Chivite purga su Gobierno y se atrinchera en Navarra para sobrevivir al escándalo
María Chivite ha optado por el manual clásico del sanchismo: huida hacia delante, purga interna y cierre de filas. La presidenta de Navarra ha decidido remodelar su Ejecutivo cesando al vicepresidente Félix Taberna y a la consejera de Interior, Amparo López, en un momento político que exigía justo lo contrario: explicaciones, dimisiones y elecciones.
No estamos ante una simple remodelación técnica ni ante un relevo administrativo. Lo que ha hecho Chivite es sacrificar a dos cargos incómodos para blindarse frente a los escándalos que rodean a su Gobierno, especialmente los relacionados con la adjudicación del túnel de Velate y la empresa Servinabar. Un caso que ha puesto a Navarra en el foco y que cuestiona la limpieza de la gestión socialista.
En lugar de asumir responsabilidades, Chivite ha decidido aferrarse al cargo con uñas y dientes, como ya hizo Pedro Sánchez en La Moncloa. Presidentes sostenidos por mayorías artificiales, construidas con Bildu y con pactos opacos, que gobiernan sin respaldo social real y con una única prioridad: resistir.
Los ceses no son casuales
Ni Taberna ni López eran precisamente figuras díscolas, pero sí cargos con cierto margen de autonomía y, sobre todo, con límites. Límites que, según apuntan fuentes del propio entorno político navarro, podrían haber chocado con la estrategia de mirar hacia otro lado ante determinadas prácticas. Especialmente relevante es el caso de la consejera de Interior, que además ejercía como portavoz del Gobierno y estaba en primera línea comunicativa.
El mensaje es claro: quien no siga la línea marcada, sobra. Y en su lugar entran perfiles de absoluta confianza, personas “de los suyos”, dispuestas a defender lo indefendible y a no cuestionar nada. El nuevo vicepresidente, Javier Ramírez, encaja perfectamente en ese perfil.
El sello de Cerdán, omnipresente
Nada de esto se entiende sin una figura clave: Santos Cerdán. Chivite no es presidenta por casualidad ni por méritos propios. Lo es porque Cerdán tejió los acuerdos necesarios, colocó a las piezas adecuadas y construyó una red de poder que hoy sigue intacta. Cerdán puso a Chivite, puso a ministros, puso a cargos orgánicos y vuelve a poner ahora a quienes deben protegerla.
La hemeroteca es tozuda. Las imágenes que han salido a la luz muestran al nuevo vicepresidente compartiendo mesa, bocadillos y cervezas con figuras centrales del sanchismo navarro y del entorno de Cerdán, incluidos personajes hoy investigados o señalados. No son fotos aisladas ni encuentros casuales: son la prueba gráfica de una misma cuadrilla política, de un mismo núcleo de poder que lleva años operando en Navarra.

El vicepresidente de Navarra, Javier Remírez, con Cerdán en los sanfermines
Navarra, rehén del sanchismo
Chivite gobierna gracias a Bildu, gracias a pactos que hipotecan la acción política y gracias a una estructura de partido que responde más a Ferraz que a Pamplona. Su última decisión no busca estabilidad institucional ni regeneración democrática. Busca autoprotección.
En cualquier democracia sana, un escándalo de esta magnitud habría provocado dimisiones inmediatas y una convocatoria electoral. En Navarra, bajo el mando socialista, se opta por la purga y el cierre de filas. Quien se mueve, no sale en la foto.

El vicepresidente de Navarra, Javier Remírez, con Koldo
El resultado es una comunidad foral cada vez más deteriorada institucionalmente, con un Gobierno que ha perdido la credibilidad y una presidenta que ha demostrado que su prioridad no es Navarra, sino su supervivencia política.
Una vergüenza. Y, sobre todo, una señal más de hasta dónde está dispuesto a llegar el sanchismo para no soltar el poder.