Del Día de Todos los Santos, hecho para recordar la pérdida, al luto anticipado express

En el intento de protegernos de lo que podrá doler, estamos renunciando a lo que podría cambiarnos la vida

Europa Press

El Día de Todos los Santos nos devuelve cada año a una realidad de la que, paradójicamente, intentamos mantenernos alejados durante buena parte del tiempo. La pérdida forma parte de la vida, aunque rara vez sepamos cómo convivir con ella. Recordamos a quienes ya no están, visitamos los cementerios y recuperamos historias que siguen teniendo un lugar en nuestra memoria. Sin embargo, hay otra forma de duelo que apenas encuentra espacio en estas conversaciones: el de quienes todavía no han sufrido una pérdida definitiva, pero viven condicionados por la posibilidad de que ocurra.

El duelo anticipado es una experiencia conocida, especialmente ante enfermedades graves o situaciones en las que la pérdida se percibe como una posibilidad real. Pero cabe preguntarse si, más allá de esa experiencia, estamos desarrollando una relación cada vez más exigente con el sufrimiento. No parece suficiente con afrontar lo que sucede, también sentimos la necesidad de prepararnos para lo que podría suceder, de anticipar nuestras reacciones y de encontrar una manera de seguir funcionando cuando llegue el momento. A esa presión por adelantarnos emocionalmente al dolor podríamos llamarla luto anticipado express: la expectativa de estar preparados incluso para aquello que todavía no podemos comprender.

¿Estamos intentando prepararnos emocionalmente para todo, anticipar el dolor y mantener el control sobre aquello que, por su propia naturaleza, no deberíamos controlar?

Esta necesidad de anticipación convive con otra exigencia, quizá más cotidiana y menos visible: la de ser fuertes para los demás. En muchas familias, cuando aparece una enfermedad, una pérdida o una situación prolongada de incertidumbre, alguien acaba asumiendo el papel de sostener al resto. Escucha, acompaña, resuelve y procura mantener cierta normalidad. No siempre se le pide expresamente que lo haga, a veces, es la propia dinámica familiar la que la sitúa en ese lugar. Y, una vez allí, resulta difícil reconocer que también necesita apoyo.

Es entonces cuando el sufrimiento propio empieza a ocupar un segundo plano. Hay que atender otras necesidades, resolver cuestiones urgentes y evitar que la preocupación se extienda. Uno aprende a posponer el llanto, a restar importancia a lo que siente y a convencerse de que ya habrá un momento más adecuado para ocuparse de sí mismo. Las emociones dejan de ser algo que sentir y se convierten en responsabilidades que gestionar.

El problema no reside en que, durante determinadas circunstancias, tengamos que priorizar a otras personas. El cuidado implica, necesariamente, atender necesidades ajenas y adaptarse a situaciones que no hemos elegido. La dificultad aparece cuando esa adaptación deja de ser temporal y se convierte en una forma de vivir, hasta el punto de que las propias necesidades parecen siempre menos urgentes que las de los demás. Si el momento de descansar, pedir ayuda o reconocer el propio agotamiento se aplaza sistemáticamente, ¿cuándo deja de ser una circunstancia excepcional y empieza a convertirse en una renuncia?

Además, no siempre posponemos únicamente aquello que nos hace sufrir. También podemos aplazar lo que nos hace bien. Hay personas que dejan sus proyectos para cuando la situación familiar mejore, que evitan iniciar una relación porque sienten que no tienen espacio emocional para ella o que renuncian a determinadas experiencias convencidas de que ahora no es el momento. En ocasiones, estas decisiones son necesarias. Pero también existe el riesgo de condicionar la vida entera a la llegada de una tranquilidad o felicidad que nunca termina de instalarse.

Esta tendencia a protegernos de la incertidumbre también merece una reflexión cuando hablamos de nuestras relaciones. Escuchamos a nuestros mayores contar historias de amores que duraron toda una vida, de pérdidas que los cambiaron para siempre y de obstáculos que jamás imaginaron superar. En sus relatos hay incertidumbre, dolor, compromiso y transformación. Sin embargo, parece que nosotros hemos aprendido a buscar una versión más controlada de la existencia: vínculos que no nos expongan demasiado, emociones que podamos gestionar y experiencias de las que podamos salir sin demasiadas heridas. Como si, en el intento de protegernos de lo que puede doler, también estuviéramos renunciando a lo que podría cambiarnos la vida.

No se trata de idealizar otras generaciones ni de ignorar que muchas relaciones del pasado estuvieron marcadas por la dependencia, la falta de libertad o la obligación de permanecer juntos. Se trata, más bien, de preguntarnos si el deseo legítimo de proteger nuestro bienestar puede acabar convirtiéndose en una forma de evitar cualquier experiencia que implique vulnerabilidad. Evadir las relaciones significativas no garantiza que no vayamos a sufrir, del mismo modo que anticipar una pérdida no garantiza que estemos preparados para afrontarla. Hay una gran parte de la experiencia humana que no puede resolverse mediante la previsión ni someterse por completo a nuestro control.

Quizá el Día de Todos los Santos sea una ocasión para ampliar nuestra mirada sobre la pérdida. Recordar a quienes han fallecido también puede llevarnos a pensar en quienes viven anticipando una despedida, en quienes acompañan a un ser querido y en quienes han asumido durante tanto tiempo el papel de persona fuerte que apenas encuentran espacio para sus propias emociones.

No podemos evitar todas las pérdidas ni saber de antemano cómo nos afectarán. Tampoco deberíamos convertir la preparación emocional en una obligación permanente. A veces será necesario detenerse; otras, continuar. Habrá momentos en los que cuidar a los demás ocupará buena parte de nuestra energía y otros en los que necesitaremos que alguien se ocupe de nosotros. Reconocer esa alternancia no es una muestra de debilidad, sino una condición para que el cuidado no se convierta en una carga sostenida en solitario.

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Tal vez el verdadero desafío no sea aprender a anticipar mejor, sino construir una manera de vivir en la que no tengamos que posponerlo todo, incluidos el descanso, los vínculos y la posibilidad de ser felices, hasta que desaparezca cualquier motivo de preocupación. Porque la incertidumbre no es una etapa que siempre debamos dejar atrás. Es, también, una parte de la vida que necesitamos aprender a compartir.