La oposición más difícil: competir contra el privilegio

Hay una pregunta que hoy se hacen miles de opositores y empleados públicos en España: ¿merece realmente la pena tanto esfuerzo?

Imagen del centro de coordinación de las oposiciones docentes de Andalucía.Europa Press

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Durante años preparan oposiciones con una disciplina admirable. Renuncian a fines de semana, vacaciones y tiempo con sus familias. Invierten miles de horas de estudio con la convicción de que, en España, el acceso a la función pública depende únicamente del mérito, la capacidad y el esfuerzo. No es solo una aspiración personal; es un mandato constitucional y uno de los pilares sobre los que se sostiene nuestro Estado de Derecho.

Sin embargo, cuando un proceso de acceso a un empleo público termina siendo cuestionado por los tribunales y desemboca en una condena por prevaricación, el daño trasciende a las personas implicadas. Lo que realmente se resiente es la confianza de miles de ciudadanos que creen en la igualdad de oportunidades y en la limpieza de las instituciones.

Ese es el verdadero problema

Porque la mayor amenaza para la función pública no es únicamente una actuación irregular. La mayor amenaza es que quienes dedican años de su vida a preparar una oposición comiencen a pensar que el sacrificio vale menos que la cercanía al poder, que un apellido puede abrir puertas que permanecen cerradas para quien solo cuenta con su trabajo y su preparación.

Y cuando esa idea se instala en la sociedad, perdemos todos

La función pública constituye uno de los mayores patrimonios de nuestro país. Está formada por profesionales que accedieron a sus puestos superando procesos exigentes, demostrando conocimientos, capacidad y dedicación. Son ellos quienes sostienen cada día la sanidad, la educación, la justicia, la seguridad, la investigación, las universidades y las administraciones públicas. Merecen que el sistema que les permitió acceder sea protegido con firmeza.

Los gobernantes deberían ser los primeros en defender esos principios. Gobernar no consiste en favorecer a los cercanos ni en utilizar las instituciones al servicio de intereses particulares. Gobernar significa garantizar que las normas se cumplen para todos exactamente igual.

Quienes tenemos responsabilidades públicas deberíamos comenzar cada jornada respondiendo a una única pregunta: ¿a quién servimos?

La respuesta no puede ser un partido político. No puede ser un interés personal. No puede ser un entorno familiar.

La respuesta solo puede ser una: España. España y más España

España necesita instituciones fuertes, independientes y transparentes. Necesita recuperar la ejemplaridad en la vida pública. Necesita que el mérito y la capacidad vuelvan a ocupar el lugar que nunca debieron perder. Necesita que cualquier joven que hoy comienza una oposición tenga la certeza de que su futuro dependerá exclusivamente de su preparación, de su esfuerzo y de su constancia.

Ese es el país que merece la pena construir. Un país donde el acceso al empleo público no dependa de la influencia, sino del trabajo; donde la igualdad de oportunidades deje de ser un eslogan para convertirse en una realidad; donde los ciudadanos vuelvan a confiar en sus instituciones porque saben que nadie recibe un trato de favor.

Las propuestas presentadas por Alberto Núñez Feijóo para una España más sólida, más transparente y más limpia apuntan precisamente en esa dirección: fortalecer las instituciones, combatir cualquier forma de privilegio, reforzar la independencia de los organismos públicos y devolver prestigio al servicio público.

Porque un país no empieza a deteriorarse únicamente cuando aparecen casos que ponen en cuestión la confianza de los ciudadanos. Empieza a hacerlo cuando quienes más se esfuerzan dejan de creer que merece la pena seguir esforzándose.

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Y esa es, probablemente, la derrota más grave que puede sufrir una democracia.