo, si en el futuro figurase en uno, honestamente, no sentiría vergüenza alguna. Que me llamen liberal-conservador, liberal, conservador, de derechas o incluso ultraderechista es algo a lo que, desde que comencé en el gremio, he aprendido a restarle total importancia. Yo sé perfectamente lo que soy, cómo pienso, cómo siento y cuál es mi forma de ser y, desde luego, jamás en la vida voy a esconderme profesionalmente ni a disfrazar mis ideas bajo una falsa equidistancia. 

Quienes juegan a eso, a esconderse detrás de etiquetas ambiguas o a venderse como de centro-centrado-descentrado mientras procuran no incomodar al poder —o hacerlo lo menos posible—, son los que deberían preocuparse. Porque, al final, peor que ser señalado por fiscalizar a un Gobierno es acabar retratado como uno de esos que están dispuestos a defenderlo.

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