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Ve la luz la dramática verdad del tortuoso divorcio de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar

La versión oficial de la separación de los duques de Lugo es muy distinta a lo que ahora trasciende y que se parece más a una pesadilla para la hija mayor de los Reyes Eméritos.

La Infanta Elena y Jaime de Marichalar, en dos imágenes del pasado junio.

La Infanta Elena y Jaime de Marichalar, en dos imágenes del pasado junio.Europa Press

David Lozano
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El 13 de noviembre de 2007, la Casa Real anunció oficialmente el “cese temporal de la convivencia” entre la Infanta Elena y Jaime de Marichalar. Una frase cuidadosamente elegida para suavizar lo que en realidad era un divorcio inevitable, largamente gestado y mucho más tormentoso de lo que nunca se contó. Detrás de aquel lenguaje diplomático se escondía una historia de desgaste, enfermedad, frustración y desamor que había comenzado años antes, y que marcó para siempre a la hija mayor del Rey Juan Carlos y de la Reina Sofía.

En 2001, los duques de Lugo vivían su mejor momento. Con dos hijos pequeños —Froilán, nacido en 1998, y Victoria Federica, en 2000—, la pareja se mostraba unida y feliz. Sin embargo, aquel equilibrio se rompió brutalmente el 22 de diciembre de ese año, cuando Jaime de Marichalar sufrió un grave ictus que puso su vida en peligro. Los médicos llegaron incluso a pedir a la Infanta que autorizara la donación de sus órganos. Contra todo pronóstico, Marichalar sobrevivió, pero no volvió a ser el mismo.

El accidente cerebrovascular dejó secuelas físicas y emocionales profundas. El aristócrata pasó de ser un hombre activo y ambicioso a uno irascible, frustrado y dependiente. La Infanta intentó sostenerlo con paciencia y devoción. A su lado, cuidándole, acercándole a sus hijos, intentando que la familia mantuviera cierta normalidad. Pero el carácter de su marido se fue tornando cada vez más agrio. No aceptaba sus limitaciones, y en lugar de seguir los consejos médicos, se dejó arrastrar por amigos que le desviaron del proceso de rehabilitación, tal y como cuenta Lecturas.

En Zarzuela, Don Juan Carlos veía con preocupación la situación de su hija. Fue él quien, movido por la desesperación de Elena, tomó la iniciativa. Convenció a la pareja para trasladarse a Nueva York, donde Marichalar sería tratado por el cardiólogo Valentín Fuster. Allí, en Manhattan, la familia encontró un breve respiro. Elena abandonó su trabajo como profesora, los niños se adaptaron al nuevo entorno y, durante un tiempo, el matrimonio pareció recomponerse. Marichalar mejoró, y la Infanta volvió a sonreír. Incluso quedó embarazada, aunque perdió al bebé pocos meses después.

Ese episodio, según fuentes cercanas a la familia, fue devastador para ambos. Con la llegada del otoño de 2002, regresaron a España. Froilán debía retomar sus clases y la vida continuaba. Pero lo que se encontró la pareja en Madrid fue una rutina imposible de encajar. Él, ya más recuperado, buscaba refugio en sus pasiones por la moda y los ambientes sociales. Ella, más discreta y reservada, prefería los deportes y la vida familiar. 

Empezaron a hacer vidas separadas, aunque bajo el mismo techo. Intentaron, por insistencia del Rey y de la Reina, “darse un tiempo”. El pacto consistía en mantener la convivencia por los niños, mientras intentaban recomponer lo que ya era irreparable. Pero la distancia emocional terminó siendo insoportable. Elena, cansada de luchar contra una situación que solo le causaba sufrimiento, decidió marcharse con sus hijos. Se fue de la casa familiar de Las Ventas, dejando atrás una historia que, aunque nunca fue escandalosa en público, sí resultó dolorosamente turbulenta en privado.

Durante tres años, la Infanta mantuvo un silencio absoluto. Cumplió su promesa a sus padres de evitar un escándalo, pero la relación estaba rota. No hubo terceras personas ni escenas de dramatismo público, solo una lenta y silenciosa descomposición. Cuando en 2007 se emitió el comunicado oficial, todos sabían que no había “cese temporal” posible. Era el final.

El divorcio de la Infanta Elena y Jaime de Marichalar fue, en realidad, el colapso de dos mundos incompatibles: el de la disciplina y la lealtad institucional de ella frente al individualismo altivo y la vulnerabilidad herida de él. La tragedia del ictus cambió a Marichalar para siempre.

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