Políticas ecológicas para el ciudadano. Barra libre de queroseno para el Gobierno
La transición ecológica exige coherencia: la ejemplaridad de quienes gobiernan es la condición imprescindible para pedir sacrificios a los ciudadanos.

Avión Falcon español.
Nos piden cambiar el vehículo, reciclar más, reducir nuestra huella de carbono y asumir nuevos hábitos en nombre de la transición ecológica. Y, en realidad, muchos ciudadanos están concienciados con avanzar hacia un modelo más sostenible.
Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que quienes exigen esos sacrificios no parezcan dispuestos a aplicarse el mismo estándar.
España acaba de aprobar una Ley de Movilidad Sostenible con el objetivo de avanzar hacia un transporte más limpio, reducir emisiones y acelerar la descarbonización. Precisamente por eso, la ejemplaridad de los poderes públicos no debería ser un elemento accesorio, sino la condición indispensable para pedir esfuerzos a los ciudadanos.
Estos días, un análisis de la plataforma Falcon Despega, difundido por distintos medios, señala que el presidente del Gobierno habría incrementado un 718 % el uso de las aeronaves oficiales respecto al mismo periodo de la legislatura anterior, hasta alcanzar 311 vuelos y unas emisiones estimadas de más de 7.700 toneladas de CO₂. A ello se suma la imagen de la última cumbre de la OTAN, a la que el Ejecutivo desplazó tres aeronaves oficiales distintas -un Airbus y dos Falcon- para que varios miembros del Gobierno asistieran a una misma reunión. Más allá del debate sobre la necesidad de cada desplazamiento, el Falcon se ha convertido en un símbolo de algo mucho más profundo: la falta de ejemplaridad.
Porque ninguna política pública, por acertada que sea, puede sostenerse únicamente sobre leyes, prohibiciones o campañas institucionales. Necesita credibilidad. Y la credibilidad nace cuando los ciudadanos perciben que quienes gobiernan son los primeros en cumplir aquello que exigen a los demás.
Ese principio sirve para la sostenibilidad, pero también para la regeneración democrática, la transparencia o la lucha contra la corrupción.
Resulta difícil pedir esfuerzos económicos mientras aumenta el gasto superfluo. Resulta complicado exigir confianza en las instituciones cuando las investigaciones judiciales, las imputaciones y las condenas se suceden mientras las responsabilidades políticas brillan por su ausencia. Y es imposible reclamar sacrificios en nombre del interés general si quienes los reclaman transmiten la sensación de vivir bajo reglas diferentes.
El Falcon es sólo el último ejemplo de una desconexión cada vez más evidente entre el discurso y los hechos.
Porque cuando un ciudadano percibe que quien le exige cambiar sus hábitos no está dispuesto a revisar los propios, deja de discutir una medida concreta y empieza a cuestionar la legitimidad de quien la promueve. Y esa desconfianza es el mayor enemigo de cualquier política pública.
No porque se discuta la necesidad de proteger el medio ambiente, combatir la corrupción o fortalecer nuestras instituciones. Todo lo contrario. Es precisamente porque esos objetivos son demasiado importantes como para permitir que queden desacreditados por la falta de coherencia de quienes los defienden.
Las sociedades siguen mucho mejor el ejemplo que las imposiciones. Porque la sostenibilidad, igual que la honestidad o la democracia, no se impone por decreto. Se lidera.
La confianza no se construye con campañas de comunicación ni con eslóganes. Se construye con el ejemplo.
Y cuando un Gobierno deja de predicar con él, ninguna ley, ninguna campaña y ningún discurso consigue sustituir aquello que ha perdido: la autoridad moral para pedir a los ciudadanos lo que no está dispuesto a exigirse a sí mismo.
Está claro que el problema real nunca fue el uso del Falcon, sino el abuso constante y la falta de ejemplaridad que acaba extendiéndose a prácticamente todos los ámbitos de la acción política actual.