| 20 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Raúl pone el broche al sueño de un niño que desesperaba a sus vecinos

La frase de su padre a los parroquianos cuando comenzaba a despuntar era sólo la punta del iceberg. 21 años después y con una carrera cuajada de goles cuelga las botas con imágenes míticas.

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De los campos de tierra de la barriada madrileña de San Fermín a Nueva York. De aquel fallo en Zaragoza el día de su debut en Primera, en el otoño de 1994, a su última final. 21 años de carrera cuajados de goles. El primero en la élite fue a su Atleti, por la escuadra, que sería el prólogo para entrar en el olimpo de las leyendas del Real Madrid.

"No lo cambio ni por El Corte Inglés", decía su padre a los parroquianos del bar cuando despuntaba vestido de rojiblanco, y la confianza que en el chico de 17 años depositaron Jorge Valdano y Ángel Capa fue el tren que no dejó pasar. Para empezar sentó en el banquillo a Emilio Butragueño, que como haría el propio Raúl años más tarde por culpa de Ronaldo, supo que era el momento de una salida honrosa a un equipo que no interfiriera en el madridismo.

En la primera Liga, la 94-95, dicen que de la alegría llegó a conducir el autobús del equipo sin carné. Y no se cansó de ganar, ni de correr al rechace para cazar goles de humildad. Soldado, hoy en la élite, recuerda la bronca que le echó siendo canterano por no emplearse a fondo en un entrenamiento con el primer equipo. "Estais en el Real Madrid".

Y es que aunque Guti le odiara como enemigo en los derbis menores, acabó dando la razón a don Santiago Bernabéu. En Concha Espina juegan los mejores. Y él lo acabó interiorizando. Paseó brazos en alto por delante del Frente Atlético en el Vicente Calderón tras hacerle un siete (su eterno 7) al rocoso López. Y mandó callar al Nou Camp con un empate postrero que ya es parte del imaginario merengue.

También quedan fotografías como la de Japón, con el Toyota otorgado al mejor futbolista de la Copa Intercontinental. Los goles de Glasgow y París para elevar las orejonas del museo hasta nueve. La décima la vio en el palco del estadio Da Luz, como hincha madridista. Otra vez su Atleti enfrente.

Agarrado a su ahora amigo Guti, saliendo con alguna copa de más en una de las peligrosas noches del Barnon. Así circuló en unas participaciones de Lotería de la afición del Manzanares. Era su peor momento. Su juego bajó, y se dudó de él. Pero la solución estaba precisamente en la barra del Barnon. Mamen Sanz pasaba de modelo-camarera a señora de González Blanco.

Y volvieron los goles. Y nacieron los hijos, hasta cinco. Y juntos cambiaron Madrid por Düsseldorf, la enemiga Düsseldorf, la de las garrapatas, como llaman los aficionados del Schalke 04 a los vecinos del Borussia. Pero en Gelsenkirchen hasta eso se lo consentían a Raúl, que se ganó el apodo de 'señor' a fuerza de tesón, goles e incluso algún título más para su palmarés.

La lección más dolorosa

Y de nuevo otra mudanza, apurando los años, el fútbol y el dinero de los contratos al calor del nombre forjado en el Real Madrid y en la Selección. Catar y Nueva York han disfrutado del ocaso del 7 que lo ganó todo de blanco, pero nada de rojo. Un sabio de Hortaleza le enseñó la lección más dolorosa de su carrera, y se quedó a las puertas de ser el campeón de Europa y del Mundo de todos los españoles.

El cuento del niño que para desesperación de sus vecinos daba balonazos machaconamente contra un muro acaba de una forma serena, sin grandes estridencias. Jugando una final. Otra de tantas que el más listo de la clase ganó. Lo importante ahora son los recuerdos. Mañana toca mirar al futuro, que lógicamente será blanco.