Los 17 segundos que hicieron temblar al Vaticano hace 45 años
El 13 de mayo de 1981,miles de fieles presenciaron en directo el atentado contra Juan Pablo II en una Plaza de San Pedro convertida en escenario del horror
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El 13 de mayo de 1981 parecía una jornada normal en el Vaticano. Como cada miércoles, miles de personas llenaban la Plaza de San Pedro para asistir a la audiencia general de Juan Pablo II. Familias, peregrinos, turistas y religiosos esperaban la llegada de un Pontífice que se había ganado el cariño del mundo por su cercanía con la gente y su carisma. A las 17:17 horas, todo cambió.
Juan Pablo II recorría la plaza en un vehículo descubierto, saludando a los fieles y deteniéndose para bendecir niños, cuando varios disparos rompieron el ambiente festivo. El Papa cayó desplomado sobre el asiento del papamóvil mientras a su alrededor se desataba el caos. Gritos, carreras y escenas de pánico invadieron el corazón del Vaticano.
El autor del atentado era Mehmet Ali Ağca, un joven turco de 23 años que logró acercarse al Pontífice mezclado entre la multitud. Armado con una pistola Browning de 9 milímetros, disparó varias veces a corta distancia antes de ser reducido por agentes de seguridad y por algunos asistentes presentes en la plaza.
Dos balas impactaron en el cuerpo del Papa: una atravesó su abdomen y otra le alcanzó la mano y el brazo. También resultaron heridas dos mujeres que se encontraban entre los fieles. Durante varios segundos nadie supo realmente si el Pontífice había sobrevivido.
Las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de minutos. Las televisiones interrumpieron su programación habitual y millones de personas siguieron con angustia las noticias que llegaban desde Roma. Por primera vez en décadas, el Vaticano parecía vulnerable.
Un traslado agónico al hospital
Nada más producirse el atentado, el papamóvil aceleró hacia el interior del Vaticano mientras Juan Pablo II permanecía consciente a ratos y pronunciaba palabras de dolor en polaco. La gravedad de las heridas no fue evidente en un primer momento, pero durante el trayecto al hospital Gemelli de Roma la situación empeoró rápidamente.
El Pontífice había perdido mucha sangre y sufrió un shock hemorrágico que obligó a intervenirlo de urgencia. Los médicos trabajaron durante casi seis horas para salvarle la vida. Las balas habían pasado peligrosamente cerca de órganos vitales y de la arteria aorta.
Durante aquella noche, el mundo permaneció pendiente de los partes médicos llegados desde Italia. En Polonia, su país natal, miles de personas se reunieron en iglesias para rezar. Lo mismo ocurrió en España, América Latina y numerosos países europeos.Muchos pensaron que el Papa no sobreviviría.
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El misterio que nunca terminó de resolverse
La detención inmediata de Mehmet Ali Ağca no cerró el caso. Muy al contrario: el atentado abrió una de las mayores incógnitas internacionales de la Guerra Fría.
El atacante aseguró en diferentes momentos haber actuado solo, aunque más tarde cambió varias veces su versión. Las investigaciones comenzaron a apuntar hacia una posible conspiración internacional relacionada con los servicios secretos de Bulgaria y la Unión Soviética.
En aquella época, Juan Pablo II era considerado una figura incómoda para el bloque comunista. Su apoyo al sindicato Solidaridad en Polonia y su enorme influencia sobre los países del Este europeo preocupaban seriamente a Moscú. Diversos analistas llegaron a sostener que el Kremlin veía al Pontífice como una amenaza política capaz de debilitar el régimen soviético.
Sin embargo, nunca aparecieron pruebas definitivas que confirmaran esa teoría. Décadas después, el atentado sigue rodeado de sombras, contradicciones y documentos sin esclarecer completamente.
La conexión con la Virgen de Fátima
El atentado ocurrió exactamente el mismo día en que la Iglesia católica conmemora la primera aparición de la Virgen de Fátima, en Portugal. Para Juan Pablo II, aquella coincidencia tuvo un profundo significado espiritual.
El Papa siempre creyó que sobrevivió gracias a una intervención divina. Años después pronunció una frase que acabaría convirtiéndose en una de las más recordadas de su pontificado: “Una mano disparó y otra mano guió la bala”.
Convencido de que la Virgen había salvado su vida, Juan Pablo II envió una de las balas extraídas de su cuerpo al santuario de Fátima. Hoy esa bala permanece incrustada en la corona de la imagen mariana portuguesa.
El vínculo entre el atentado y el llamado “tercer secreto de Fátima” alimentó durante años teorías y debates dentro y fuera de la Iglesia.
El perdón que sorprendió al planeta
Dos años después del ataque, Juan Pablo II protagonizó una escena que dio la vuelta al mundo. El 27 de diciembre de 1983 visitó personalmente a Mehmet Ali Ağca en la prisión romana de Rebibbia.
Ambos hablaron a solas durante varios minutos dentro de la celda. Nadie escuchó aquella conversación, pero las imágenes del Papa sentado frente al hombre que intentó asesinarlo se convirtieron en símbolo de perdón y reconciliación.
El Pontífice no solo afirmó públicamente que perdonaba a su agresor, sino que además mantuvo contacto con parte de su familia durante años.
Ese gesto reforzó todavía más la dimensión humana y espiritual de Juan Pablo II ante millones de personas.
Un atentado que cambió para siempre al Vaticano
Después de aquel 13 de mayo, la seguridad del Vaticano cambió radicalmente. Hasta entonces, los papas mantenían un contacto mucho más cercano y desprotegido con los fieles. Tras el atentado comenzaron a utilizarse vehículos blindados y se endurecieron los protocolos de protección.
Nació así la imagen moderna del papamóvil blindado que hoy acompaña a todos los pontífices en sus actos públicos.
Pero el impacto del atentado fue mucho más allá de la seguridad. La recuperación de Juan Pablo II fortaleció enormemente su figura internacional y aumentó todavía más su influencia política y religiosa en plena Guerra Fría.
Más de cuatro décadas después, aquella tarde sigue siendo recordada como uno de los episodios más dramáticos del siglo XX. Una pequeña placa de mármol en la Plaza de San Pedro señala hoy el lugar exacto donde el Papa cayó herido bajo las balas.
El mundo entero contuvo la respiración aquel día. Y durante unas horas, muchos creyeron que la historia de Juan Pablo II había terminado allí mismo, en el corazón del Vaticano.