Calatalifa, otro secreto semienterrado de Madrid en Villaviciosa de Odón
Fue una ciudad andalusí. Vigiló caminos. Albergó murallas. Hoy duerme, sin hacer ruido, bajo los cerros de esta localidad madrileña

Entrada a uno de los dos aljibes de Calatalifa
Calatalifa es uno de esos secretos que Madrid nunca se ha molestado en desenterrar del todo.
Hay lugares que, aun sin verse, pesan.
Tienen valor. Inconmensurable.
Porque forman parte de nuestra Historia —con H mayúscula—.
Y nos dicen quiénes fuimos. Y, quizá, también por qué somos como somos.
Recuerdo que alguien me habló de Calatalifa hace años. No sabría decir cuándo.
Fue en una de esas conversaciones que parecen no dejar huella.
—¿Has estado en el cerro del Miradero? Allí abajo hubo una ciudad.
Lo soltó sin darle importancia. Una frase más.
Pero a mí se me quedó dentro. Como una piedrecita en el zapato.
Una ciudad. Enterrada. Aquí. En Villaviciosa de Odón.
Pasaron los meses. Y un día cualquiera —ni siquiera especialmente claro ni simbólico— me dije: voy.
Quiero verla. O al menos… querer verla.
Me calcé las botas. Sin pensar demasiado. Como si fuera Indiana Jones, pero sin látigo ni sombrero.
Solo las ganas de andar. Y de entender.

Los restos de cerámica extraídos del yacimiento se exponen en el Museo Arqueológico Nacional
Era abril. Caminé solo. El aire olía a humedad, a matorral.
El río Guadarrama, a mi derecha, murmuraba cosas que no entendía pero que no quería dejar de oír.
Y al llegar arriba, al alto, lo supe.
Empecé a entender.
El silencio de los siglos
No hay señales. Ni carteles. Solo campo.
Campo y ese algo que uno no sabe explicar.
Puede que sea una tontería, no lo niego. Pero allí, el suelo suena distinto.

Una de las construcciones árabes que se localizaron
Como si estuviera hueco. O lleno de otra cosa.
Se llamaba Calatalifa.
Fue árabe. Muy real.
Dicen que nació en tiempos de Abderramán III, hace más de mil años.
Una fortaleza con casas, murallas, aljibes. Una ciudad viva.
Hoy no queda nada a la vista.
Todo está bajo tierra. Protegido, dicen.
A la espera de que alguien —alguna vez— decida mirar hacia abajo.
Y aun así, si uno se queda quieto, sin decir nada, es como si algo se oyera.

La única parte de la muralla que se conserva en pie
Como si ese suelo hablara.
La tierra no solo cubre piedras. También guarda memorias.
Los que no se rinden
Me contaron que desde hace más de veinte años, cada primavera, un grupo de vecinos de “Villa” sube hasta aquí.
Sin hacer ruido. Sin cámaras.
Algunos traen prismáticos. Otros libretas. Otros solo lo que llevan dentro.
Hacen la marcha. Y al llegar, se sientan.
No hay discursos. Solo silencio.
Hace unas semanas, frente a los escaparates resplandecientes de la joyería de Nines Rodríguez —en la calle Carretas, con ese puma arriba marca familiar que es parte del patrimonio de Villaviciosa— charlé con una de esas caminantes.

Las prospecciones se cerraron tras su estudio para evitar el vandalismo
Me pidió —casi me exigió— que no pusiera su nombre.
—Si lo haces, le digo al párroco don Javier Romera que te excomulgue —dijo, medio en broma, medio no.
—Yo voy allí todos los años —añadió después—.
Calatalifa no es historia. Es lo que fuimos. Lo que hemos dejado olvidado.
Y se quedó tan tranquila.
Lo que duerme
A finales de los ochenta, el arqueólogo Manuel Retuerce —universitario, respetado, cuidadoso del detalle— excavó aquí.
Cuatro campañas. Cuatro veranos.
Casas. Vasijas. Candiles. Herramientas.
Lo documentó todo. Lo hizo bien.
Y luego… tapó.
No por desinterés, sino para proteger.
Lo enterró de nuevo, como se esconden las cosas valiosas cuando no hay manos para cuidarlas.
Hablé hace poco con uno de los propietarios del terreno, Eusebio Martín Revuelta.
Maravillosa persona. De las que da gusto encontrarse.
Se le iluminaban los ojos al hablar de Calatalifa. Lo sabe todo y es quien más documentación tiene. De verdad.
Lo único que quiere es que esto no se pierda por pereza. O por olvido. O por “ya veremos”.
En 2023, la Comunidad de Madrid declaró el yacimiento Bien de Interés Cultural.
El Ayuntamiento, con Juan Pedro Izquierdo al frente, ha iniciado el proceso para comprar el terreno. El alcalde es hombre de palabra y si ha dicho que va a hacerlo, lo hará.
Eusebio asegura que nadie pondrá problemas. Que si hay voluntad, irá adelante.
Se habla de un plan director. De protección. De futuro.
De momento, se habla. No es poca cosa.
Pero mientras tanto, Calatalifa sigue ahí.
Callada. Respirando muy hondo.
Esperando.
La leyenda de la Cueva de la Mora
A un tiro de piedra, en las laderas del Guadarrama, se encuentra la llamada Cueva de la Mora.
Una cavidad real. Hoy tapiada.
Y, como tantas cosas, envuelta en brumas.
Cuentan que un caballero cristiano de la Villa de Odón, Don Alfonso, se enamoró de Zuraida, una muy bella dama mora de Calatalifa.
La fe y la guerra hacían esos amores imposibles. Por eso, se veían en secreto, cada noche, a través de un túnel —dicen que de casi cuatro kilómetros— que unía el pozo del patio del castillo cristiano con una galería junto al río.
Zuraida, una de esas mujeres que salvan a hombres por amor sin que se note, le avisó un día de un ataque inminente.
Gracias a ella, la guarnición cristiana escapó del castillo.
Los berberiscos sellaron el túnel al descubrirlo.
Y desde entonces, algunos dicen haber visto la silueta de Zuraida, en noches de luna nueva, sentada junto al manantial.
Esperando. Como si no hubiera pasado el tiempo.
El alma de lo invisible
Villaviciosa tiene muchos rostros. El castillo. El Forestal. Las fuentes. Los parques. Sus jardines.
Pero también tiene otros. Más íntimos. Más… esquivos.
Calatalifa es uno de ellos.
No se ve. No se toca.
Y sin embargo, está.
Hay lugares que no necesitan ser vistos para existir.
Solo hay que saber que están.
Basta caminar hasta ellos. Notar cómo cambia el aire.
Y entonces… el silencio se llena de historia.
A veces, para entender un pueblo, hay que bajar la mirada.
Escuchar lo que dice el suelo. Sin prisa.
Porque en ocasiones, lo que duerme… nos está esperando.
Y en Villaviciosa, bajo nuestros pies, hay un alma árabe que aún nos mira.
Y no ha dicho su última palabra.