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Cuando los hornos se apagan y la política miente

Del rescate de los últimos altos hornos británicos a la crisis del Valle de Ayala: un análisis crítico sobre la pérdida de peso industrial y el coste de la transición ideológica.

Alto Horno de Sestao.

Alto Horno de Sestao.MINISTERIO DE CULTURA

Álvaro Gotxi
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Hace tres siglos, Gran Bretaña encendió el primer alto horno moderno en plena Revolución industrial y el mundo tal y como se conocía se transformó. Esta semana, el premier británico Keir Starmer ha tenido que nacionalizar los dos últimos altos hornos que quedaban en el Reino Unido para que no se apaguen definitivamente. En Euskadi, el PNV lleva años prometiendo un impulso con eslóganes como más industria, más eficiente y con menos emisiones y el resultado no puede ser más desalentador.

En 1709, Abraham Darby encendió en Coalbrookdale, al oeste de Birmingham, el primer alto horno moderno de la historia. La revolución industrial comenzó allí y conllevó un salto en la producción como nunca en la historia se había conocido. Lo que comenzó como un experimento metalúrgico en un pequeño valle inglés se convirtió en la chispa de la Revolución Industrial: la era en que la humanidad aprendió a doblegar el hierro, a mover máquinas de vapor y a construir civilizaciones con pies de acero. Gran Bretaña fue, durante más de un siglo, la fragua del planeta, el espejo de modernidad en el que las demás naciones querían reflejarse.

Y ese fuego se expandió por el mundo. Cruzó el Canal de la Mancha, bajó por los ríos europeos y llegó también a España a través de la ría de Bilbao. El Nervión se convirtió en eje vertebrador del desarrollo siderúrgico español a finales del siglo XIX, teníamos las minas pero nos faltaba la tecnología y gracias a un buen número de emprendedores ese problema se solucionó con la creación de Altos Hornos de Vizcaya, La Naval, Babcock & Wilcox, Tubos Reunidos… Nombres que no eran solo empresas, sino la columna vertebral del desarrollo industrial vasco y español. Esta fue la base sobre la que se construyó el bienestar que a día de hoy seguimos disfrutando.

Tres siglos después de Coalbrookdale, los dos últimos altos hornos que quedaban en pie en el Reino Unido se están apagando y con ellos los últimos vestigios de la revolución industrial. Están en Scunthorpe, en el norte de Lincolnshire. Esta semana, el primer ministro Keir Starmer ha anunciado que el Estado tomará el control total de su propietario, British Steel, para evitar su cierre definitivo. No es sólo un rescate industrial, es el último intento de posponer el final de una época. La fábrica lleva meses costando 700.000 libras diarias al contribuyente británico después de que su dueño Jingye decidiera abandonarla sin previo aviso.

La historia de Scunthorpe resume el arco trágico de la desindustrialización europea. Una ciudad vaciada de industria sin alternativa económica en su lugar, que hoy mira con simpatía creciente al populismo de Nigel Farage obviando que fue el propio Brexit, impulsado por él mismo, uno de los factores que cerró al acero de Scunthorpe el acceso al Mercado Único europeo. Cosas del populismo.

Quien conozca Euskadi verá en este relato algo más que una noticia internacional, lo verá como un espejo que devuelve un reflejo desalentador.

En el valle de Ayala (Álava) lo saben bien. Guardian (la antigua Villosa), el gigante fabricante de vidrio que durante décadas empleó a miles de familias en Llodio, cerró su planta hace un año, sin plan de reindustrialización serio para la comarca. Sin ruido institucional más allá de un par de ruedas de prensa con mucha foto y pocos hechos. Fue, como tantos otros, un portazo que pilló al Consejero de Industria fuera de juego. Tubos Reunidos lleva años con respiración asistida, con sus hornos de Amurrio, también en el valle de Ayala, en suspensión de pagos y sus trabajadores en vilo.

Todo el cinturón industrial del Nervión, que olía a hierro y a futuro, huele hoy a nostalgia y a incertidumbre.

El PNV fue durante décadas algo que hoy cuesta reconocer: un partido que entendía que la industria era la base material de la riqueza y del bienestar. Ese PNV, desengáñese, ya no existe. El que existe hoy compite con Bildu en el relato de una transición verde ideológica que hunde a la industria, del talento que se coge un autobús el domingo a la tarde para trabajar en Madrid el lunes por la mañana, de la falta de ambición y sin proyecto industrial claro. Se han instalado en la comodidad del populismo blando: grandes palabras, nula concreción, y siempre a la sombra del socialismo que más pague.

El problema no es que la industria tradicional deba sobrevivir eternamente. Es que la transición hacia un nuevo modelo productivo exige no pagar la electricidad más cara que sus competidores franceses o alemanes tal y como denuncia la Asociación de empresas con gran consumo de energía (AEGE) en su barómetro energético. Exige abordar la burocracia infinita que eterniza la autorización para cualquier inversión. Exige menos ideología y más hechos. En definitiva, exige que gobernar no se confunda con relatar.

Fuente: barómetro energético AEGE (18 de mayo de 2026)

Fuente: barómetro energético AEGE (18 de mayo de 2026)

En el Parlamento Vasco tuve ocasión de decírselo con claridad al Gobierno: no es lo que dicen, es lo que hacen. O más exactamente, lo que no hacen. Porque el populismo no es solo el de Nigel Farage agitando el descontento en Scunthorpe. El populismo también es prometer una reindustrialización inteligente mientras se firma el cierre de la última gran planta del valle.

La política de la foto y el eslogan no detiene el cierre de ninguna industria. ¿Cuántas empresas más tienen que desaparecer antes de que la política deje de mentir y empiece a actuar? O apostamos por la industria, pero de verdad, o habremos dilapidado aquello que tanto costó construir a nuestros padres y no podremos legar nada a nuestros hijos.

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