LA MIRILLA
Elisa Beni, matar la verdad molesta

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y la periodista Elisa Beni
Llevo casi cuarenta años en este oficio. Y en cuatro décadas he aprendido una cosa: en periodismo no hay liturgia, hay trabajo. Unos comen las sardinas con cuchillo y tenedor y otros con los dedos. Lo importante es no manchar la verdad.
Por eso cada día me resultan más insoportables esos “compañeros” que no han empatado con nadie y reparten lecciones como si hubieran reinventado la profesión.
Pontifican desde un plató o desde X (antes Twitter), sin haber sudado una exclusiva, sin haber olido un cierre, sin haber pasado una noche entera intentando confirmar un dato mientras el mundo duerme.
Dan lecciones porque nunca han pagado el precio de decir algo incómodo. Sentencian porque jamás han tenido que sostener la mirada de una fuente. Hablan de periodismo… sin haberlo vivido.
Y mientras los maestros impostados sermonean, los periodistas de verdad empiezan a llevarse los golpes.
Ahí está Elisa Beni, despedida por no inclinar la cabeza ante Sánchez. No la echaron por errar: la echaron por pensar. Por no obedecer. Por saber demasiado.
Un despido que da más miedo que cien editoriales: en la España de hoy no se castiga la mentira, se pena la disidencia.
El periodismo serio no tiene púlpitos ni catecismos. Tiene calle, dudas, errores, aciertos, cicatrices. Tiene la obligación de preguntar cuando no gusta y escribir cuando incomoda. Y, sobre todo, un compromiso elemental: no bajar la mirada ante el poder.
Por eso irritan tanto quienes van de maestros sin haber pisado barro. Mucho dogma y poca hemeroteca. Demasiado dedo levantado y ninguna fuente fiable detrás.
Los que llevamos media vida en esto sabemos que el oficio no lo define quien grita sin más en las tertulias, sino quien calla mejor: quien escucha, contrasta, duda, confirma.
Los otros —los que pontifican sin haber contado nunca nada— no son periodismo. Son atrezo.
Ruido. Solo ruido. Y cada día hacen menos falta.
A.M. BEAUMONT