Palo mundial a Pedro Sánchez: la llamada del Rey Felipe sobre Irán que oculta Moncloa
El monarca se ha desmarcado de la política internacional del Gobierno y trasciende que ha hecho una interlocución clave a Arabia Saudí, muy alejada de lo que defiende el sanchismo

El Rey Felipe VI y Pedro Sánchez, en la toma de posesión de Carlos Cuerpo.
Hay gestos que no se anuncian, pero que pesan más que muchos discursos oficiales, y la llamada de Felipe VI en pleno contexto de tensión internacional con Irán pertenece precisamente a esa categoría: discreta en las formas, pero profundamente significativa en el fondo.
Lo relevante no es solo el contenido de ese contacto diplomático, sino lo que ha ocurrido después, o más bien lo que no ha ocurrido, porque el Ministerio de Asuntos Exteriores de España ha optado por no hacer pública esta gestión, manteniéndola fuera del relato oficial en un momento especialmente delicado en el tablero internacional.
Así, Don Felipe ha mantenido una conversación telefónica con el Príncipe Heredero de Arabia Saudí, Mohammed bin Salman, una llamada que ha trascendido gracias a canales oficiales del Ejecutivo saudí, no de Exteriores o de la Casa Real.
Según estas fuentes, el Rey habría trasladado una posición alineada con un escenario de cambio en el régimen iraní, en un contexto marcado por la posible caída de Alí Jamenei, un planteamiento que, aun pudiendo encajar dentro de determinadas coordenadas de la diplomacia internacional. También ha mostrado su total respaldo a Arabia Saudí frente a los ataques de Irán. Algo que contrasta con la línea que ha venido defendiendo el Gobierno de Pedro Sánchez.
Es precisamente en ese contraste donde surge el elemento incómodo, porque no se trata de un enfrentamiento abierto ni de una discrepancia declarada, sino de una diferencia de enfoque que, en términos políticos y comunicativos, resulta especialmente delicada de gestionar.
La decisión de Exteriores de no dar visibilidad a esta llamada responde a esa lógica de contención, a la necesidad de evitar que esa disonancia se traduzca en un problema mayor para la narrativa del Ejecutivo, pero el silencio, lejos de neutralizar el efecto, termina proyectando una sensación distinta, la de que existe un desajuste que no se ha querido integrar en el discurso oficial.
Cuando una acción institucional queda fuera del relato, no es porque carezca de importancia, sino precisamente porque su encaje resulta problemático, y en este caso lo es porque la figura del Rey, como representante del Estado en el exterior, aparece asociada a una posición que no coincide plenamente con la del Gobierno.
Esto tiene un impacto claro en términos de imagen, ya que transmite la idea de una política exterior con matices no del todo alineados, donde la coordinación no es absoluta y donde pueden surgir mensajes que escapan al control directo de Moncloa, algo especialmente sensible en un contexto internacional donde la unidad de criterio resulta fundamental. Para Pedro Sánchez, el problema no reside únicamente en el contenido de la llamada, sino en lo que implica a nivel simbólico, porque evidencia que la construcción del relato no depende exclusivamente del Gobierno y que, en determinados momentos, otros actores institucionales pueden introducir elementos discrepantes.
En ese sentido, lo ocurrido no puede interpretarse como un episodio aislado sin consecuencias, ya que refuerza la percepción de que existe una cierta fractura en la proyección exterior del Estado, una falta de sintonía que, aunque no se explicite, se intuye en la gestión del silencio y en la necesidad de evitar que determinados movimientos adquieran visibilidad pública.
La llamada existió, no se comunicó oficialmente y, sin embargo, ha terminado trascendiendo, lo que le convierte en un nuevo, otro más, claro enfrentamiento entre la Corona y el Gobierno de Sánchez.