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Benjamín López

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EnfoquES del director

Sánchez, aterrado, abusa de su poder para defenderse: prohibe votar una moción que exige elecciones

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Pedro Sánchez ha cruzado otra línea roja en su deriva autoritaria. Aterrado ante la posibilidad de que el Congreso exprese con claridad lo que ya es evidente —que ha perdido la mayoría y la legitimidad—, ha ordenado a su servil Mesa, presidida por la arbitraria Francina Armengol, que bloquee la enmienda de Junts que instaba a disolver las Cortes y convocar elecciones inmediatas. PSOE y Sumar, con su mayoría en el órgano de gobierno de la Cámara, han vetado no solo la propuesta de Puigdemont, sino también la del propio PP. Este jueves no habrá votación. El miedo escénico del sanchismo es tan grande que prefiere suspender la soberanía parlamentaria antes que afrontar la realidad.

Nadie discute que la prerrogativa de disolver las Cortes corresponde en exclusiva al presidente del Gobierno. Pero el Congreso es soberano para exigir, reclamar y manifestar su posición. Una mayoría formada por PP, Vox y Junts —alrededor de 180 escaños— iba a certificar que los representantes de los españoles quieren votar ya. Sánchez no estaría obligado a obedecer, pero sí quedaría desnudo ante la opinión pública: desoyendo la voluntad mayoritaria de la Cámara que lo sustentó. Ese golpe simbólico, esa fotografía aritmética de su aislamiento, es precisamente lo que le aterra. Porque revela que se agarra al poder no por responsabilidad de Estado, sino por pura supervivencia personal: parapetarse desde La Moncloa frente a los casos judiciales que cercan a su Gobierno y a su entorno.

La decisión de la Mesa es un escándalo antidemocrático. Va contra la lógica parlamentaria y, probablemente, contra la jurisprudencia de la propia Cámara. Hace año y medio, cuando Junts presentó una iniciativa para instar a Sánchez a someterse a una cuestión de confianza —otra prerrogativa exclusiva del presidente—, los letrados del Congreso avalaron su tramitación. Señalaron expresamente que, aunque careciera de efectos jurídicos, el Pleno podía debatirla y votarla como manifestación política. Ahora, con el mismo argumento, la Mesa la censura. La arbitrariedad es palmaria: las reglas cambian según convenga al inquilino de La Moncloa.

Sánchez es un cobarde político que manipula las instituciones para defenderse. Controla la Mesa a través de Armengol y la utiliza como escudo. El resultado es un Congreso amordazado, un Ejecutivo huérfano de apoyos y un presidente que se atrinchera en el poder mientras la legislatura agoniza entre escándalos.

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