ESdiario

El coste de la desconexión natural

Si perdemos el vínculo emocional con el entorno, también olvidaremos el deber de protegerlo.

Dos personas caminan por un parque en Lugo, Galicia.

Dos personas caminan por un parque en Lugo, Galicia.Carlos Castro/Europa Press

Javier Dorado

Creado:

Actualizado:

Un vecino me contó, con tristeza e impotencia, lo que le ocurre con sus hijas adolescentes, deportistas y activas, cuando las invita a pasar unos días en una preciosa aldea del interior de Galicia, donde está restaurando una casa.

“¿Qué pinto yo aquí?”, le preguntan a su padre. Como si el silencio fuese un error del sistema. Como si el aburrimiento fuera un lugar del que escapar. Y eso a pesar de que, según me contaba, están a pie de varias canchas deportivas. Aquí radica uno de los grandes problemas culturales de nuestro tiempo.

Nos creemos hiperconectados. Podemos ver un directo desde Corea, escuchar música de Puerto Rico y pasarnos horas pasando de pantalla en pantalla creyendo participar de la vida de los demás. Todo a la vez.

Pero en realidad vivimos desconectados de la naturaleza, de la vida. Sí, yo también. No lo digo como nostalgia bucólica, sino como diagnóstico cultural de toda una generación. Mal que nos pese, esa hiperconectividad es una ilusión, ya que lo que hace realmente es absorbernos mientras la atención se va por el sumidero de las notificaciones del momento y algo muy importante se apaga silenciosamente: la relación con lo real, con nuestro entorno, con el ritmo natural de las cosas.

Más allá de las percepciones, son muchos los síntomas, los estudios científicos y los datos estadísticos que nos hacen pensar que nuestra desconexión ha llegado demasiado lejos.

La conjunción de los factores genera un producto desalentador, ya que si sumamos las pantallas a los algoritmos, a la polarización y al exceso de estímulo, el resultado es el desinterés por lo real. La dieta de la dopamina barata y su atractivo se imponen frente a un simple paseo, una observación curiosa al horizonte o una conversación improvisada.

Transitamos una supuesta modernidad que consiste en vivir pegados al gadget de moda que nos extirpa otro cachito de nosotros para usarlo en favor de sabe Dios qué interés; pero que en realidad busca desconectarnos, todavía más si cabe, de lo importante. De lo que no se puede acelerar. De lo que no se puede scrollear. De lo que obliga a estar presente.

Nos alejamos, por miedo a lo desconocido, del umbral de la curiosidad, de la conversación, de la observación, del pensamiento propio. Ese lugar donde vuelven las preguntas que ningún algoritmo quiere que te hagas: ¿qué me gusta?, ¿qué me importa?, ¿de qué me siento parte?, ¿qué quiero cuidar?

No se trata de una oda al vacío, ni una fumada. La evidencia científica lleva tiempo señalando los beneficios de pasar más tiempo en la naturaleza para la salud mental. La preservación y el cuidado de nuestras esencia, de lo nuestro, como intervención de salud pública.

Un ejemplo sencillo: dosis de naturaleza de 20 a 30 minutos se asocian con reducciones relevantes del cortisol, la hormona del estrés; una caída por encima del 20 % según revela un estudio reciente de Nature.

Si perdemos el vínculo emocional con el entorno, también olvidaremos el deber de protegerlo. Nadie cuida lo que no siente como propio ni importante. Nadie defiende lo que no conoce. Si el territorio se convierte en un fondo de pantalla ajeno e idealizado, entonces el cuidado ya no es que no lo prioricemos, sino que ni siquiera se nos pasa por la cabeza; no sentimos esa llamada.

No me gusta el catastrofismo y cuestiono permanentemente las narrativas alarmistas, pero aquí necesito hacer una excepción: recuperar la conexión natural es urgente. Volver a mirar lo cercano con orgullo, gratitud y responsabilidad. Es lo que nos sostiene, es lo que heredamos y es el legado que dejaremos.

El coste de esta desconexión es muy alto y, aunque también, no se paga solo en ansiedad o dispersión. Se manifiesta en una sociedad con una identidad más frágil y sin sentimiento de pertenencia, más manipulable y menos dispuesta a contribuir a un bien común, a una casa común.

Tengo mucha curiosidad por saber qué preguntas y qué conclusiones sacaría un español de mediados del siglo pasado al leer esta pieza, pero seguro que le parecería ciencia ficción. Como cuando hace unos años veíamos la primera temporada de Black Mirror y nos parecía un horror imposible de hacerse realidad y ahora ya nos lo parece un poco menos.

Para aquellos que protagonizaron el éxodo rural entonces, la victoria, el éxito, era emigrar a una ciudad y ser parte de una dinámica en la que florecían oportunidades a cada esquina, incluso en los suburbios de las periferias.

Ahora, con una sociedad cada vez más aislada geográfica y territorialmente, muchos anhelamos una solución distinta que nos permita recuperar la conexión con lo nuestro y con los nuestros, porque sabemos que en buena parte es ahí donde reside nuestra razón de ser.

tracking