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El Kioskero de Podemos y su autocrítica tras las elecciones de CYL: "He dormido menos que Morrisey en las fallas"

El dirigente morado resume con una ocurrencia brillante la larga noche de un Podemos cada vez más acostumbrado a convertir las urnas en una mala noticia.

(Foto de ARCHIVO)
El secretario de organización y portavoz de Podemos, Pablo Fernández, ofrece una rueda de prensa en la sede de Podemos, a 9 de febrero de 2026, en Madrid (España). 

(Foto de ARCHIVO) El secretario de organización y portavoz de Podemos, Pablo Fernández, ofrece una rueda de prensa en la sede de Podemos, a 9 de febrero de 2026, en Madrid (España). Alejandro Martinez Velez

Luis Sordo
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Hay frases que valen más que una rueda de prensa, un argumentario de urgencia y tres tertulias de consumo rápido. Y Pablo Fernández, dirigente de Podemos, dejó una de ellas tras la noche electoral en Castilla y León. Una sentencia breve, castiza y quirúrgica para resumir el batacazo sin necesidad de recurrir al diccionario oficial del derrotado: “He dormido menos que Morrisey en las fallas”.

No hizo falta mucho más. En una sola línea quedó despachado el parte médico, el balance político y la digestión de unos resultados que, para Podemos, tuvieron la alegría de un lunes de resaca y la épica de una persiana medio bajada. Porque a veces la política, cuando se pone sincera sin querer, regala momentos de más verdad que cien comparecencias con gesto grave.

Fernández, seguramente sin proponérselo, terminó formulando la mejor autocrítica que su partido podía permitirse. No habló de “resistir”, ni de “seguir construyendo”, ni de “abrir un proceso de reflexión colectiva”, que es la manera elegante de decir que nadie entiende ya muy bien qué ha pasado pero conviene poner cara de seminario. No. Tiró de insomnio y de una comparación tan improbable como certera. Y ahí acertó.

Una noche triste para Podemos

Porque lo de Podemos en Castilla y León se parece bastante a eso: una noche larga, mucho ruido de fondo, poca música favorable y una sensación general de que la fiesta era en otro sitio. Mientras unos contaban escaños y otros se disputaban el relato, los morados volvieron a confirmar que su vieja capacidad para marcar el paso se ha quedado en algo parecido a un eco. Un eco cansado, además.

La frase de Fernández tiene, por eso, un valor añadido. Es graciosa, sí. Pero sobre todo es útil. Resume mejor que cualquier portavoz el estado de una formación que ya no intimida, ya no sorprende y, lo que es peor para sus intereses, ya casi ni escandaliza. En política, cuando uno deja de dar miedo al rival y deja también de entusiasmar al propio, empieza a convertirse en mobiliario. Y Podemos corre ese riesgo con notable disciplina.

Hubo un tiempo en que el partido de Pablo Iglesias convertía cada elección en una amenaza para el tablero y cada intervención en una pequeña tormenta. Ahora, en cambio, da la impresión de que va encadenando jornadas electorales como quien revisa una gotera: con esperanza fingida, herramientas insuficientes y sabiendo en el fondo que el agua va a seguir cayendo.

La cruda realidad

Lo más llamativo es que esta vez la autocrítica no salió de un documento interno filtrado a destiempo ni de una de esas reuniones de cara compungida con café frío y lenguaje de funeral administrativo. Salió de una ocurrencia. Y quizá por eso funcionó tan bien. Porque sonó espontánea. Sonó a verdad. Sonó, incluso, a cansancio real, que en política es un género más creíble que la épica de cartón.

“He dormido menos que Morrisey en las fallas”, dijo Fernández. Y sin querer dejó el retrato más fino de su partido tras las elecciones de CYL: desvelado, desubicado y con la incomodidad del que sabe que el problema ya no es una mala noche, sino una mala temporada. Una temporada larga.

Al final, lo peor para Podemos no es perder. Lo peor es que empieza a perder con rutina. Y la rutina, en política, es mucho más letal que una derrota con drama. El drama moviliza. La costumbre, en cambio, apaga la luz y cierra por dentro.

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