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Ábalos señala al Gobierno desde prisión: “Me imputan a mí mientras los demás siguen intocables”

En su entrevista en la cárcel con el abogado Pablo Franco, el exministro rompe su silencio y deja un mensaje demoledor contra Pedro Sánchez y su entorno. Se siente utilizado, abandonado y convertido en cabeza de turco para salvar al sanchismo mientras otros responsables siguen protegidos por el poder.

Luis Sordo
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El abogado coruñés Pablo Franco se vió hace unas horas con José Luis Ábalos en la cárcel de Soto del Real donde el exministro se encuentra en situación de prisión provisional por el 'caso de las mascarillas' desde el pasado 27 de noviembre. Fue una entrevista de hora y media a través de un cristal, sin cámaras, sin grabadoras y sin tapujos. Ábalos se encuentra bien, mejorado en su aspecto físico y con buen ánimo aparente. Según relata el abogado, no suena derrotado y su discurso, lejos de la autocrítica, es una acusación en toda regla contra el Gobierno de Pedro Sánchez, al que señala por haber permitido —cuando no alentado— una investigación selectiva en la que él ha sido sacrificado para preservar al núcleo duro del poder socialista.

En una entrevista concedida por el exnúmero 2 del PSOE a Pablo Franco, el exministro deja claro que no se considera el único responsable de nada y que su caída responde más a una necesidad política que a una realidad judicial. “Aquí solo se imputa al corrupto, no al corruptor”, dijo el exministro a Pablo Franco.

Una justicia asimétrica al servicio del poder

Ábalos no entiende —o no acepta— que esté en prisión mientras otros miembros del Gobierno que participaron en decisiones idénticas siguen libres, indemnes y sin siquiera ser investigados. El caso de las mascarillas, que él reduce al “chocolate del loro”, sirve para poner nombres y apellidos sobre la mesa: Ángel Víctor Torres y Fernando Grande-Marlaska.

Ambos estuvieron en operaciones similares, pero ninguno ha pasado por el calvario judicial que sufre el exministro. Para Ábalos, la diferencia no es jurídica, sino política: unos son prescindibles y otros intocables.

Caso mascarillas, la gran incómoda que nadie quiere investigar

Uno de los puntos más demoledores de su relato es el caso mascarillas. Si hubo corrupción —plantea—, alguien pagó. Sin embargo, la empresa no está imputada. Solo él. Una anomalía que, según Ábalos, demuestra que la instrucción no busca esclarecer la verdad, sino construir un culpable funcional.

El mensaje es claro: el sistema necesita un villano y él ha sido el elegido para cerrar filas en torno al Gobierno.

Sánchez, el presidente que se lava las manos

La ruptura con Pedro Sánchez es total. Ábalos dibuja a un presidente obsesionado con su imagen, calculador y desconectado de la realidad social que dice defender. Se burla de su “feminismo cool”, limitado a ministras y élites, y deja caer que el Sánchez privado poco tiene que ver con el que se exhibe en los mítines.

Ábalos tiene claro que no habrá WhatsApps comprometedores del presidente, advierte, el exministro traslada a Franco que Sánchez jamás deja rastro y que si tiene algo que decir, lo hace paseando por Moncloa. El subtexto es evidente: el presidente se protege a sí mismo mientras deja caer a los demás.

Sin sueldo, sin apoyo y sin piedad

A sus 66 años, Ábalos asegura haber sido asfixiado económicamente. Sin sueldo de diputado, sin ingresos y —según él— sin dinero, mantiene el escaño porque renunciar sería regalar al Gobierno una victoria política. Su permanencia bloquea un voto clave para el PSOE, y eso explica, a su juicio, el ensañamiento.

Desde prisión, escribe a mano, toma notas y prepara su defensa. No descarta un libro. Ni hablar.

El aviso final al sanchismo

José Luis Ábalos no se presenta como un arrepentido, sino como un damnificado. Cree que el relato oficial es débil, que las pruebas pueden caer y que el Gobierno ha cometido un error al pensar que podía enterrarlo en silencio.

Desde la cárcel, José Luis Ábalos deja entrever a Pablo Franco que: sabe demasiado, recuerda demasiado y no está dispuesto a cargar solo con la culpa de un sistema que funcionó con el beneplácito del poder.

Y en política, como en la justicia, los silencios solo duran mientras convienen.

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