| 25 de Enero de 2023 Director Antonio Martín Beaumont

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A veces… invitan a cenar. Escritores y mendigos

Escribir en España es llorar, decía Larra. Llenaría muchas páginas, si intentara el listado de escritores que han muerto en la miseria, con sus libros sin publicar

| Manuel Avilés Edición Alicante

No voy a escribir de la inflación galopante, ni de las pensiones de miseria o la urgencia que tienen algunos  - viejos también- para que los abuelos la palmen. No voy a escribir del hijo de Putin y sus amenazas avisando de que tiene el botón nuclear y puede apretarlo – me la suda a estas alturas-. No voy a escribir de la victoria de la ultraderecha Meloni en Italia ni de la momia de Berlusconi paseándose por los colegios electorales. Tampoco de cómo cae la economía y somos cada día más pobres, menos los que fabrican armas y los de sus industrias afines y auxiliares que se están forrando. Hoy escribiré de escritores, de editores, de impresores y de empresarios de la literatura.

Escribir en España es llorar, decía Larra. Llenaría muchas páginas, si intentara el listado de escritores que han muerto en la miseria, con sus libros sin publicar, algunos de los cuales  han alcanzado la fama a posteriori. ¿Conocen La conjura de los necios, John Kennedy Toole? Un ejemplo. Consiguió publicar la novela su madre después de que él se suicidara. Me callo que no quiero deprimirlos.

Hace más de treinta años, comenzó a celebrarse la Semana Negra de Gijón. Había una señora poco ilustrada y no digo de dónde era edil  que no le gustaba porque la consideraba marginal, incluso la despreciaba aunque ella era ágrafa. En aquella semana se juntaban escritores malditos –  Vázquez Montalbán, Juan Madrid, Andreu Martín, González Ledesma, Paco Taibo…- , anarcoides, gente de la contracultura y otros marginales, como los consideraba aquella mujer que aterrorizaba a las básculas. La Semana Negra de Gijón  - Paz Fernández Felgueroso, alcaldesa sabia, la protegía- progresó y hoy es la Decana de todas las Semanas Negras: Getafe Negro – Lorenzo Silva-; Valencia Negra – Santiago Álvarez- ; Cartagena Negra – Francisco Marín-; Mancha Negra – José Ramón Gómez-;  Gata Negra – Luis Roso…. Y algunas más que no puedo citar porque se me acaba  el artículo.

La explosión de semanas negras, novelas negras, escritos negros y todo lo negro que quieran ha hecho que muchos organismos oficiales, pasen de la militancia literaria y entreguen la gestión a empresas con lo que el político de turno se dedica a la intriga, el postureo y a asomar para cortar la cinta como en la vuelta ciclista. ¡Ojo, todo el mundo tiene que vivir y todos tienen que poder encontrar un hueco para trabajar, incluidos los que organizan eventos! Los políticos miran y figuran, los empresarios cobran y los escritores son los proletarios que rellenan el espectáculo.

Ayer tomaba una cerveza con mi amigo Alejandro Gallo, gran escritor además de Jefe de la Policía Local de Gijón y con Mariano Sánchez, otro gran escritor, el de ‘La familia Franco’. Contaba Gallo cómo fue invitado a una jornada literaria, con casi quinientos kilómetros entre la ida y la vuelta  – los kilómetros hay que hacerlos, hay que dormir, hay que comer fuera del domicilio…- y le decían como toda retribución: “a veces invitan a cenar”. Estupendo. Te tiras un año documentándote, horas y horas escribiendo, corrigiendo, estrujándote el cerebro para dar a luz algo mínimamente interesante y eso te convierte en mendicante porque “a veces invitan a cenar”. Si yo monto una empresa de eventos y me encargan organizar “Maracena Negra” y otras, voy cobrando y vivo de eso. Si voy a Maracena Negra, como escritor, solo cobro si soy famosillo de los que salen en Sálvame. Ambos Maracena y Sálvame son solo dos ejemplos, no se me subleven.

He escrito novela negra – Ya hemos estado en el infierno. De prisiones, putas y pistolas y El gato tuerto de inminente aparición, son buenos ejemplos. He leído novela negra por un tubo y hasta novela del oeste, que en la mili, para superar el adocenamiento y la amargura de tanto analfabeto con mando, me tragué a Marcial Lafuente Estefanía al completo. Hoy – además de restablecer la mili para tanto youtuber, influencer, posturer, vagos tuiteadores y gordos- me inclino más por la novela histórica sin ánimo de hacer la pelota a Obdulio, Marisa y Laura con quienes voy a compartir estrado y mantel en la Semana de Novela Histórica de Cartagena que organizan.

