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Una durísima verdad para Óscar Puente: el accidente de Adamuz puede repetirse en cualquier punto de España

La vía se rompió la noche anterior y nadie lo detectó; el accidente de Córdoba revela un fallo sistémico de vigilancia, mantenimiento y reacción que deja en muy mal lugar a Adif y al Ministerio de Transportes.

La vicepresidenta del Gobierno, María Jesús Montero, junto al ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, en Adamuz, Córdoba.

La vicepresidenta del Gobierno, María Jesús Montero, junto al ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, en Adamuz, Córdoba.Joaquin Corchero

Luis Sordo
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El accidente ferroviario de Adamuz ya no admite excusas políticas ni relatos complacientes. El informe preliminar de la Guardia Civil ha dejado al descubierto una realidad demoledora para el Ministerio de Transportes que dirige Óscar Puente: la vía se rompió el 17 de enero de 2026 a las 21:46, casi un día antes del siniestro, y durante horas nadie fue capaz de detectar que en ese punto de la red existía una avería crítica. Hubo que esperar a la tragedia del 18 de enero, con 46 fallecidos, para que el sistema reaccionara.

No se trata de un simple fallo técnico aislado. Lo que ha aflorado en Adamuz es algo mucho más inquietante: una infraestructura que presume de modernidad, pero que fue incapaz de advertir una rotura de carril previa al paso de los trenes. Según las informaciones conocidas, sí se registró una alteración eléctrica compatible con esa fractura, pero el sistema no generó una alerta automática porque no estaba configurado para ello con suficiente fiabilidad. Es decir, la anomalía existió, dejó rastro, pero la red no supo traducirla en una respuesta preventiva.

La pregunta más difícil de responder

Y ahí es donde el caso Adamuz deja de ser sólo una tragedia local para convertirse en una cuestión nacional. Porque la pregunta ya no es únicamente qué ocurrió en ese punto de Córdoba, sino cuántos tramos de la red ferroviaria española podrían estar hoy en una situación similar sin que nadie lo sepa. Si una fractura de vía pudo pasar desapercibida durante casi 24 horas en una línea de alta velocidad, la inquietud es inevitable: ¿quién garantiza que no haya otros fallos latentes en cualquier otro punto del país?

La dimensión del problema obliga a mirar mucho más allá de Adamuz. Adif presume hoy de gestionar 11.676 kilómetros de red ferroviaria, con 1.445 estaciones y más de 1,82 millones de trenes en circulación en 2025. En paralelo, la red de alta velocidad alcanza ya 3.973,7 kilómetros, conecta a más de 50 ciudades y cuenta con 50 estaciones en 25 provincias. La magnitud de la infraestructura es colosal; precisamente por eso, el fallo de Adamuz resulta todavía más inquietante: si una rotura de carril puede pasar inadvertida durante horas en una red de este tamaño, la pregunta ya no es qué ocurrió en Córdoba, sino cuántos puntos vulnerables puede haber repartidos por el resto del país.

Porque la alta velocidad no es un sistema periférico ni reducido. Atraviesa o presta servicio en provincias clave como Madrid, Barcelona, Zaragoza, Córdoba, Sevilla, Málaga, Valladolid, León, Valencia, Alicante, Murcia, Ourense, Pontevedra o A Coruña, dentro de los grandes corredores norte y sur que articula Adif AV. Dicho de otro modo: no estamos hablando de una red secundaria ni de un ramal olvidado, sino de la columna vertebral ferroviaria del país. Y si el control falla ahí, falla en el corazón del sistema.

Un informe devastador

Lo más devastador políticamente para Óscar Puente es que Adamuz no retrata sólo un accidente, sino un modelo de gestión que llegó tarde a todo. Según las informaciones conocidas, la fractura de la vía dejó rastro en las instalaciones, pero no se tradujo en una alerta eficaz. Más tarde, ya en plena emergencia, la confusión fue igual de grave: Adif tardó en comunicar correctamente la existencia y localización del Alvia accidentado, el convoy donde se concentró la mayor parte de la tragedia humana. Treinta y siete de las 46 víctimas mortales viajaban en ese tren.

Ahí está la gran contradicción del ferrocarril español. Durante años, España ha vendido la imagen de potencia ferroviaria, con la red de alta velocidad más extensa de Europa y la segunda del mundo. Y, sin embargo, Adamuz ha demostrado que los kilómetros inaugurados no sirven de escudo cuando fallan el mantenimiento, la supervisión y la reacción. La propaganda de la modernidad se viene abajo en cuanto aparece una vía rota que nadie ve.

La duda que deja Adamuz es tan simple como devastadora: ¿quién certifica hoy que no hay más tramos dañados o deficientemente monitorizados en el resto de España? A la vista de lo ocurrido, desde luego no basta con apelar a la confianza en Adif. Si la red necesitó un descarrilamiento mortal para detectar una fractura previa, entonces el problema no es local ni casual: es estructural. Y mientras no haya una revisión a fondo de protocolos, mantenimiento y sistemas de alerta, cualquier provincia conectada por la red ferroviaria española tiene razones para mirar con preocupación lo ocurrido en Córdoba.

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