| 22 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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La bandera de España
La bandera de España

España llega al 12-O con una crisis nacional inducida por su propio presidente

Los problemas de identidad de España no proceden de las dudas de su ciudadanía, sino de la sumisión de su presidente a todos los partidos que no creen en el país y aspiran a desmembrarlo.

| ESdiario Editorial

España celebra su Fiesta Nacional en una situación inédita en ninguna otra nación del mundo: muchas sufren una crisis de identidad de mayor o menor calado, pero en ninguna viene inducida, tolerada o alimentada por su propio Gobierno.

La responsabilidad de Pedro Sánchez en ese estropicio es evidente, y se resume en la insólita campaña desatada contra la capital de España en las vísperas del 12-O y su tolerancia, sin embargo, con todos los que denigran el Día de la Hispanidad y discuten la propia esencia de España.

La imagen que resume ese despropósito se verá en plena celebración, con todos los aliados de Sánchez ausentes y su socio de coalición, Podemos, desatado en su enésima campaña contra el Rey, símbolo institucional de una Nación despreciada por quienes, paradójicamente, tienen en sus manos las llaves de la Presidencia.

 

España tiene una larga, prolija y relevante historia de la que debe sentirse orgullosa, por muchas penumbras reales o ficticias que comporte toda gesta de la dimensión del Descubrimiento: la herencia cultural, educativa, legislativa y humanitaria es sensiblemente superior a los excesos y abusos que, en aquella época, pudieran cometer tanto los descubridores como los indígenas.

No se puede gobernar España gracias a quienes no creen en España y buscan su demolición. El indigenismo es otro recurso para lograrlo

La manipulación de ese legado no es inocente ni obedece a una mera visión sesgada de una historia que, por definición, no puede nunca analizarse con los ojos del presente. Se trata de un recurso abyecto para justificar el problema real y objetivo que generan quienes, hoy en día, dedican sus esfuerzos a derruir la España vigente para imponer sus propios proyectos.

Que en el caso del populismo pasa por borrar la huella de la Constitución e implantar otro régimen y, en el del separatismo, desmembrar y trocear el país. Que todo ello lo alimente el propio Gobierno, por un presidente intervenido y maniatado que hipoteca la identidad española para conservar su puesto, es muy triste. Pero también revela la solución, bien sencilla: no se puede gobernar un país gracias a quienes no creen en él. Por eso urge tanto un relevo democrático en Moncloa.