El fin del mercado cautivo: Venezuela ante la competencia que olvidó
El regreso de María Corina Machado a Venezuela ha alterado el ritmo de una transición que está siendo administrada desde arriba, muy arriba, bajo acuerdos opacos y con escasa participación de la sociedad
La llegada de Machado a Venezuela entrando por el sur del país y deteniéndose en ciudades del centro occidente del país, como Barquisimeto, marca una nueva dinámica en los ritmos circadianos del proceso político venezolano.
Claro, su presencia dentro del país no garantiza el desenlace político que todos deseamos, pero modifica las expectativas, aumenta la presión por una legitimación electoral y obliga a los distintos actores a prepararse para escenarios que hasta hace pocos días parecían lejanos. Esto, por supuesto, invita a todos a prepararse; lo que en jerga venezolano se expresa en un “ponte los patines”, en clara alusión a la necesidad de moverse más rápido para llegar a donde se requiere.
Esta dinámica de cambio nos deja una conclusión rápida: Venezuela ha dejado atrás la caída libre, pero todavía no ha alcanzado la normalidad.
La distinción es importante. El país no se recupera de una recesión convencional, sino de la destrucción simultánea de su aparato productivo, su moneda, su sistema crediticio, sus servicios públicos y buena parte de su capital humano. A ello se suman la emigración de millones de personas, las sanciones internacionales y el impago de la deuda externa. Ningún cambio político puede borrar semejante devastación en unos meses. Lo cual uninanimente entendemos como la gran obra de Hugo Chávez y todos los que le acompañaron e impulsaron, directa e indirectamente.
Pero el problema que se avecina no será únicamente reconstruir lo perdido. La apertura obligará a las empresas venezolanas a competir con un mundo que continuó transformándose mientras el país permanecía aislado.
Durante dos décadas, el empresario venezolano creyó competir cuando, en realidad, sobrevivía. Operaba dentro de un mercado cautivo, sin crédito suficiente, con importaciones restringidas, servicios públicos deficientes, reglas absurdas y pocos competidores internacionales dispuestos a asumir el riesgo. Muchas empresas no conservaron su posición porque fueran particularmente productivas, innovadoras o eficientes. La conservaron porque sus competidores desaparecieron, abandonaron el país o nunca pudieron entrar.
Ese equilibrio está llegando a su fin. Por fin. No hay mal que dure cien años.
La recuperación del ingreso petrolero, el acercamiento a los organismos multilaterales, la posible normalización financiera y la expectativa de una nueva legitimidad política están colocando nuevamente a Venezuela en el radar de compañías extranjeras. No todas desembarcarán inmediatamente, pero ya están observando sectores, buscando socios, calculando valoraciones y estudiando activos. Venezuela como mercado se proyecta a recuperar su sitial a una velocidad que nos dejará asombrados.
Las empresas llegarán con cuatro ventajas que buena parte del empresariado venezolano no posee: dinero, marcas consolidadas, capital gerencial actualizado y ausencia de trauma.
Una empresa extranjera puede considerar modesta una inversión de cincuenta o sesenta millones de dólares. Para la mayoría de los grupos venezolanos, levantar esa cantidad de capital después de años de contracción, hiperinflación y falta de crédito resulta extraordinariamente difícil. El competidor internacional también cuenta con proveedores, tecnología, sistemas de gestión y acceso a financiación exterior.
A ello se añade una asimetría psicológica. El empresario venezolano evalúa cada inversión recordando expropiaciones, controles de precios, confiscaciones, cierres arbitrarios, devaluaciones y cambios regulatorios. El extranjero observa activos depreciados, poca competencia y un mercado de millones de consumidores con enormes necesidades insatisfechas. Donde uno ve la posibilidad de que la tragedia se repita, el otro identifica una oportunidad excepcional.
Por eso la apertura no salvará automáticamente a las compañías que sobrevivieron al chavismo. Algunas sobrevivieron precisamente porque aprendieron a operar dentro de sus distorsiones. Cuando esas distorsiones desaparezcan, también desaparecerá su ventaja.
Hay algo muy crítico que ya hoy en 2026 vemos que va a generar choques: las empresas venezolanas, las locales, tienen una tasa muy baja de gerentes en puestos claves con MBAs. No es algo banal, un MBA permite a un gerente tener la habilidad de operar su área de trabajo considerando todas las aristas del negocio. Los MBAs son menospreciados por todos aquellos que no han podido acceder a una escuela de negocio, pero es menester decir que las mejores empresas, las competitivas y con consejos de dirección ambiciosos, buscan talento que ya posea el grado MBA. La razón es simple, permite competir mejor.
