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Nuestra experta en salud mental lo tiene claro: "La terapia del abrazo es salud"

El abrazo es mucho más que un gesto: es medicina, alivio y refugio. Con él se liberan endorfinas y dopamina, calmando el dolor y devolviendo la alegría. Desde el abrazo de un padre que consuela hasta el de un amigo, un desconocido o un amor verdadero, cada uno encierra la magia de sanar, de recordarnos que no estamos solos y de empujarnos a vivir sin miedo.

La Reina Letizia abraza a un niño durante su visita a una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género en Cabo Verde.

La Reina Letizia abraza a un niño durante su visita a una casa de acogida para mujeres víctimas de violencia de género en Cabo Verde.Casa de S.M. El Rey / Jose Jimenez

Pilar Enjamio
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La terapia del abrazo es la más pura y mejor medicina curativa. En ese acto de conexión se liberan neurotransmisores como las endorfinas, el mejor analgésico sin efectos secundarios, y también dopamina, un potente antidepresivo natural. Con el abrazo, la carga de una mochila pesada se hace más ligera, atisbando un rayo de luz y de energía. 

El abrazo de hermano, de amigos, de alguien inicialmente desconocido, del abrazo espontáneo al médico que certificó que la creencia de una enfermedad grave era falsa y, como en un acto de magia, te devuelve la vida. La espontaneidad del abrazo de amor que conlleva sensaciones únicas y escalofríos de dos almas unidas en un mismo sentimiento de amor. “Si no te conozco, no vivo. Si muero sin conocerte, no muero porque no he vivido.” 

Estas palabras del poeta sevillano Luis Cernuda describen perfectamente el sentimiento más bello de la tierra. Dos cuerpos presos en uno. No conozco sino la sensación de estar preso en alguien cuyo nombre me causa escalofrío. Hacemos nuestras las palabras del poeta, aunque sea muy difícil hallar a ese alguien, aunque en algún momento lo hayamos sentido. El colgarse de tu cuello o estrecharte de una niña de tres años que te siente triste y acaricia tu rostro. 

El abrazo de mi padre de niña chica diciéndome que no pasa nada y, si pasa, no importa. Quiere decir que no suframos por algo que a lo mejor no va a suceder y, si sucede, lo inevitable no importa ya. Acaso nos preocupamos por lo que nunca pasará y tanto tememos. No nos arrepintamos de abrazar, de decir te quiero cuando existe un mañana y fundir piel con piel tanto en la alegría como en la tristeza, y no llorar por lo que pudo haber sido y no fue. Los miedos fuera, porque nos impiden avanzar y tocar la felicidad con las manos. Nosotros somos creadores de nuestro propio destino.

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