Desde Truman Capote a Dashiel Hammet, desde Mc Cain a Lemaitre han marcado un camino que no todos sabemos seguir

La novela negra se está retorciendo en exceso en la búsqueda de situaciones impactantes. Ya no vale poner los cuernos e intentar matar al marido de la amante,  al estilo de El cartero llama dos veces. Ahora hay que sodomizar a una jovencita, después matarla, luego trocearla para terminar metiéndola en el congelador antes de irse al confesonario para administrar el sacramento a unas beatas viejas que no comulgan sin haberse confesado antes.

Desde Truman Capote a Dashiel Hammet, desde Mc Cain a Lemaitre han marcado un camino que no todos sabemos seguir. Estuve en una mesa redonda con Claudia Piñeiro, magnifica escritora argentina, y decía que en la novela negra está casi todo dicho por lo cual es difícil escribir nada nuevo. Discrepé. Solo hay que abrir los ojos y mirar. Lo que pasa es que muchos autores que se llaman negros no han visto nunca a un delincuente de cerca, ni a un criminal ni a un terrorista. Ahí entra Paul Auster que, ya en su Trilogía en New York avisaba de que la novela negra actual es metaliteratura porque no habla de lo que ocurre en las calles o de casos reales. Los escritores – dice Auster, no se me subleven- se alimentan de otros escritores y de textos, no de la realidad porque no la conocen. He oído pontificar sobre asesinatos truculentos, hablar a expertos en masacres terroristas a gente que solo ha visto un terrorista en aquellos carteles que ponían antes en estaciones y aeropuertos. Criminólogos de salón y moqueta, de secretaria, agente y aire acondicionado. Yo también toreo de puta madre si el toro que me embiste es un chaval que tiene unos cuernos atados a la rueda de una bicicleta.

Un día, con la gran Luz Sigüenza en Onda Cero, pregunté a una persona, expertísima en crímenes sangrientos, asesinos en serie y muertes violentísimas, si había visto alguna vez a un asesino en persona. Se enarboló hasta lo indecible, se puso “hecha un obelisco” – a la persona me refiero. La remití a Paul Auster: escritores que no hablan de la realidad porque no la conocen.

No puedo acabar, en mi defensa de los escritores proletarios-mendicantes, a quienes “a veces invitan a cenar”, sin mencionar a los impresores. La pulsión de escribir hace estragos en la gente – todos somos la gente-.

No se puede escribir bien sin leer muchísimo. Todo el que escribe algo y se jacta de no haber leído jamás un libro, escribe pura bazofia ilegible. Todo el mundo, no obstante, se cree Cervantes. Los que no han leído y escriben, piensan que lo suyo es magnífico porque no tienen ni idea, dice Kerrigan mi editor, un genio.

Todo el que escribe algo y se jacta de no haber leído jamás un libro, escribe pura bazofia ilegible

En un país en el que se publican cien mil títulos al año es muy difícil publicar y como mucha gente quiere contar su mili, su infancia, una historia de su abuela, etc… surgen los impresores que se llaman editores y solo muy pocos lo son.

Llega el hombre con su historia de la mili, sin saber que la única que se vendió algo fue Ardor guerrero de Muñoz Molina. El impresor le hace un contrato, le cobra dos mil pavos y le da diez libros. Él se encarga de venderlos a sus amigos y familiares, pero antes paga a precio de distribuidor y si no tiene amigos o familiares bastantes, el resto de los doscientos libros duermen el sueño de los justos hasta que son vendidos al peso en algún mercadillo ignoto. Hay editores e impresores. El impresor puede hacer buenos libros, materialmente buenos, pero no los cuida, no los selecciona, no busca buena literatura porque cobra lo que le echen y hace todo lo que cobra. El editor busca también ganar dinero pero tiene una tarea de prospección de buscar historias interesantes, que enganchen y sean vendibles, mueve los libros, busca lugares de exposición y hasta monta premios – que costea y en los que manda por tanto- para que sus libros tengan la publicidad de ser el ganador del …. Luego en algunos sitios, puedes ir de milagro y a veces te invitan a cenar.

NOTA.- Recomiendo vivamente hoy el libro La matanza de Atocha. Caso abierto de Alejandro Gallo. Conocí el caso de cerca porque yo – virgen y mártir con 21 años- estaba en la Escuela de estudios penitenciarios ese día y luego en Cartagena conocí en la cárcel a toda esa recua fascista que ideó, apoyó y perpetró esa matanza vil, incluido Lerdo de Tejada al que un juez, fascista como ellos, dio un permiso cuando estaba preso preventivo del que, lógicamente, no volvió.

El gato tuerto, cuya portada ya han visto y en cuyo honor me he comido ese helado de vainilla y tutifruti, no lo publicito aún porque no sale hasta principios de noviembre.

Avilés comprando un helado de vainilla para celebrar que 'El gato tuerto' sale a la luz