Recientemente un consultor económico venezolano llamado Asdrúbal Oliveros planteó tres destinos posibles para las empresas locales. Dijo que éstas podrán ser adquiridas, podrán capitalizarse y competir o terminarán desapareciendo. No hay una cuarta alternativa basada en continuar haciendo lo mismo. Suscribimos todo lo dicho por él.
Respecto del petróleo, será el primer motor de este proceso, obvio.
La producción se ha recuperado desde los mínimos de 2021 y se aproxima nuevamente a 1,2 millones de barriles diarios. La expansión petrolera necesitará transporte, alimentación, telecomunicaciones, ingeniería, mantenimiento, metalmecánica, seguridad, equipos y servicios profesionales. Allí se encuentra la oportunidad para las empresas venezolanas.
Pero esa oportunidad no les pertenece por derecho adquirido. Si las operadoras no encuentran proveedores nacionales capaces de cumplir plazos, financiar operaciones y trabajar bajo estándares internacionales, traerán las capacidades desde el exterior. Venezuela podría recuperar su producción petrolera sin reconstruir una economía nacional alrededor del petróleo. El talento es clave para lograr todo esto bajo el nuevo ecosistema competitivo.
Hay un punto que le escuchamos a Oliveros en relación a la recuperación y la derrama de beneficios por sectores. Él comenta que tampoco llegará simultáneamente a todos lados. Primero reaccionarán el petróleo, la energía, la construcción, la infraestructura y los servicios empresariales. Después comenzarán a moverse el empleo formal, la alimentación y el consumo masivo. Los salarios y la vida cotidiana del ciudadano serán los últimos en percibir la mejora. Claro, habla de 2027. Es que el brinco será notable porque se viene de muy abajo.
Oliveros calcula que unos dos millones de personas podrían incorporarse o reincorporarse al mercado de consumo durante los próximos dos años. También proyecta un crecimiento del 6,8% en 2026 y del 13,8% en 2027. Son previsiones considerablemente más optimistas que las del Fondo Monetario Internacional, que estima un crecimiento del 4% en 2026 y del 6% en 2027. El FMI proyecta, además, una inflación media del 387,4% este año antes de descender hacia el 94,4% en 2027. Ahora bien, que en 2027 se proyecte en menos de 100% cambia una dinámica perversa que asoló a Venezuela desde que Maduro llega al poder en 2013 y destruye la moneda.
Claro, si Venezuela instituye el bimonetarismo oficialmente en 2027, pudiendo usar el dólar y el bolívar como en Perú, la inflación será mucho menor.
Es necesario decir que, si bien la divergencia entre ambos escenarios no invalida la recuperación, advierte contra la euforia. Venezuela puede crecer a tasas elevadas simplemente porque parte de una base extraordinariamente deprimida. Producir mucho más que durante los peores años de la crisis no significa haber reconstruido el país.
El crédito será otro factor decisivo. Oliveros estima que la cartera bancaria podría pasar de unos 3.000 millones de dólares en 2025 a 6.000 millones en 2026 y superar los 10.000 millones en 2027. Incluso si se cumpliese esa previsión, el sistema financiero seguiría siendo demasiado pequeño para financiar simultáneamente la expansión petrolera, la infraestructura, la electricidad y el capital de trabajo que necesitarán las empresas.
Por ello, el capital extranjero llegará antes que el crédito venezolano.
Esa diferencia de velocidad provocará adquisiciones, fusiones y cambios de control.
Los activos nacionales todavía se encuentran depreciados y sus propietarios permanecen descapitalizados. Muchas empresas poseen marcas, instalaciones, permisos, conocimiento del mercado y redes de distribución, pero carecen del dinero necesario para crecer. Se convertirán en objetivos naturales para fondos y grupos internacionales. Y hay un factor idiosincrático de mucho peso: al empresario venezolano le cuesta manejar sin conflictos la incorporación de accionistas externos a sus consejos de administración. El empresario venezolano no se vuelca sobre la construcción de valor de la acción, sino se enfoca mucho en sentir que controla las decisiones. El poder es un elemento muy presente en la dinámica empresarial local y eso ha llevado en muchos casos a no internacionalizarse.
