30 de octubre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Las secuelas y los efectos colaterales del Coronavirus en la “salud mental”

Los problemas del área de la salud mental han sido, y siguen siendo los grandes olvidados desde que comenzó esta pandemia

¿Cómo está afectando esta Pandemia de COVID-19 a nuestra salud mental?

Los efectos del confinamiento total durante tres meses, como el aislamiento, la soledad y el miedo a la enfermedad, unidos a la incertidumbre, hacen que cada vez sean más frecuentes verdaderos episodios de ansiedad y estados depresivos, que necesitan de un diagnóstico clínico y del tratamiento más adecuado y totalmente personalizado.

Por una parte, las importantes “secuelas” que aparecen en muchas personas que han superado afortunadamente la COVID-19 y en muchos trabajadores sanitarios, que presentan verdaderas depresiones y el síndrome de estrés postraumático, necesitan de un tratamiento urgente y de una “atención personalizada”, con su médico de familia y con su especialista en psiquiatría o en psicología, dependiendo de cada caso, así como con el apoyo fundamental de los profesionales de enfermería y los trabajadores sociales, porque en muchos casos son necesarias diferentes ayudas para mejorar su calidad de vida en su domicilio.

Pero también debemos reconocer la importancia que tienen los “efectos colaterales” de la COVID-19, que nos pueden afectar a todos, pero especialmente a nuestros mayores: soledad, tristeza, ansiedad, angustia, y el conocido como “síndrome de la cabaña”, que sin llegar a ser una verdadera enfermedad, se caracteriza por el miedo a ir al centro de salud o al hospital para sus revisiones, a la compra, a salir a pasear, y en definitiva, el miedo a reanudar nuestras necesarias relaciones sociales, emocionales y sentimentales.

También son efectos colaterales de la Pandemia, los problemas de pareja, el aumento de separaciones, el incremento de la violencia intrafamiliar y de género y el maltrato a nuestros mayores, así como el aumento del consumo de alcohol, tabaco, otras drogas y las adicciones al juego, tan potenciado desafortunadamente por los constantes anuncios en los medios de comunicación y esa especie de “amparo” que tienen en la normativa de restricciones frente a la pandemia.

Otro de los efectos colaterales que ya estamos notando, y que en breve notaremos mucho más, se centra en el aumento de las largas lista de espera en todas las especialidades, pero de una forma especial en la salud mental, que siempre ha sido la más “castigada” por los recortes sanitarios, derivados de las crisis económicas.

 

Y la economía ¿se considera también un efecto colateral de la COVID-19?

Todos los especialistas han demostrado que la crisis económica de 2008 tuvo una relación directa con el aumento del 15% de los trastornos de salud mental, especialmente en las personas más vulnerables económicamente hablando, por el aumento del desempleo y los empleos precarios, lo que demuestra que las nuevas políticas deben ser realmente “políticas sociosanitarias” y no solo exclusivamente sanitarias.

Sin duda alguna “el shock de nuestra economía”, es ya otro de los factores colaterales mas importantes de la COVID-19, sobre todo por el riesgo de perder el trabajo, la precariedad laboral y los frecuentes ERTEs, algunos convertidos en EREs que, unidos a los problemas para hacer frente al pago de las hipotecas, aumentará la pobreza y la exclusión social de muchas personas, que ya eran vulnerables y ahora ante el Coronavirus, lo son mucho más.

 

¿Realmente podemos estar perdiendo todo lo ganado en los tratamientos de las personas que están padeciendo una enfermedad mental?

Muchos pacientes diagnosticados de diferentes alteraciones de la salud mental, que estaban recibiendo un tratamiento farmacológico, seguro que seguirán haciéndolo gracias a la atención telefónica de los profesionales sanitarios; pero son pacientes que también estaban integrados en la red de salud mental, incluidos en diferentes grupos de apoyo psicosocial y que ahora no están en marcha.

No podemos olvidar que los tratamientos de estos pacientes deben centrarse en el adecuado uso de los medicamentos que cada uno necesita, pero también en la “socioterapia”, la “familioterapia” y la “amigoterapia, que ahora no es posible realizar como consecuencia del desarrollo y el incremento de los casos de COVID-19, y las limitaciones que esta situación conlleva a las relaciones sociales y emocionales.

Tantas personas mayores y otros colectivos de personas institucionalizadas que están ingresadas en una Residencia Geriátrica y centros especiales, y que no pueden recibir las visitas de sus familiares y amigos por el miedo al contagio, se han convertido en mucho más vulnerables a padecer una enfermedad mental como la misma depresión.

 

¿De qué forma podemos recuperar todo lo perdido y no seguir perdiendo aún más?

Mientras que nuestros políticos sigan enfrascados en sus continuos rifirrafes, olvidando la importancia que nuestra salud tiene para la economía, tendremos que hacer frente a esta pandemia con nuestra “resistencia”, el poder de la “resiliencia” y el apoyo mutuo.

No podemos perder lo poco que hemos ganado en estos últimos años en los diferentes planes de salud mental, que está en verdadero riesgo ante la crisis económica en la que estamos inmersos, y que sin duda contribuirá a mermar más aún los recursos necesarios para potenciar el área e la salud mental.

Hoy cada vez más expertos en psiquiatría, y ante la evidencia del incremento de la “atención impersonal” a través del teléfono o las videoconferencias, defienden el nuevo concepto de la “telepsiquiatría” basado en las nuevas tecnologías de la comunicación.

Sin ánimo de desmerecer los beneficios que nos puede aportar esta nueva “telemedicina”, creo que debemos hacer todo lo posible para poder recuperar la atención personalizada, individualizada y humanizada en la consulta clínica con todos los especialistas del Equipo de Salud Mental.

 

Jesús Sánchez Martos

Catedrático de Educación para la Salud

Universidad Complutense de Madrid

@jsanchezmartos

 

 

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