Mentira como arma política

(Foto de ARCHIVO) El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros extraordinario, en el Palacio de la Moncloa, a 20 de marzo de 2026, en Madrid (España). Matias Chiofalo / Europa Press 20/3/2026
Hay algo profundamente inquietante en una sociedad que empieza a acostumbrarse a la mentira como un elemento más del argumentario político.
Da la sensación de que el engaño sistemático ha dejado de ser un problema ético para convertirse en una herramienta legítima dentro del juego del poder. España lleva años deslizándose en ese declive moral, y en el centro del proceso aparece la figura que ha hecho de la mentira su forma de supervivencia.
Pedro Sánchez no nos ha mentido ocasionalmente, como lo hacen el resto de políticos 'normales'. Sánchez ha sustentado su trayectoria en un patrón continuo de trolas. Afirmaciones que después la realidad desmiente una y otra vez: él lo llama “Cambios de opinión” sin ponerse colorado.
Cuando un presidente de gobierno normaliza la contradicción entre lo que dice y lo que hace, lo que erosiona no es solo su credibilidad personal, sino a su propio país. El problema no es solo político, es más profundo, más estructural, es cultural.
Sin verdad o, al menos, sin un mínimo respeto por la misma, la democracia se vuelve un teatrillo donde las palabras pierden su valor y la institucionalidad su sentido.
Mentira tras mentira
Conviene recordar algunos episodios fuera de la interpretación ideológica o partidista, solo analizando hechos. Durante años, Pedro Sánchez aseguró que nunca pactaría con los independentistas, incluyendo a Bildu.
Lo dijo de manera explícita, reiterada, sin margen para la ambigüedad. Sin embargo, tras las elecciones de julio de 2023, no solo pactó, sino que ha construido su mayoría parlamentaria junto a esos grupos, sin ningún tipo de complejo ni remordimiento. Por cierto, aún no sabemos el detalle del acuerdo con Bildu, secreto del sumario. Lo que sí sabemos es que todos los días salen terroristas de las cárceles como Pedro por su casa.
Algo similar ocurrió con los indultos a los líderes del ‘Procés’ catalán. Sánchez defendió públicamente que no se producirían porque el cumplimiento de la Ley debía ser íntegro: “no cabe ese escenario”, dijo. Poco después, los indultos se materializaron con argumentos que contradecían sus propias declaraciones anteriores.
De nuevo, no estamos ante un matiz o un cambio de contexto menor, sino ante una ruptura evidente entre su palabra y la acción política con el objetivo de sobrevivir. Malabarismo descarado, inmoral.
Más ejemplos…
Dijo: “Traeré a Puigdemont para que sea juzgado en España”, pasó de eso a enviar a Santos Cerdán a Bruselas para negociar ser el socio imprescindible. El líder de Junts volverá a España en los próximos meses, sí, por la puerta grande, no la del banquillo.
Dijo: “No dormiría tranquilo pactando con Podemos”, acabó gobernando con ellos y, al parecer, siguió durmiendo mejor que nunca en La Moncloa con Pablo Iglesias de vicepresidente.
Dijo: “Bajaremos impuestos a la clase media”, pronto descubrió que la mejor forma de ayudar a la mayoría de españoles era pedirle “más esfuerzo fiscal”: lo que comúnmente se conoce como freírnos a impuestos.
Ha prometido en numerosas ocasiones la construcción de 240.000 viviendas públicas, aunque a día de hoy, tras siete años como presidente, solo se han entregado 350, y en fase de adjudicación, estudios previos y construcción hay menos de 10.000.
Dijo: “Gobernaré desde la moderación”, moderación al estilo Bildu, o con la sazón de Unidas Podemos, que como todo el mundo sabe son demócratas desde la infancia.
Dijo: “El CIS y RTVE serán neutrales” [sin comentarios, que nos da la risa y este espacio pretende ser serio]…
Dijo: “Defenderemos la igualdad entre españoles” y al día siguiente introdujo excepciones territoriales para que unas Comunidades Autónomas tuvieran más beneficios fiscales que otras. También prometió la equiparación salarial de la Policía Nacional y Guardia Civil con los ‘mossos’ o los ‘ertzainas’ … y seguimos esperando.