Veamos otros casos de aperturas
La apertura puede terminar produciendo una transferencia masiva de propiedad desde empresarios venezolanos agotados hacia capitales extranjeros o grupos cercanos a quienes administran la transición.
No sería un fenómeno inédito. Vietnam demostró que una economía puede atraer inversión y crecer aceleradamente sin haber completado su transformación política. Pero también comprobó que la inversión extranjera no transfiere automáticamente productividad y tecnología a las empresas nacionales. Sin cadenas de proveedores y políticas deliberadas de integración, las multinacionales pueden crear empleo y exportaciones mientras las compañías locales permanecen pequeñas y desconectadas.
Polonia ofrece la otra cara. La inversión internacional contribuyó a su convergencia porque estuvo acompañada por un ancla institucional, acceso al mercado europeo, formación de proveedores y reglas relativamente predecibles. Aun así, las empresas extranjeras instaladas allí son, en promedio, un 43% más productivas que las nacionales. La inversión crea oportunidades, pero sólo las empresas con capacidad para absorber tecnología y conocimiento pueden aprovecharlas. Vuelvo con el tema del talento y los MBAs.
Rusia representa la advertencia. Durante los años noventa, la privatización avanzó antes que la protección de los accionistas, la transparencia y el gobierno corporativo. El resultado fueron ventas de activos a precios deprimidos, abusos generalizados y una concentración empresarial que dio origen a los oligarcas. Venezuela corre un riesgo semejante si el dinero llega antes que las instituciones. De hecho, es el mayor riesgo si se extendiese el proceso de legitimación política que representa María Corina Machado. Es la ruta que quiere asegurar el rodrigato y que equivocadamente Trump al apoyar a NABEP, la empresa petrolera de Alejandro Betancourt, ha facilitado por su ánimo de lucro personal.
Venezuela enfrenta simultáneamente esas posibilidades. Puede aproximarse a Vietnam y crecer dentro de una institucionalidad imperfecta. Puede seguir el camino de Polonia y convertir la inversión en productividad nacional. Puede repetir el error ruso y transferir activos antes de establecer reglas.
La diferencia no la determinará únicamente el volumen de las inversiones. La establecerá la calidad de las instituciones.
El regreso de María Corina Machado adquiere relevancia económica precisamente por eso. Su presencia acelera la discusión sobre legitimidad, elecciones y representación política. El Banco Mundial ya ha reanudado sus relaciones con Venezuela y el FMI mantiene conversaciones sobre estadísticas, operaciones monetarias, régimen cambiario, tesorería y administración tributaria. Pero la reconstrucción de la confianza exige mucho más que contactos técnicos.
Se necesitan tribunales capaces de proteger contratos, un Banco Central con credibilidad, cuentas públicas transparentes, reguladores independientes y autoridades elegidas con legitimidad suficiente para ejecutar reformas difíciles. Sin esas condiciones, el crecimiento seguirá dependiendo de acuerdos personales, licencias excepcionales y garantías externas.
La otra restricción será el talento. Venezuela perdió técnicos, ingenieros, gerentes, profesores y profesionales que ahora forman parte de economías mucho más sofisticadas. El país no solo necesitará recuperar empleos; deberá reconstruir la capacidad para dirigir empresas, ejecutar inversiones y cumplir estándares internacionales.
Durante años se afirmó que Venezuela poseía un empresariado extraordinariamente resiliente. Es verdad. Pero la resiliencia fue una respuesta a la destrucción, no necesariamente una demostración de competitividad. Saber sobrevivir en el caos no equivale a saber competir dentro de una economía abierta.
El cambio que se avecina será más profundo de lo que sugiere la recuperación de algunos indicadores. Venezuela no regresará simplemente al mercado mundial. El mercado mundial entrará en Venezuela y pondrá a prueba a todas las empresas que crecieron o sobrevivieron durante su aislamiento.
La transición no se medirá por el número de multinacionales que desembarquen ni por la cantidad de barriles adicionales que se produzcan. Se medirá por cuántas empresas venezolanas logren integrarse a la nueva economía sin ser barridas y por la capacidad del Estado para arbitrar la competencia sin volver a capturarla.
Si las instituciones avanzan antes que el dinero, la apertura puede convertirse en reconstrucción. Si llegan después, Venezuela habrá sustituido un mercado cautivo por una nueva concentración de poder.