opinión
España bloqueada

Hemiciclo del Congreso de los Diputados
Anunciaban Vox y PP un acuerdo para optimizar sus candidaturas en el Senado y conseguir el mayor número posible de senadores. Ha sido casi inmediata la crítica a esa unión contra natura, porque se une un partido que presume de democrático con otro al que el relato oficial tacha de facha y sionista, graves pecados que conducen al fascismo.
Y es oficial el relato porque lo predican los apóstoles de la corrección política que ven una hábil jugada estratégica en el Frente Único de la izquierda, que mezcla a lo que queda del partido socialista y a comunistas y a otros que no sabemos qué son, pero son buenos porque aman y aman tanto que en el mismo beso a Hamas superan su fanatismo y homofobia. Pero son los buenos.
Y es oficial el relato, porque los puros del PP y Vox recelan de ese pacto, porque alguien podría llegar a pensar que ambos partidos son los mismo, y los puros peperos pueden ser cualquier cosa menos fachas, cualquier cosa menos nacionalistas, cualquier cosa menos creyentes en la idea de que los españoles primero. Y los puros voxeros son valientes, nunca acomplejados, siempre beligerantes, nunca razonables. ¡Uníos fachas del mundo!
Y la desgracia cainita de la derecha se preocupa más de su imagen en el espejo, tergiversada por la forma en que la izquierda le enseñó a mirar, que de la realidad de un país que empieza a resquebrajarse, en el que las costuras del estado del bienestar protestan por el esfuerzo al que el buenismo le condena.
Porque 788 millones de iberoamericanos y filipinos tienen al alcance de su mano naturalizarse españoles con dos años de residencia, a un ritmo creciente de cuarto de millón al año, porque más de diez millones de la población actual de España ha llegado en los últimos años, y nadie se la esperaba, ni siquiera el constructor especulador, capitalista confeso, merecedor de todos los males de averno, que no ha tenido la capacidad siquiera, de construir tantas viviendas como se precisan.
Y uno mira esas dos alianzas, la España bloqueada, la sociedad dividida en bandos que nos dicen irreconciliables, a ver si cala, y piensa que no hay nada nuevo bajo el sol, porque hasta hace diez años solo eran dos las opciones a votar. No es que hubiera dos bloques, es que solo había dos papeletas. Así que esos bloques son la forma en la que el negocio electoral simplifica el producto, en un mercado saturado ya de tanto juego, tanta crítica irrelevante, tanto postureo y vuelve a reclamar cosas sencillas y votar a los hunos o los otros, como siempre había hecho en los treinta años de democracia previos, que es toda la historia que mi generación ha vivido.
Y uno piensa que el problema no son los bloques, el problema es que los jugadores se han olvidado de que, en esta competición, lo que se arriesga es la supervivencia de la democracia liberal que casi dos siglos costó traer a España. Que han olvidado que nuestra democracia, liberal, se ve asediada, a diestro y siniestro, por los fantasmas del autoritarismo y la demagogia.
El estado del bienestar sostiene el modelo democrático, basado en la promesa de crecimiento ilimitado de la riqueza que iba a permitir la mejora de todos sin quitarle lo que tenían a unos pocos. Sin embargo, los pilares básicos, la educación, la sanidad y las pensiones, han empezado a temblar. Llega Pisa y nos dice que vamos mal, que los jóvenes no entienden lo que leen, cuando leen, y sus padres van a tener difícil cobrar la pensión que ahora pagan a la generación de sus abuelos, que, a su vez, esperan meses a recibir una asistencia sanitaria cuya inmediatez convertimos en derecho fundamental; si los impuestos no sirven para esto, ¿por qué pagarlos?
Ninguno de los bloques piensa ahora en fortalecer la democracia. Los Unos piensan en prometer hasta vencer, asumiendo falsas obligaciones que saben que no pueden cumplir, ni siquiera aumentando el endeudamiento por encima de lo que una desconcertada Europa se atreve a respaldar. Y los otros, se han conjurado para no pensar, porque pensar les colocaría en una situación de desventaja frente a los hunos, porque decir la verdad económica les podría hacer perder un voto, y sin ese voto la competición cae del lado contrario y eso es algo que la patria no se puede permitir.
Así que prefieren sonreir, mirada beatífica, cara de no tener uno claro qué hace en ese fregao, y leer como Mayra, de la frase solo hasta donde se puede, mejor un gesto jovial que otro sincero. Porque el electorado no piensa, el electorado está triste, y prefiere, eso creen, la melodía del flautista a las verdades del barquero; es tonta la ciudadanía.
Y todo esto simplemente porque, en repuesta a los hunos, que se habían unido antes, se unieron ayer los otros, y nadie repara que la unión no es un gesto de reconciliación fraterna, ni siquiera la familia hasta que pase nochevieja; la unión es solo para intentar conseguir más senadores que los otros, con una meta que dicen ilusionante: conseguir tanto senadores, que puedan nombrar ellos y nos los otros, a una mayoría del TC.
Y pienso yo que me gustaría esa mayoría y otra equivalente en el congreso, pero cuando la tengan, lo que España necesita es precisamente lo contrario: que no toquen, con sus manos no tan limpias tras el fango de la campaña, al poder judicial. Que pueden decidir suprimir al TC, porque es probable que su función esté ya agotada tras tantos años de interpretar la CE y tantas leyes nuevas que nadie habrá leído, y nos basta con un único Tribunal que sea Supremo y que se limite a aplicar las leyes de las que nos hemos dotado.
Pero que necesitamos esa mayoría para liberar al poder judicial, que necesita el oxígeno de la independencia de un legislativo que ya está, constitucionalmente, sometido al ejecutivo. Que necesitamos esas mayorías para provocar tal debacle en el partido socialista, que sus propios afiliados recuperen el sentido de estado que tuvieron, y los partidos, solo por eso los votamos, consigan los consensos por los que clamamos desde Suárez.