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El superyate ‘oculto’ del Rey Emérito reaparece misteriosamente en Ibiza

El famoso Fortuna ahora se llama el Foners y trata de pasar desapercibido con un presente y un futuro bastante incierto y desconcertante

El yate Fortuna, en una imagen de 2013.

El yate Fortuna, en una imagen de 2013.EUROPA PRESS

David Lozano
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Entre el bullicio de flashes, turistas con móvil en mano y el desfile diario de superyates recién salidos de los astilleros más exclusivos del mundo, hay una embarcación oculta que se mantiene en un discreto segundo plano. Ni ostenta el tamaño más imponente ni presume de cubierta infinita, pero guarda en su interior más historia que toda la marina de lujo que le rodea. Es el Foners. O, como muchos aún lo recuerdan, el yate Fortuna. El yate que, durante años, fue símbolo flotante del poder y el descanso del Rey Juan Carlos I. Y que estos días ha aparecido misteriosamente varado en el puerto de Ibiza, parece condenado al olvido.

Su mera presencia en la isla ya es noticia. Pocos esperaban ver el que fuera yate del Rey Emérito allí, lejos de los titulares y la pompa. En un muelle donde los nuevos ricos exhiben músculo náutico con nombres anodinos y estética clónica, este veterano de la monarquía española sobrevive en un limbo inesperado: ni se vende, ni navega, ni interesa. Nadie lo busca, pero todos lo miran.

Construido en los astilleros de San Fernando por Izar, el Fortuna fue un regalo envenenadamente lujoso de la Fundación Fundatur al entonces Jefe del Estado en el año 2000. Mide 41,5 metros, tiene cuatro camarotes y puede alcanzar velocidades impensables para una embarcación de recreo gracias a sus tres turbinas Rolls-Royce. Durante más de una década fue algo más que un yate: fue símbolo. Escenario de vacaciones, recepciones informales, travesías con amigos —e invitadas—, y días de desconexión total, especialmente en las aguas cristalinas de Mallorca, Cabrera o la costa norte menorquina.

Era habitual ver al entonces monarca fondeado cerca de la isla de Tagomago o recorriendo, con gesto relajado, las calas del Levante balear. Algunos de los momentos más icónicos del Rey Juan Carlos fuera de su agenda oficial ocurrieron a bordo del Fortuna. Allí, el poder vestía bermudas.

Pero en 2014, pocos días antes de abdicar, el entonces Juan Carlos I dijo adiós también al barco. Lo devolvió a la fundación. Poco después, Baleària lo compró por 2,2 millones de euros —una cifra casi simbólica frente a los más de 18 millones que costó en origen— y lo rebautizó como Foners. Desde entonces, intenta sin éxito venderlo.

¿Quién quiere un yate con pasado real?

Ni su pedigrí real ni su récord de velocidad han servido de gancho. En 2018 se puso a la venta por 8 millones. Fracaso. En 2019, bajada a la mitad. Nada. En 2021, vuelta al precio de ganga original. Silencio. Y ahora, en 2025, el nuevo Fortuna, encallado en el puerto de Ibiza, como si el tiempo no pasara… pero pasara igual.

No es solo que el mercado de los superyates sea caprichoso. El problema está bajo cubierta. Las tres turbinas que lo convirtieron en el más veloz del mundo son también su maldición. Su consumo es desorbitado incluso para millonarios sin escrúpulos ecológicos. Mantenerlo en activo es un lujo inasumible, y actualizarlo supondría casi una reinversión completa. Un Ferrari marino con alma de clásico... pero sin comprador.

Varado

El portal Look, que ha desvelado nuevos detalles sobre su situación actual contando que desde hace días está en Ibiza, apunta que, pese a los intentos de las agencias internacionales por revalorizarlo, el Foners no levanta pasiones. Ni su relación con la Casa Real —ahora más contenida en sus apariciones públicas— ni su estética, algo desfasada para los gustos de la nueva jet set náutica, consiguen devolverle la gloria perdida.

Y sin embargo, ahí sigue. Flotando con dignidad. Esperando una segunda vida que probablemente no llegará. El que fue orgullo del Rey, testigo de veranos reales y protagonista de sobremesas en cubierta con lo más granado de la política, la nobleza y los empresarios, es hoy un fantasma discreto entre megayates anónimos.

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