Saltando entre muros
No a la guerra, si al barril
España critica a su principal proveedor energético mientras el precio del gas se dispara por el conflicto en Oriente Medio

Central eléctrica en Brasil
La política tiene una relación peculiar con la energía: le gusta mucho el discurso, pero no tanto las facturas. La rueda de prensa de Pedro Sánchez a propósito del conflicto con Irán —en contraste verbal con Donald Trump— volvió a situar al gobierno de España en el terreno cómodo de los principios…que permiten los cambios de opinión sin consecuencias. “No a la guerra”, dijo el presidente. “No va a salir de ella un medio ambiente más saludable”, se adornó en la suerte.
El problema aparece cuando uno atiende a los datos energéticos que acompañan al slogan. Y si evalúa si esa posición va a ayudar a que la guerra sea más corta o, por el contrario, se alargue y se complique al abrir fisuras en el bloque de los aliados que combaten el régimen de terror iraní.
Hoy el principal suministrador de gas natural licuado a España no es un aliado europeo ni un proyecto de transición energética ejemplar. Son los Estados Unidos de Trump, que el pasado mes de enero aportó el 44 % del GNL que llegó a nuestras plantas regasificadoras y el 15% del petróleo que consumimos en España. El mismo país con el que ahora cruzamos reproches diplomáticos y decimos no temer sus represalias.
Mientras tanto, la escalada en Oriente Medio ha tenido un efecto inmediato y bastante menos retórico: el precio del gas en España ha subido un 86 % en apenas una semana. Si el conflicto bélico se prolonga el precio del gas puede superar la barrera de los 90 euros, el triple que hace diez días.
La sostenibilidad ambiental se ha convertido en una bandera política muy útil. Sirve para defender renovables, para cuestionar determinados proyectos energéticos y, llegado el caso, también para adornar discursos geopolíticos de supuesta superioridad moral. En fin, que la sostenibilidad vale para un roto, o para un descosido. Para oponerse a la guerra y para alimentarla…sosteniendo que se hace lo contrario.
Pero el sistema energético es bastante menos poético y enrevesado que la política. Funciona con moléculas, infraestructuras y contratos a largo plazo. Por eso conviene recordar una pequeña verdad incómoda: mientras la transición energética avanza —y debe hacerlo—, nuestra economía sigue dependiendo de los barriles y del gas que circulan por el mundo. Y los del gas que necesitamos vienen, sobre todo, de EEUU.
¿Y la superioridad moral de defender el derecho internacional y los derechos fundamentales que dice abanderar Sánchez? Que se lo pregunten a las decenas de miles de iraníes masacrados en las calles por el régimen totalitario…mientras Sánchez guardaba silencio.