ENFOQUES DEL DIRECTOR
Sánchez, más desesperado que nunca, dispuesto a todo: prepara la campaña más sucia de la historia

Pedro Sánchez ha dejado de gobernar para empezar a sobrevivir. El adelanto al 29 de noviembre no es un gesto de responsabilidad institucional: es la huida hacia delante de un presidente acorralado por las encuestas, por la ruptura de su mayoría y por los casos que rodean a su entorno. Tras el rechazo en el Congreso de los decretos de vivienda, Moncloa ha optado por la sobreexposición total. El mismo atril del Consejo de Ministros sirve ya de primer mitin. El BOE se exprime hasta el final. Y el Ejecutivo vuelve a aprobar lo que la Cámara acaba de tumbar, con la vista puesta en una Diputación Permanente donde la aritmética le sale por un voto. No es gobernar: es forzar la máquina.
El cálculo es transparente. Sánchez se sube a la ola de la huelga general por la vivienda, convocada por CCOO y UGT para el 11 de noviembre, a las puertas de la campaña, como si ocho años en el poder no le incumbieran. El escándalo no está solo en la fecha. Está en la confesión. María Jesús Montero, nombrada por el propio Sánchez jefa de estrategia de la campaña, ha dicho sin rubor que asistimos a una situación inédita: habitualmente las huelgas generales se convocan contra los gobiernos y, en este caso, se convoca contra la oposición. No es que sea inédito. Es que es antidemocrático. Convertir el derecho de huelga en un instrumento partidario, y presumir de ello desde la dirección electoral del PSOE, es embarrar el terreno de juego. Y embarrar el terreno es su especialidad.
Sánchez se presenta de facto, además, como el único líder de una izquierda, sin candidatos formales en Sumar ni en Podemos, apropiándose de banderas ajenas y convirtiendo una protesta social en combustible electoral. El discurso es el de siempre: el Parlamento da la espalda a "la gente", las comunidades del PP bloquean y solo él representa al pueblo. La realidad es otra. La crisis de la vivienda ha madurado bajo su mandato, y la convocatoria electoral llega cuando el relato le resulta más útil que la gestión.
Nada de esto es improvisado. Es la lógica de quien sabe que el tiempo corre en su contra y está dispuesto a no dejar ningún resorte sin usar: la ventaja institucional de la Moncloa, la agitación sindical, la confusión entre Gobierno y partido, la presión sobre el calendario judicial. Quien ha convertido cada derrota parlamentaria en un agravio y cada límite institucional en un obstáculo a sortear no va a moderarse ahora.
Se avecina la campaña más sucia de la democracia reciente: propaganda desde el poder, polarización calculada y descalificación sistemática de quien se atreva a recordarle las cuentas pendientes. España no elige solo un Gobierno. Elige si acepta que la desesperación de un hombre se convierta en método.