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Miguel Delibes, influencer del año 2026

El escritor que entendió el territorio antes de que existiera el relato verde.

Miguel Delibes.

Miguel Delibes.UIMP

Javier Dorado

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Miguel Delibes vivió en el siglo XXI pero no hay registros de que haya pronunciado, al menos yo no lo he encontrado, la palabra sostenibilidad. Tenía el poder de desarrollar una mirada y una visión sin etiquetas. Eso en 2026, con un debate ambiental lleno de consignas, es oro. En un contexto tan volátil, Delibes funciona como brújula (como influencer si lo prefieren, aunque a él no creo que le gustase) porque habla de lo que no pasa de moda. Naturaleza, cuidado, territorio.

En su discurso de ingreso en la Real Academia, en 1975, el pucelano pronunció una frase que hoy suena algo incómoda: "En la Naturaleza, apenas cabe el progreso. Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente, es retroceder." Conservacionista en el sentido profundo y moderno en el más útil.

En el mismo discurso añadía que "toda pretensión de mudar la Naturaleza es asentar en ella el artificio, y por tanto desnaturalizarla, hacerla regresar." En un momento de obsesión con intervenirlo todo, sigue siendo una aclaración necesaria: hay cambios que no suman, restan. Hay modernizaciones que, si no respetan el equilibrio, empobrecen el lugar que dicen mejorar. Esto no invita al inmovilismo ni al preservacionismo, invita a la reflexión y al respeto para que, cuando haya que actuar, lo hagamos con humildad y conocimiento.

En Legados llevamos años atestiguando que, por suerte, el territorio no es un soporte vacío: es un sistema vivo desde todas las ópticas que necesita custodia, no solo explotación. La sostenibilidad real no se mide por lo que proclamamos, sino por lo que mantenemos: suelos, agua, paisaje, comunidades deseosas y capaces de seguir viviendo de ello.

Delibes también fue valiente en algo que hoy contrasta con cierto bambinismo: decir que la relación del hombre con la naturaleza no es idílica por defecto. Se vuelve sana cuando hay límites y responsabilidad. Enumeraba actos concretos -desecar lagunas, talar el revestimiento vegetal- que no suenan a literatura, sino a inventario de errores repetidos. Esa manera de aterrizar, sin neblina moral, sigue siendo una lección política. Si queremos conservar, hay que gobernar. Si queremos prosperar, hay que cuidar el capital natural como quien cuida su casa.

Hay otro Delibes que me interesa. En su discurso del Cervantes de 1993 escribió que el narrador "está abstraído, desconectado de la realidad". Hablaba del oficio de escribir, pero yo prefiero aplicarlo al vivir de ahora. Describía con acierto la facilidad con la que se nos escamotea la vida cuando dejamos de pisar suelo. Levitamos por inercia, pisamos las nubes, no las oteamos desde el terreno. Delibes se fue sin saber que unos pocos años más tarde de su partida hablaríamos del trastorno por déficit de naturaleza para referirnos a los niños urbanos, digitales y sedentarios que nunca podrán soñar con medir la sombra de un ciprés.

Discutimos la sostenibilidad demasiado como identidad (quién está a favor, quién usa las palabras correctas, quién tiene los hábitos de ‘buen’ ciudadano…) y demasiado poco como compromiso con lo real. Delibes preguntaba sin aspavientos: ¿Qué pasa con el monte?, ¿Qué pasa con el agua?, ¿Qué pasa con el pueblo? Esa sigue siendo la pregunta correcta.

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