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Lo acertado de la palabra "impuestos"

Los impuestos, y nunca mejor dicho

Los impuestos, y nunca mejor dichoGetty Images

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Ahora que llega el momento de hacerse la foto anual con Hacienda, uno se da cuenta de lo acertado de la palabra “impuestos”. No “aportaciones voluntarias”, ni “donaciones con sonrisa”, ni siquiera “pequeños empujoncitos al progreso colectivo”. No. Impuestos. Algo que se impone bajo la premisa de que el bien común no sale gratis.

Y aquí estamos: “impuestamente solidarios”, que es una forma de ser generoso siempre que la generosidad venga ya calculada, prorrateada y, si es posible, domiciliada. El problema llega cuando te das cuenta de que la cosa va más de bufé libre administrativo que de solidaridad. Resulta que, si sumamos Estado, comunidades y ayuntamientos, estamos demostrando nuestro amor al bien común con cerca de cien impuestos diferentes. Cien. Ni los mandamientos se atrevieron a tanto.

Los tenemos para todos los (dis)gustos: directos —IRPF, Sociedades, Patrimonio—; indirectos —IVA, alcohol, gasolina—; y los creativos: bolsas de plástico, estancias turísticas, emisiones de CO2… Luego están los impuestos locales: el IBI, que te recuerda que tienes casa; el IVTM, que tienes coche; y la plusvalía, que nos enseña que incluso vender algo puede ser motivo de celebración… para otros.

Y no debemos olvidarnos de nuestras queridas amigas las tasas; porque si los impuestos son pagar por existir, las tasas son pagar por interactuar: basura, alcantarillado, casarse, examinarse, escriturar, hacer obras… Al final, no te queda otra que reconocer que el sistema es una caja registradora unidireccional: pagas por ganar dinero y por gastarlo, por ahorrarlo, por moverlo y por intentar que otro lo tenga. Pagas por comprarte una casa, por venderla, por mantenerla, por utilizarla y por heredarla; cosa que, por cierto, deberá hacer de nuevo quien, a su vez, la herede de ti.

Pagas por tener un coche, por tomarte un pincho de tortilla o por cambiar el inodoro, y descubres que lo de la propiedad privada es un concepto relativo. Nada de lo que tenemos es nuestro del todo, porque forma parte de un proindiviso obligatorio entre lo que a cada uno le cuesta salir adelante y lo que las administraciones dicen que necesitan para proyectos comunes. Ya saben: carreteras en buen estado, red ferroviaria impecable, señoritas que reciben sueldos públicos por leer “Asesinato en el Orient Express”, vivienda oficial para doce ministros…

En fin.

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