‘Lunáticos’ en el poder
Hay dos maneras de controlar al ciudadano

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante el European Pulse Forum 2026
La primera es mediante el sometimiento y el miedo. La segunda, más sofisticada y efectiva en el largo plazo, es hacerle creer que necesita del político de turno para poder desarrollarse en su vida. La primera la usaron los gobiernos y regímenes totalitarios a lo largo de la historia. La segunda la han perfeccionado las democracias del siglo XXI. Y les funciona de maravilla. No les hace falta un muro, ni un gulag, ni una policía política. Basta con una transferencia mensual, una ventanilla o un formulario. Con decirle a la gente que sin el estado no sobrevivirían. Con repetírselo suficientes veces, desde suficientes canales, hasta que se lo crean por pura inmersión.
El negocio del subsidio
Conviene llamar las cosas por su nombre. Un subsidio es una medida de protección necesaria para afrontar una situación de emergencia puntual de una persona o un colectivo que lo necesita por X o por Y. No creo que ni el libertario más convencido discuta una ayuda social, en un momento puntual, a una persona realmente necesitada. Ahora bien, eso es una cosa, y otra bien distinta un subsidio permanente, infinito. Ahí ya no hablamos de política social, eso es una atadura que desemboca en servilismo. Es el Estado diciéndote: “¡Yo te protejo de tu entorno malvado y peligroso, tú no hagas nada por ti mismo. Tú haz lo que yo diga. No hace falta que te muevas”. Y el que no se mueve, no molesta. El que no molesta, vota lo que quieren. El que vota lo que quieren, perpetúa al gobernante inmoral.
Así funciona el negocio de la política en estos tiempos, con independencia del país, del partido o del color de la bandera. Esto es bastante extendido en cualquier región y régimen.
En España, con datos de este 2026, más de tres millones de personas cobran ayudas sin cotizar (prestaciones no contributivas). Si se suman pensiones, subsidios y salarios de funcionarios públicos, la cifra de personas con una dependencia directa de ‘papá estado’ supera los 17 millones de ciudadanos… frente a una población activa de 25 millones. Si le añadimos niños y estudiantes, exactamente la mitad del país sustenta a la otra. Cuesta creer que el sistema aún no haya reventado.
En Colombia, desde 2024, la Renta Ciudadana del gobierno de Petro alcanza a más de tres millones de hogares. 500.000 pesos (150 euros) cada 45 días. No va acompañada de ninguna capacitación o curso, ni de un plan para salir de la situación de pobreza. Solo llega el dinero contante y sonante, puntual como un reloj, todos los meses. Compra de voluntades traducidas en votos ricos-ricos de cara a la trascendental cita electoral del mes que viene.
Otro ejemplo, en Francia, el RSA (Renta de Solidaridad Activa) lleva décadas siendo criticado por los propios economistas de izquierda porque no activa, no reinserta, no transforma, no libera, no empodera. Solo mantiene el estatus actual.
Ahí está la clave: mantener. Mantener como eufemismo de la compra de las voluntades, o lo que es lo mismo, comprar votos con el dinero de todos. Institucionalizar la ayuda para volverse imprescindible para un porcentaje de la población, que queda cautiva. Lo de siempre, el desvirtúe de la democracia.
Lo que más rabia me da es el trasfondo. A estos personajes que fomentan el subsidio como eje sustancial de sus políticas, las vidas de las personas que sufren de verdad, las que lo pasan mal, les importan un carajo. Si realmente quisieran que la gente progresara darían un giro hacia una intencionalidad más constructiva. Lo de enseñar a pescar en lugar de regalar el pescado… Todo es cálculo electoral, como herramienta para perpetuarse en el sillón que les da el poder de repartir el dinero público. Es criminal.
Infantilización con sello oficial
El subsidio permanente mata algo en la psicología de las personas, mata su autoestima, mata esa convicción que los humanos llevamos en el ADN, ese sentimiento de que uno puede salir adelante cuando el esfuerzo tiene un sentido. Ese principio moral de que la dignidad es más digna cuando cada uno construye la suya con una finalidad, no cuando llega mendigada.
Una sociedad que crece mirando al estado como primer recurso es una sociedad educada en la sumisión. Y una sociedad rendida a la sumisión es perfecta para el que manda. Perfecta porque no se cuestiona ni incomoda. Solo espera a que le entre en su cuenta bancaria la siguiente transferencia y vota a quien se la garantice.
