Padeciendo a Mohamed Sánchez

Ell presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas.
Las tragedias en España empiezan a tener protocolo y su propia Hoja de Ruta. Primero, se ignora el riesgo; después, se niega que hubo avisos; más tarde, se reniega de las responsabilidades y se improvisa la respuesta; y, cuando ya hay cadáveres, aparece Pedro Sánchez para hacerse fotografiar en la zona del desastre.
Ceuta ha sido la última estación de esta política de la catástrofe. Y el Presidente de la Ciudad Autónoma al que le ha tocado padecerla: miles de personas cruzaron desde Marruecos en apenas unos días; Vivas pidió auxilio y declaración de emergencia nacional; ya el Viernes, la ciudad quedó desbordada he invadida por 70.000 marroquíes y el Presidente Sánchez pudo formalizar su visita de rigor, tarde y poco, cuando el daño ya estaba hecho.
El conocido “equipo de opinión sincronizada”, -moderna versión de la censura franquista que establecía y velaba por la corrección del lenguaje comunicativo para alinearlo con las necesidades del poder-, rápidamente adjetivó lo sucedido como «crisis migratoria», acusando de propagadores ultraderechistas del odio a quien osara utilizar el término “invasión” o equivalente.
Pero hete aquí que llegó Sánchez y lo calificó de «violación» y «ataque a la integridad territorial» de España. Acertó, quizá por descuido. Porque no estamos ante una patera aislada que huye del hambre, sino ante una oleada humana que Marruecos, según fuentes bien informadas, quizás no habría planificado, pero sí al menos permitido y aprovechado políticamente.
La manera en que regresaron dócilmente la mayoría de las decenas de miles que nos invadieron, hace pensar que quizás son demasiado benevolentes con Marruecos quienes niegan su participación en la organización de esta nueva marcha relámpago de ida y vuelta. Ante las dudas, Sánchez se apresuró a felicitar a Marruecos por su colaboración, mientras 70.000 jóvenes marroquíes saltaban y celebraban alborozados su gesta por las calles de la ciudad española, gritando Viva España y Viva Pedro Sánchez. Considerando los gritos que escucha nuestro presidente cuando sale a la calle en otros lugares españoles no es de extrañar que quiera que vengan más, muchos más, como los que han venido a Ceuta.
Y es que frente a esa presión de nuestro vecino del sur, el Gobierno volvió a llegar después. Interior admite que venía detectando un aumento de las entradas desde mediados de julio. La prensa publicó que el CNI avisó a quien debía hacerlo. El Ministerio de Interior lo niega. El de Defensa afirma que el CNI cumplió con sus obligaciones, en un sutil pero contundente desmentido al desmentido de Marlaska. Sánchez calla. El Presidente de Ceuta también advirtió, pero Sánchez no tuvo tiempo para atenderle al teléfono. Ceuta, además, soportaba desde hace tiempo un sistema de acogida muy por encima de su capacidad ordinaria.
Todo el aparato del Estado para la protección nuestro territorio, el Ejército, los refuerzos y la barrera marítima de boyas aparecieron cuando la frontera ya había saltado por los aires y la invasión se había consumado. Quizás algún experto abogado encuentre caso para acusar de un delito de dejación de funciones a los Ministros que tenían la obligación de actuar y no lo hicieron. La gran pregunta es; ¿por qué?
Es inevitable la sospecha. Todos recordamos el espionaje marroquí a los teléfonos de Sánchez y al de los Ministros inactivos en Ceuta ante esta invasión y el giro inexplicado e inexplicable de Sánchez, entregando la soberanía del Sahara a Marruecos, sin aprobación del Congreso ni de siquiera su Consejo de Ministros. La Audiencia Nacional ya investiga las posibles responsabilidades penales por lo sucedido en Ceuta. No todo va a ser corrupción.
Mientras, las responsabilidades políticas ni se asumen ni se les espera. Sánchez prometió «todos los recursos del Estado» y regresó a darse un chapuzón en la Mareta. Y a publicar su playlist del verano. No creo que le sirva como cortina de humo de esta nueva crisis.
El drama es que los ya más de 150 muertos que dejan, son víctimas irrecuperables; y los que han quedado sobreviviendo en territorio español, tampoco dejan de serlo. Convertirlos a unos y a otros en munición política o diplomática es la infamia. Y en fuerza de invasión, un crimen.
Pero para nuestro Presidente nada de eso importa y ahora ve su oportunidad política para aprovechar los restos del naufragio que él ha permitido. “Mohamed Sánchez” se apresta a utilizar como arma arrojadiza contra los presidentes autonómicos lo que le ha endosado a él el Mohamed que reina en el sur; unos cuantos miles que siguen deambulando por las calles de Ceuta.
Ahora le toca el turno a “Mohamed Sánchez” para utilizar las víctimas, en nuestro propio territorio nacional, como herramienta de desgaste político del adversario; ya prepara el envío a la Península de los menores abandonados en Ceuta. Un envío selectivo e impuesto, para que la trifulca política del agravio puede envolverse en el relato político que le interesa para confrontar con sus oponentes, -gobernantes en las regiones de destino-, con las que debería colaborar y no enfrentar.
Esto debe ser denunciado. También esta denuncia ayuda a la sostenibilidad. No sólo reciclar envases, instalar placas solares o contar árboles desde un despacho climatizado. Una sociedad sostenible necesita fronteras seguras, instituciones previsibles, convivencia civilizada y confianza en que el Estado protegerá a sus ciudadanos sin dejar de respetar la dignidad de quien llama a su puerta. Y cooperar entre las Administraciones, comenzando por cumplir las obligaciones que competen al gobierno de la Nación, en lugar de endosar al resto las consecuencias de su incumplimiento. De nada sirve conservar el paisaje si permitimos que arda la comunidad política que debe legarlo.
Porque una nación también puede desertificarse socialmente: primero pierde autoridad, después fronteras y finalmente memoria y convivencia. Y cuando sólo queda destrozo, ningún presidente debería poder llegar tarde para hacerse esa foto. Debería dimitir e irse a su casa.