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Cuando el colesterol se porta mal y el azúcar empieza a ayudar (a veces)

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De vez en cuando la ciencia trae alegrías discretas pero sólidas. El ácido bempedoico acaba de demostrar que no solo baja el colesterol LDL (conocido popularmente como el "colesterol malo"), sino que también reduce un 13 % los eventos cardiovasculares mayores. Nada de fuegos artificiales, pero sí menos infartos, ictus y visitas urgentes al hemodinamicista.

La gracia está en el a quién: pacientes que no toleran o no quieren estatinas. Para ellos, este fármaco ofrece una alternativa eficaz, con reducciones de LDL de hasta el 28 % y beneficios clínicos reales. Eso ya no es solo bioquímica bonita, es prevención con mayúsculas.

El estudio Santorini, además, nos recuerda una verdad incómoda: cuando usamos más terapias combinadas, más pacientes alcanzan objetivos. Sorpresa cero, evidencia máxima. Las guías aprietan, el LDL baja… si lo intentamos en serio.

Desde Daiichi Sankyo lo resumen bien: la enfermedad cardiovascular sigue siendo la primera causa de muerte en Europa. Así que no, el ácido bempedoico no salva el mundo, pero ayuda. Y en cardiología, ayudar de verdad ya es mucho.

Después de hablar del LDL, ese colesterol silencioso que no duele, pero decide infartos, ahora el foco se desplaza al cerebro, donde el azúcar —otro villano habitual— resulta que no siempre juega en el bando malo. Al contrario: bien activado, podría ayudar a frenar el Alzheimer.

El hallazgo del Instituto Buck para la investigación del envejecimiento es tan incómodo como fascinante: el glucógeno cerebral no es un simple almacén olvidado, sino una herramienta defensiva capaz de neutralizar proteínas tóxicas como la tau. Azúcar que protege neuronas. Paradójico, casi provocador, diría yo.

La lección conecta con lo aprendido del LDL: no se trata de demonizar moléculas, sino de entender qué hacen, dónde y cuándo. El colesterol no es malo en sí; el problema es que se acumule donde no debe. El azúcar tampoco es solo exceso y daño: en el cerebro, bien dirigido, puede ser supervivencia.

Quizá la medicina del futuro consista menos en prohibir y más en redirigir. Igual que bajamos el LDL para proteger arterias, puede que aprendamos a “activar” el azúcar correcto para proteger la memoria. La bioquímica, una vez más, nos recuerda que casi nada es blanco o negro… salvo las neuronas cuando ya es demasiado tarde.

Y aquí llega el giro final de mi FONENDO, menos optimista pero necesario. Porque mientras descubrimos que el azúcar, bien gestionado, podría proteger al cerebro del Alzheimer, en la vida real seguimos administrándolo mal, demasiado y demasiado pronto.

Los datos son difíciles de endulzar: los niños españoles consumen más del doble de azúcares añadidos de lo que recomienda la Organización Mundial de la Salud (OMS). No hablamos de glucógeno cerebral ni de rutas metabólicas protectoras, sino de refrescos, bollería, galletas y “alimentos infantiles” que de infantiles tienen poco y de azúcar, mucho. El resultado ya lo conocemos: obesidad, síndrome metabólico y un riesgo cardiovascular que empieza a gestarse antes de que aparezca el primer diente definitivo.

Un estudio de la Universidad de Granada lo deja claro: la mayor parte del azúcar añadido procede de productos de baja densidad nutricional. Es decir, no es que el azúcar sea imprescindible, es que está demasiado disponible y camuflado. Justo lo contrario de lo que la biología parece pedirnos.

Mientras la ciencia afina cómo reducir el LDL para proteger arterias o cómo activar el azúcar adecuado para proteger neuronas, seguimos fallando en lo más básico —la dieta diaria— y especialmente en la de los niños.

La conclusión no es demonizar moléculas, sino aprender a usarlas con inteligencia. Porque ni todo el colesterol es el enemigo, ni todo el azúcar es veneno… pero mal usados, ambos pasan factura. Y esa, por desgracia, la estamos empezando a pagar demasiado pronto.

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