Los socialdemócratas, socialistas y comunistas lo llaman protección o escudo social. Yo, personalmente, prefiero llamarlo anulación social. La culpabilización como estigma. No puedes comer, conducir, viajar, consumir, ni reproducirte sin que algún ministerio te recuerde que lo estás haciendo mal. Los tiranos modernos quieren tu mente: decidir cómo piensas, cómo sientes, qué valores tienes, o la forma en cómo hablas. Cuanto más crece el estado, más se reduce tu propia libertad. Es una ecuación infalible. Sobre todo si te tienen cogido del cuello con una subvención.
Y mientras, al resto, le esquilman. Impuestos por y para todo. No trato de negar la necesidad de un sistema fiscal justo y proporcional. Ni de cuestionar el papel del Estado en la provisión de servicios públicos como educación, sanidad, seguridad o infraestructuras. Sería una simplificación absurda negar eso y caer en el delirio de un estado anárquico. Conociendo a buena parte de nuestros semejantes eso no sería especialmente positivo. Se trata de algo más básico: de preguntarse dónde está el límite del poder. De darse cuenta que cuanto más grande es el estado, más caro e ineficiente es. De plantear si su expansión constante no termina generando una contrapartida en forma de reducción de la libertad individual. De tener la certeza de que nuestros impuestos se están empleando para fomentar políticas perversas para nosotros mismos, amén de otros desmanes y corrupciones particulares de esos mismos políticuchos de medio pelo. Personas que en el sector privado solo podrían aspirar a puestos de trabajo rasos.
Tengo la sensación de que los estados actúan como los ludópatas. Moneda que les llega, moneda que se gastan como los jugadores en el casino. Necesitan cada vez más y más, sin posibilidad de parar. Es una enfermedad recaudatoria. La historia demuestra que el poder, salvo quiebra, tiende a no limitarse nunca a sí mismo de manera natural. Y aquí es donde la cuestión de la honestidad vuelve a aparecer como elemento central. Un político decente busca el bien general, un político indecente, su beneficio propio o el de su camarilla. A nuestros políticos actuales les hemos dado el poder absoluto porque manejan nuestra billetera como si fuera suya. ¿Les suena?
La Luna, intacta
El pasado sábado, la cápsula Orión de la misión Artemis II amerizó con éxito en el Océano Pacífico tras dar varias vueltas a la Luna en los 10 días que estuvieron en el espacio. Era la primera misión tripulada más allá de la órbita terrestre en más de 50 años. Cuatro personas con nombre y apellido, con años de esfuerzo y trabajo personal. No llegaron tan arriba gracias a ninguna paguita. Llegaron adónde llegaron por disciplina, por trabajo, por estudio, por ilusión. Por la certeza de que con ambición de cumplir deseos, casi todo es posible. Por todo lo contrario de lo que los estados modernos llevan décadas intentando extirparnos.
Reconozco que este nuevo intento de conquistar la luna, para mí, tiene un componente fascinante, probablemente heredado desde que en mi primera infancia leí aquellos delirios de viajes de Julio Verne. Miraba en estos días las imágenes pensando en lo extraño que somos como especie. Somos capaces de construir una nave que resiste 3.000 grados en la reentrada a la atmósfera de nuestro planeta, y no somos capaces de construir instituciones fuertes que no se corrompan en cuatro años que dura un gobierno. Logramos llegar a la Luna, pero no nos quitamos de encima a los que nos someten, los que nos roban el dinero, la libertad y el futuro de nuestros hijos. Es como si la tecnología hubiera adelantado a la ética, cuando compiten en carreras distintas. Como si fuéramos extraordinariamente eficaces construyendo naves espaciales, y extraordinariamente torpes gestionando nuestra democracia por elegir a los peores de cada casa.
Quizá por eso, la imagen de este viaje a la Luna invita a una reflexión que va más allá de la fascinación tecnológica. Todo lo que tocamos los seres humanos tiende, con el tiempo, a degradarse si no existe un compromiso firme con ciertos principios básicos. Entre ellos, que la verdad ocupe un lugar central. Sin esta, cualquier sistema de gobierno, por sofisticado que sea, termina corrompiéndose.
Es una tremenda paradoja, difícil de explicar, que lleguemos más lejos que nunca, pero sigamos sin ser honestos en nuestra propia casa. La Luna, de momento, está virgen. Sin paguitas, sin ventanillas que regalan dinero. Ojalá, si algún día llegamos a establecer una base permanente allí, tengamos la decencia de no arruinarla. Aunque seguro los burócratas ya tienen ochocientos formularios preparados. Los verdaderos lunáticos no están allí arriba, están más cerca de lo que desearíamos.