Defensores renovables de boquilla
El sistema eléctrico deja al descubierto las crecientes grietas del relato oficial del Gobierno

Imagen aérea de la planta de Sant Adrià de Besós (Barcelona)
En política energética, como en la vida, no basta con declararse virtuoso: los hechos hablan por sí mismos. Y aquí es donde el Gobierno empieza a hacer aguas. Desde el apagón, el discurso gubernamental sigue abrazando su apuesta por las renovables como un caso de éxito. Pero la práctica diaria del sistema eléctrico cuenta otra historia, menos épica y más térmica.
Los datos —siempre incómodos para quien su fuerte es el relato— apuntan a un incremento muy significativo del uso de los ciclos combinados de gas. Ya sucedió con la llamada “excepción ibérica”, en la anterior crisis energética. Y ahora, con la nueva crisis y desde el gran apagón, vuelve a suceder. La llamada “operación reforzada” del sistema, justificada tras el gran apagón para garantizar la seguridad, ha traído consigo más generación con ciclos. Más respaldo, sí; pero también más emisiones. Según series recientes de Red Eléctrica de España y datos agregados de Eurostat, la intensidad de carbono del sistema ha repuntado en momentos donde, paradójicamente, la potencia renovable instalada es mayor que nunca.
Esta misma semana, el Observatorio de la Sostenibilidad, señalaba que las emisiones de las principales empresas españolas aumentaron un 2,1 % en 2025 con respecto al año anterior debido al empuje de las políticas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el mecanismo reforzado de respaldo que Red Eléctrica puso en marcha tras el apagón del 28 de abril. Reparto de culpas entre la guerra y la paz.
El segundo efecto, -del que no hay forma de echar la culpa a Trump-, es el aumento de vertidos y restricciones técnicas a las renovables. Energía limpia que no entra en el sistema porque no cabe, o porque el sistema —o quien lo gestiona— decide que no cabe. Falta transparencia. El resultado es una erosión silenciosa de la rentabilidad de proyectos que se financiaron bajo la promesa de prioridad y estabilidad. La sostenibilidad, también la económica, empieza a tambalearse.
Y aquí aparece el tercer acto de esta obra con tintes de farsa: los incentivos perversos que destruyen la competencia. La operación reforzada no es neutra. Genera mayores ingresos para las grandes eléctricas —más horas de funcionamiento de ciclos, más servicios de ajuste— y, al mismo tiempo, aprieta a los comercializadores independientes. Estos últimos, sin capacidad de trasladar estos costes a sus clientes en un mercado competitivo, ven cómo se estrecha su margen hasta la asfixia. Los costes de los servicios de ajuste en 2019 eran de apenas 2 €/MWh, lo que suponía apenas un 4% del coste de la energía. Hoy superan los 30€/MWh y pueden llegar a suponer el triple del coste de la energía, en su mayoría renovable, que sufre unos bajos precios que la pone en riesgo de cierre.
Menos competencia, más concentración. No parece un efecto colateral; empieza a parecer un resultado. El Gobierno dirá que todo responde a la prudencia del operador tras un evento excepcional. Pero lo excepcional no fue el evento, sino que no se adaptara el marco regulatorio a tiempo de evitarlo. Como se está haciendo a toda prisa ahora…pero de manera que prima la intervención en contra de la competencia. La prudencia no debería convertirse en coartada para desandar la liberalización, la transición ni para distorsionar el mercado, cuando existen otras medidas posibles para preservar la seguridad del sistema sin incurrir en mayores costes y menor competencia.
Defender las renovables exige algo más que subvenciones y titulares: exige reglas estables, tecnología digitalizada y automatizada para operar redes bien dimensionadas y una operación del sistema que no penalice precisamente a aquello que dice proteger. Más trasparencia, más luz y menos planes oscuros.
Porque, al final, la pregunta al Gobierno no es si cree en las renovables. Sino si su política es la más eficiente para permitirles desarrollar todo su potencial, también para la seguridad del suministro, o en realidad está echando el freno de manera opaca. Los que creemos en la sostenibilidad debemos exigirle coherencia: para seguir encendiendo el gas debería apagar su discurso.