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Todos los Pedros que hay en él

(Foto de ARCHIVO)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

Matias Chiofalo  

(Foto de ARCHIVO) El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Matias Chiofalo  Europa Press

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Definitivamente, de todos los “Pedros Sánchez” que hemos conocido en los últimos ocho años, yo me quedo con el Pedro muy enfadado. El enamorado es un cursi de tomo y lomo; el hambriento da grima; el carcajeante, vergüenza ajena; y el de influencia cultural no se lo cree ni él. Pero el muy enfadado es otra cosa.

Lo descubrimos cuando salió de un consejo de ministros memorable, que refuerza la idea de que lo que hay que hacer el resto de legislatura es disfrutar del espectáculo. Ver a un gobierno que ha hecho todo lo posible para que terminemos dándonos de leches, convertido en piquete contra sí mismo, da sentido al karma.

Pero a Sánchez, dos horas de retraso, cinco ministros a punto de encadenarse al felpudo de Moncloa, negociación intensa para sofocar la rebelión del Consejo de Ministros contra el Consejo de Ministros y trague final con un “ni para ti ni para mí: la mitad para cada uno”, no le hacen arquear las cejas. No. Lo que le tiene la bilis alterada es la situación que está viviendo el mundo, así, en general. Y nos lo dice con ese puntito de fastidio del chef que reconoce que la tortilla no le ha quedado bien cuajada.

Pedro, el muy enfadado, no es como yo, que me pongo como una hidra por un quítame allá un boli Bic. Él es todo mesura: rictus comedido, igual apertura de ojos, ceño en perfecto estado de revista y el tono de voz del profesor desilusionado al que le suspenden todos los alumnos. 

Dos veces, dos, nos tuvo que explicar que está muy enfadado, que no es porque Irán ponga su foto en los misiles para atacar a Israel, ni porque no consiga presentar unos presupuestos, ni porque vaya de batacazo electoral en batacazo.

Pedro está muy enfadado porque el mundo le ha hecho así. Y, para pasar este mal trago, se ha ido a montar en bici al Valle de Arán, que es como de otro planeta, a ver si el mundo, los votantes, sus ministros, los jueces, Netanyahu y Trump recapacitan y dejan de darle disgustos. Con un par.

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