TURISMO
El lujo de controlar el tiempo al viajar
El viajero se rebela hoy contra la tiranía del itinerario cerrado y reclama recuperar el control del tiempo mediante viajes flexibles, pausados y diseñados a la escala de sus propias fantasías.

El viajero imagina un camino propio, sin prisas y sin horarios.
Durante siglos, viajar fue una actividad reservada a las élites, que disponían tanto de los medios económicos necesarios como del tiempo. El avance del turismo moderno deshizo aquel privilegio y el viaje se convirtió en una ambición al alcance de millones de personas. Este exponencial crecimiento se tradujo no solo en la masificación de la experiencia sino también en su aceleración (véase, por ejemplo, los modelos de viajes breves e hiperbreves en los que una escapada de fin de semana puede planificarse y realizarse en tan solo unas pocas horas).
No obstante, toda expansión lleva consigo su propia saturación. El viajero se rebela hoy contra la tiranía del itinerario cerrado, que transforma el viaje en un ejercicio de disciplina y le obliga a someterse a una rutina inflexible hecha de horarios fijos, planes preestablecidos y reservas inmodificables. Su principal aspiración ya no pasa por coleccionar destinos icónicos, visitar monumentos ineludibles o someterse a una agotadora acumulación de excursiones que convierten al viaje en una experiencia semejante a las carreras de aeropuerto entre una puerta de embarque y otra. El paradigma "Descubre Estados Unidos y Canadá en 7 días" está agotado.

Con el despegue, se abre la promesa del viaje deseado.
En este contexto, el desafío es reconfigurar el modelo turístico para sintonizarlo con las expectativas del viajero, cuya principal meta es recuperar el control del tiempo. Para ello, resulta indispensable que los viajes adopten otro ritmo, basado en la pausa y el disfrute del ocio, y alejado de la ansiedad y la saturación de estímulos. Se trata de planificar itinerarios flexibles, permeables al máximo a la voluntad del viajero, que reclama opciones de personalización tangibles, como la posibilidad de definir sus planes sobre la marcha, reprogramar actividades sin fricción y minimizar la dependencia de horarios fijos. Recrear un entorno de planificada improvisación perfectamente controlado, que devuelva al viajero una sensación de máxima libertad y novedad constante, como la que sintieron Goethe durante su estancia en Italia o Lord Byron recorriendo la Europa mediterránea.
El agente de viajes debe ser capaz de interpretar este cambio de época, este nuevo Zeitgeist —espíritu del tiempo—, en un contexto de profundas disrupciones para la industria. Su papel sigue siendo muy relevante, acaso más que antes, especialmente en el sector del lujo, en donde la despersonalización y los automatismos deshumanizan la experiencia, volviéndola intercambiable y estándar. El viajero exige otra cosa: viajes únicos, de autor, verdaderamente diseñados a la escala de sus fantasías, porque el nuevo lujo ya no es solo descubrir el mundo, sino controlar el tiempo que se pasa en él.