Dijo: “España tendrá estabilidad institucional” casi al mismo tiempo que instó al asalto de todos los estamentos que podamos imaginar: justicia, medios de comunicación, entidades públicas…
Relativismo moral
Y muchas más patrañas que se nos olvidan porque este mundo moderno va a un ritmo frenético. A Sánchez no le aguanta la hemeroteca. Por el contrario, hay que saber leerle entre líneas. Cuando dice algo está pensando en hacer lo contrario, con toda seguridad.
El presidente miente a todo el mundo todo el tiempo. Miente a sus socios de gobierno, a su partido, a sus ministros, a sus tropecientos asesores, a la oposición, a otros líderes mundiales, a periodistas, a sus militantes y simpatizantes. Mentiras transversales, en la mañana, la tarde y de madrugada cuando trasnocha.
Su mérito, su gran truco es la normalización del engaño sin que tenga consecuencias. Hasta tal punto que ya normalizó la mentira en el ejercicio del poder como una conducta habitual y válida, y que los cambios de posición son inevitables en función de las circunstancias. El relativismo moral reiterado, insistente, lleno de desfachatez y con el objetivo de aferrarse al sillón cueste lo que cueste.
Convendría en este punto separar la ideología. No es una cuestión de ser de derechas o de izquierdas. Es un problema de coherencia y decencia. Cuando un dirigente político convierte la palabra en un instrumento maleable, adaptable a cada momento, lo que está transmitiendo al conjunto de la sociedad es que el valor de la verdad es secundario, que lo importante no es lo que se va a hacer, sino lo que conviene decir en cada momento.
Este mensaje tiene consecuencias. Porque la política no se desarrolla en un vacío. Los ciudadanos observan, aprenden e interiorizan. Si quienes ocupan las más altas responsabilidades públicas operan bajo la lógica de que la verdad es un valor prescindible, esa lógica termina filtrándose hacia abajo. Se instala la idea de que todo vale, de que las convicciones son intercambiables como quien cambia de zapatos.
Y ahí es cuando la ciudadanía empieza a cuestionarse el sistema. Una sociedad que deja de exigir veracidad a sus gobernantes es una sociedad que renuncia a uno de los pilares fundamentales de la convivencia política: la confianza. Sin confianza, cada promesa está bajo sospecha y cada decisión puede interpretarse que tiene un interés oculto.
Mentiras impunes
La consecuencia de esta normalización de la mentira es que tampoco le pasa factura en las urnas. Buena parte del electorado antepone su sectarismo a la exigencia moral del deber ser.
No debemos obviar nuestra responsabilidad colectiva como ciudadanos. Nos resulta cómodo señalar al político que miente, pero no nos gusta reconocer que esa mentira solo coge vuelo cuando encuentra un entorno que la ampara y valida.
Cuando el votante acepta que su candidato le engañe, pero lo pasa por alto porque lo importante es que gobierne al precio que sea. En ese punto, la sociedad es corresponsable del declive ético.
Responsable por aceptar esa caída al relativismo. Responsable por asumir que los hechos solo importan dependiendo de quién los diga, qué partido lo pronuncie, o a qué intereses sirva.
Responsables todos por dejar degradarse a niveles extremos la capacidad intelectual y moral del grupo social en el que vivimos.
Cuando la mentira deja de ser una anomalía para convertirse en costumbre, el problema no se soluciona con un cambio de gobierno o con la alternancia política, normal en democracia.
Requiere algo más profundo: una recuperación del valor de la verdad como principio moral. No como un ideal abstracto, sino como un criterio objetivo para juzgar al buen o mal gobierno.
Decir la verdad no garantiza una buena gestión. Pero mentir de forma sistemática asegura algo mucho peor: la degeneración del sistema.
España no necesita políticos perfectos, no seamos tan soñadores, eso no existe. Pero sí necesita dirigentes que entiendan que la palabra tiene un valor y que su política tiene necesariamente que orientarse a cumplir lo que prometió antes de ser elegido, no a hacer todo lo contrario de lo que dijo.
La política sin un objetivo moral claro, sin un horizonte de verdad es solo poder por poder. Y el poder sin límites morales termina erosionando las bases de la convivencia. Es muy peligroso aceptar que la verdad ya no importa. Cuando se llega a ese punto, el problema deja de ser un presidente, incluso tratándose de Sánchez, y pasa a ser de un país entero.
Político que robe, a la calle y a los tribunales; político que mienta, a su casa. Ya está bien de tragárnoslas todas.