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Cuando el titular llega antes que la medicina

Un médico atendiendo a una paciente

Un médico atendiendo a una pacienteNacho Martin

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Con frecuencia escuchamos a los pacientes en consulta como nos proponen hacerles un tratamiento que han visto o leído en medios generalistas. El paciente sabe que puede elegir, pero dudo que sepa que no tiene las herramientas reales para ello, aunque el exceso de información que recibimos todos diariamente nos invite a pensar que sí tenemos formación suficiente para la toma de cualquier decisión que implica cuidar nuestra salud. La falsa libertad del paciente.

Saca el teléfono, enseña un titular, espera una respuesta. Un nuevo fármaco revoluciona un tratamiento. Se ha descubierto un medicamento que por fin podría curar una enfermedad (importante el verbo podría; es más bien un adverbio de probabilidad). La nueva terapia que cambia para siempre una patología.

El problema es que los médicos no hemos visto ese supuesto acontecimiento histórico desde su misma óptica. Y no porque vivamos desconectados de la medicina. Más bien al contrario. Lo que ocurre es que médicos y titulares periodísticos hablamos idiomas diferentes. Para un periodista, un descubrimiento puede ser una noticia. Para un médico, un descubrimiento es apenas el principio de una pregunta, que no encuentra respuestas en ese medio.

En quién se ha probado. Cuántos pacientes participaron. Cuánto mejoraron realmente. Es clínicamente relevante esa mejoría. Durante cuánto tiempo. Qué efectos secundarios aparecieron. El resultado es estadísticamente significativo o sencillamente ofrece lo mismo que la nada. Se ha reproducido o no. Cuándo lo han aprobado las agencias reguladoras.

Entre el titular que indica que han descubierto un fármaco prometedor y la realidad que indica que un medicamento forma parte de lo que puedo recomendar a mi paciente, hay un abismo. Pero el titular no tiene espacio para el abismo. Apenas cabe una frase. Así que, cuanto más extraordinaria sea esta frase, más posibilidades tiene de ser leída, compartida y recordada.

Aquí aparece una paradoja que convendría explicar mejor. Muchos de los avances que más importan en medicina no producen ninguna noticia. No tienen una fotografía espectacular. No contienen la palabra revolución ni prometen cambiarlo todo. No generan millones de clics. Son, en apariencia, pequeños. Un estudio demuestra que determinada estrategia funciona ligeramente mejor que otra. Otro identifica qué pacientes responden a un tratamiento y cuáles no. Un tercero descubre una leve interacción entre dos medicamentos. Otro confirma que un tratamiento aparentemente prometedor no aporta el beneficio que se esperaba. Una sociedad científica modifica una recomendación después de revisar cientos de estudios.

Eso también es medicina “avanzando”. Una parte mucho más importante del progreso médico que la sucesión de supuestos grandes descubrimientos que vemos desfilar por las portadas. Los médicos prestamos atención a esos cambios. No necesariamente porque sean espectaculares, sino porque pueden cambiar lo que hacemos mañana por la mañana en la consulta. El avance puede consistir simplemente en dejar de pedir una prueba innecesaria, cambiar un tratamiento, ajustar una dosis o seleccionar mejor a los pacientes que pueden beneficiarse de una terapia.

El paciente casi nunca se enterará. No verá un titular afirmando que los médicos dejan de hacer una cosa que llevaban años haciendo porque la evidencia acaba de demostrar que no aporta beneficio. Aunque esa sea una de las noticias más importantes para él.

Además, tenemos la realidad de la probabilidad. Una molécula puede funcionar en células cultivadas y fracasar después en animales. Puede funcionar en animales y fracasar en humanos. Puede funcionar en un ensayo clínico y no aportar una ventaja suficiente respecto a lo que ya tenemos. Puede demostrar eficacia y presentar efectos adversos que impidan utilizarla. Puede ser aprobada y tardar años en incorporarse de forma generalizada. La medicina está llena de estos «casi». El problema es que no suelen aparecer en el titular.

No quiero decir con esto que los medios generalistas no deban hablar de ciencia. Todo lo contrario. Necesitamos que lo hagan. La investigación biomédica pertenece a la sociedad y los ciudadanos tienen derecho a conocer qué se está investigando con recursos públicos y privados. Pero deberíamos ser más cuidadosos con la distancia que existe entre una investigación y un tratamiento. En ambos sentidos.

Recientemente pude leer un titular impactante que afirmaba que hay una polémica cirugía en marcha que promete un resultado (mala cosa eso de cirugía y prometer, dudo que nadie serio lo haga), a través de la cual se está experimentando en personas como si fuesen cobayas, e incluso uno de sus precursores está a la sombra en una cárcel china. El tema es de rabiosa actualidad y la enfermedad tiene gran impacto en la sociedad. Conozco a muchos de los investigadores involucrados, trabajadores comprometidos e incansables sin ningún ánimo de lucro con este tema en concreto, únicamente movidos por las ganas de ofrecer algo donde hoy solo hay tinieblas y siempre en el marco de exquisito cuidado ético. Entre los precursores, ni una farmacéutica ni un medicamento detrás; de momento, aunque nada es eterno, nada con fines lucrativos. Pues ese titular pone todo y a todos en el disparadero.

Como médicos tenemos nuestra parte de responsabilidad. No basta con mirar al paciente y decirle que eso que ha leído no es así. Si hemos conseguido que la información científica llegue a todos, también debemos conseguir que se entienda, explicar que la incertidumbre no significa fracaso y que esperar evidencia sólida no significa estar en contra de la innovación. De hecho, probablemente sea todo lo contrario.

La medicina que cambia demasiado deprisa al ritmo de cada titular no es necesariamente una medicina moderna. Puede ser simplemente una medicina impaciente. La buena medicina tiene algo poco atractivo para el mundo de la comunicación inmediata: necesita tiempo. Para investigar, comparar, repetir, confirmar y equivocarse. Tiempo para distinguir una señal prometedora de un resultado realmente útil. Tiempo, incluso, para demostrar que algo que parecía extraordinario no lo era tanto.

Mientras tanto, la medicina seguirá avanzando. Afortunadamente. Idealmente en silencio. En laboratorios. En hospitales. En congresos. En revistas que casi nadie fuera de la profesión lee. En reuniones clínicas donde nadie piensa en conseguir un titular. Deberíamos prestar más atención a ese silencio. Porque mientras esperamos el próximo gran anuncio, puede que la medicina que realmente va a cambiar la vida de nuestros pacientes ya esté ocurriendo. Solo que, esta vez, nadie ha considerado que mereciera una portada.

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