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Sánchez, aterrorizado, frena cualquier rebelión en el PSOE: corta una cabeza como aviso a navegantes

Las tensiones internas en el PSOE empiezan a aflorar a pocos meses de las elecciones municipales, desde las discrepancias por la gestión de Ceuta hasta las luchas de poder en Madrid. La degradación de Enma López tras disputar las primarias a Reyes Maroto se convierte ahora en una advertencia para quienes desafíen las decisiones marcadas desde la dirección socialista.

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Pedro Sánchez se comporta cada día más como un pequeño aspirante a dictador. No tolera la oposición política y, mucho menos, la que nace dentro de sus propias filas. Cuando el poder se siente amenazado, no discute: escarmienta. Y esta semana ha vuelto a demostrarlo con el método más antiguo del manual feudal: cortar una cabeza y exhibir el cadáver a las puertas de la ciudad.

El PSOE arde por los bordes. Decenas de alcaldes socialistas desobedecieron a Ferraz y salieron a la calle por Ceuta. Margarita Robles, en el Congreso, ni siquiera se levantó a aplaudir al presidente. Son conatos de incendio, amagos de rebelión, grietas que un líder asustado no puede permitirse a diez meses de unas municipales que se presienten crueles. Así que Moncloa y sus correas de transmisión han tomado una medida ejemplarizante.

Enma López, hasta ayer número dos de Reyes Maroto en el Ayuntamiento de Madrid, ha sido degradada. Apartada de la portavocía adjunta y de la coordinación de distritos. Su pecado no fue perder unas primarias —perdió, sí, pero con 841 votos frente a 1.045—, sino atreverse a presentarse contra su jefa y, sobre todo, contra los designios de Sánchez. Maroto lo llamó «deslealtad». López responde que no entiende así la democracia interna. Da igual. El mensaje no va dirigido a ella. Va dirigido a todos los demás.

Como haría cualquier señor feudal, han «matado» a un rebelde y han colgado su cadáver a la entrada. Quien se mueva, quien critique la gestión de Ceuta, quien no aplauda con suficiente entusiasmo, quien se presente a unas primarias sin permiso, ya sabe lo que le espera: el ostracismo, la degradación, la irrelevancia. El partido de las primarias y la militancia se ha convertido en un cortijo donde la disidencia se paga al contado.

Sánchez no gobierna un partido. Lo vigila. Y cuando el miedo asoma —miedo a Marruecos, miedo a las urnas, miedo a su propia gente—, no argumenta: decapita. El aviso a navegantes ya está publicado. El resto de la banda socialista haría bien en leerlo.